La negación del Otro es casi un estigma que socava la base en la cual se articula el pensamiento libre. El fútbol, desde una mirada que se enmarca en el contexto sociocultural, penetra en las comunidades de hoy día como elemento clave en la comunicación verbal y/o simbólica. Su emergente mediático, el periodismo especializado en deportes, es un elemento propagador de una cada vez más fuerte inserción en la opinión pública. Y los conceptos básicos de la interpretación no pueden -aunque lo intentan- despegarse de la variable existismo. Si se gana, vale; si se pierde, se desecha: el proceso que llevó a tal o cual resultado queda relegado a un plano secundario. No pareciera importar el método, según esta percepción. Y el riesgo de considerarlo así aumenta su grado de peligrosidad, hasta el punto de minimizar si el producto final estuvo ajustado a un proceso dentro de las reglas o fuera de éstas.
El seleccionado argentino de fútbol es llamado masivamente La Selección, tal como si no existiera otra en el mundo. Tal conceptualización contiene una fuertísima apreciación desde el lenguaje de los símbolos. Está tan internalizada la definición que a fuerza del uso y costumbre ni siquiera se cuestionan tanto la forma como el fondo. El Otro no ingresa dentro del parámetro de análisis, así fuere una de las potencias más renombradas y con méritos sobrados como para ocupar el primer lugar del podio.
Y es aquí donde está el primer error: en la competencia deportiva se es en relación al adversario y viceversa. No se compite contra si mismo. El homo ludens se sumerge en el sentido lúdico de la vida para hallar en el esparcimiento un complemento de su cotidianidad.
Inevitablemente, las dos partes interactúan en faz antagónica. Un movimiento de acción y reacción. Un continuo de sendos opuestos en pugna.
El equipo argentino llevó consigo a Brasil una carga pesada en la cual se mixturaron la autoestima con la implicancia del orgullo y el honor como cualidades puestas en situación de ser examinadas. El tratamiento previo de los medios de comunicación hizo hincapié en la necesidad de recuperar el sitial de privilegio a expensas de la principal potencia futbolística del planeta. Como si ésto fuera sencillo y más en territorio ajeno. La escasa ponderación de las virtudes del contrincante representó otra muestra de la desubicación a la hora de evaluar el poderío de la fuerza rival. En el imaginario colectivo, La Selección sólo debía despejar sus interrogantes internos como si se pudiera expurgar lo nocivo con un simple chasquido de dedos.
La concentración del poder en Lionel Messi fue otro de los yerros en el momento de explicar cuál era la fórmula para superar las adversidades. El hecho de contar en las filas propias con el mejor futbolista del mundo no implica que su sola presencia baste para solucionar problemas como si se tratara de un superhéroe de ficción.
En la apreciación primaria del fenómeno vuelve a instalarse la misma dicotomía de siempre: por qué las performances del fenomenal jugador alcanzan diferentes grados de rendimiento tanto en Argentina como en su club, Barcelona. El juicio de valor -necesariamente- debe pasar por la contextualización disímil entre una y otra representaciones futbolísticas. Los puntos de contacto son insuficientes como para producir un paralelo.
Las expectativas en este lado del planeta transforman a Leo en el depositario de una hegemonía absoluta, cual si fuera una figura en la cual se concentrara la toma de decisiones. En suelo catalán, en cambio, Leo está investido de los derechos y obligaciones del más común de los mortales: su vida es pública, suele mostrarse con la familia en paseos y espacios abiertos a la comunidad, rompe con el paradigma de la estrella inaccesible y también le rinde cuentas a la Justicia en las investigaciones abiertas por presunta defraudación al fisco.
El fútbol argentino empieza a advertir que la sucesión de malos resultados deportivos puede dejar a la representación nacional fuera de la próxima Copa del Mundo (Rusia 2018). Tras la sorpresa inicial sobrevino el malestar expandido en el inconsciente colectivo. La sensación de fragilidad quedó expuesta sin término medio. La necesidad de recomposición tomó la urgencia de lo inmediato. Volverse de Belo Horizonte con una goleada (3-0) también implicó consecuencias simbólicas: se derrumbó un muro ficticio que no dejaba ver la realidad con nitidez. Ser, en vez de parecer, es la consigna a recuperar en el corto plazo.
Es un hecho sintómatico, cuasi un eslogan, que utilicemos el término La Selección -a secas- como si en la faz fáctica no existiera nadie enfrente. Un ensimismamiento y una conducta autista, además.
Un choque de realidad permitiría que tal simplificación de índole semiótica alcanzara su justo punto medio: La Selección de Argentina vs La Selección de equis país. El Otro existe, en definitiva, aunque quizás inconscientemente nos neguemos a aceptarlo.