Durante los últimos siglos, el mundo occidental ha presenciado un concurso de visiones históricas. Por un lado estaba el sueño del hermoso colectivo. El progreso humano era una marcha de un solo sentido hacia el socialismo. El pueblo se liberaría solo de la religión, la jerarquía y la opresión. Construiría un nuevo tipo de sociedad en la que la igualdad sería la norma, donde la planeación racional reemplazaría a la cruel competencia.
Del otro lado estaba el sueño de la democracia universal. El progreso humano era visto como una marcha de un solo sentido al capitalismo democrático. Las sociedades se mantendrían juntas por la moralidad bíblica que compartían. Serían vigorizadas por la competencia económica. Serían conducidas por un Estado democrático, en el cual el poder estuviera en las manos de las masas y disperso a través de controles y contrapesos.
Estas dos visiones históricas tuvieron un asombroso atractivo. Millones de personas dedicaron sus vidas al socialismo o comunismo. El evangelio democrático era solo una idea, pero moldeó la historia (norte)americana. Los fundadores creían que estaban redactando una Constitución para una nación que anunciaría* un nuevo orden de las eras. Walt Whitman escribió un ensayo llamado “Vistas democráticas” que definen la misión espiritual de la Nación, al tiempo que Lincoln celebraba la última y mejor esperanza de la tierra.
En los años ’30 del siglo pasado, el radical Leon Samson explicó que los estadounidenses nunca se emocionaron mucho con el socialismo porque ya tenían un credo, que los hacía felices, les daba trabajo y hacía que la historia fuera significativa. “Cada concepto en el socialismo tiene su concepto contrario que lo sustituye en el americanismo”, escribió Samson, “y es por eso que el argumento socialista cae tan infructíferamente en el oído estadounidense. El estadounidense no quiere escuchar al socialismo porque piensa que él ya lo tiene”.
La Guerra Fría decidió este concurso de visiones históricas. Ganó la democracia. Se pensaría que el evangelio de la democracia sería triunfal. Pero, como escribe Mark Lilla en un ensayo titulado “La verdad sobre nuestra libertaria era”, en The New Republic, la era posterior a la Guerra Fría no ha significado el triunfo de una ideología; destruyó la tendencia a depender de grandes visiones históricas de cualquier tipo. Lilla argumenta que hemos descendido a un depravado libertarismo. Nadie concibe el gran alcance de suceso; tan solo vamos por nuestros caminos separados tomando decisiones individuales.
Él tiene un poco de razón con respecto a eso. Cuando Estados Unidos era una nación débil, los estadounidenses se dedicaron a demostrarle al mundo que la democracia puede durar. Cuando Estados Unidos se convirtió en una superpotencia, los estadounidenses se sintieron responsables de crear un orden mundial que fomentaría la diseminación de la democracia. Sin embargo, ahora la Nación está cansada, recelosa, dividida y alejándose. Las vistas democráticas dan paso a un fatalismo liberalista: La historia no tiene forma. El sueño de la democracia universal parece ingenuo. El interés nacional reviste la máxima importancia.
El artículo de Lilla tanto describe como ejemplifica para mala fortuna el humor actual. Él argumenta que la noción de la historia como una marcha hacia la democracia universal es un sueño de opio. Las naciones árabes no van a ser democráticas en el futuro cercano. El mundo es un aviario de diferentes sistemas -autocracia, despotismo mercantil- y siempre lo será. En vez de preocuparnos por diseminar la democracia nos iría mejor intentando hacer que las teocracias sean menos bestiales.
Así es la vida en una recesión espiritual. Los estadounidenses han perdido la fe en su propio evangelio. Esta pérdida de fe es ruinosa desde cualquier punto de vista práctico. La fe unió a estadounidenses diversos, reduciendo la polarización. La fe les dio a las élites un sentido de responsabilidad histórica y les ayudó a resistir el dinero y corrupción que siempre barrió al sistema político.
Sin la vibrante fe no hay contrapeso espiritual al materialismo rampante. Sin la fe, la izquierda se ha vuelto extrañamente despiadada y distante en vista del genocidio por todo el mundo. La derecha adopta una mentalidad de suma cero con respecto a la inmigración y una actitud contraída con respecto a asuntos del exterior.
Sin la fe, los líderes se vuelven pequeños; no tienen un solo propósito sagrado con el cual alinearse. Los jóvenes en África se emocionan con solo pensar en paneles solares, pero parecen mucho menos comprometidos con la tarea de difundir la dignidad política y el autogobierno humano.
En el ínterin, el país crece con una extraña indiferencia a los héroes democráticos. Varias décadas atrás, todos sabían de Sakharov. Sin embargo, ¿cuántos armaron un alboroto por la persecución sistemática de activistas democráticos y cristianos a lo largo de Oriente Medio?
El evangelio democrático era tanto noble como realista.
Tenía una misión histórica, pero se fundamentaba en la idea de que la moralidad bíblica es necesaria precisamente porque la gente es egoísta y miope, el capitalismo es necesario porque es demasiado complicado entender y planear las economías; la democracia es necesaria porque el poder concentrado siempre es peligroso, sin consideración de cuán seductor parezca a corto plazo.
Seguro, se han dado retrocesos. Sin embargo, si Estados Unidos no es un defensor de la democracia universal, ¿para qué es el país? Una gran herencia está siendo dilapidada; un lenguaje de 200 años está siendo dejado al lado del camino.