Lo que se ve
La corrupción de los dirigentes políticos y funcionarios públicos suele contar, en nuestras sociedades, con amplios márgenes de tolerancia. Desde el "roban pero hacen" al reconocimiento implícito de quienes piensan que si ocuparan el lugar de los sospechados aprovecharían la abundancia de recursos de la misma forma ("yo no pido que me den sino que me pongan donde haya"), la corrupción siempre es un problema integral de una sociedad sin hábitos ni reactivos para oponerse a ella.
Esta tolerancia, que frecuentemente traspone los límites que la separan de la complicidad, no obstante coexiste con cierto escándalo, cierta irritación en la conciencia moral de los ciudadanos.
Las razones, usualmente, son dos. Por un lado se preguntan por qué siguen robando si lo que ya tienen les alcanza para asegurar el futuro de varias generaciones de descendientes: “¿Para qué quieren tanto?” Por el otro, se preguntan por qué hacen exhibición de lo robado si la mejor estrategia para no ser descubiertos es actuar con la mayor discreción posible.
Es una especie de conciencia moral secundaria, que da por supuesta la corrupción pero rechaza sus manifestaciones más visibles: la codicia y la ostentación. Estos juicios suponen un desconocimiento de la naturaleza de la corrupción y de la condición del corrupto.
Toda acción humana que se propone un fin concreto debe estimar los medios necesarios para conseguirlos y llevarlos a cabo. En un contexto de ilicitud, como es el crimen, el delito o la corrupción, resulta imprescindible ejercer hábitos que son objetivamente buenos, aunque pueden ser aplicados a fines malos: discreción, prudencia, justicia (en la distribución de tareas y el reparto del botín), coordinación, resolución, templanza.
Codicia
Pero claro: quien hace sistemática y deliberadamente el mal no puede ser bueno. Por más que esté obligado a tener algunos buenos hábitos para conseguir sus objetivos, si fuera realmente bueno no sería corrupto. Quien hace el mal es malo.
Corromperse como dirigente o funcionario implica aceptar un sistema y una dinámica específicos. Todo acto de corrupción a partir de determinados niveles de decisión exige complicidad de otros: nunca es individual. Por tanto es imprescindible para el corrupto la formación de una red de lealtades que le aseguren discreción y eficacia.
Contrariamente, en ese sistema nada es menos confiable que personas con escrúpulos o conciencia moral conflictiva: no hay peor cosa que un arrepentido.
Es posible decidir cuándo se ingresa a una estructura de corrupción pero es imposible resolver cuándo se sale de ella. La red de lealtades lo impide. Por eso, no es fácil dejar de robar, por más que se haya amasado una fortuna que desborda todas las expectativas. Estrictamente no es codicia sino exigencia del sistema del que se forma parte.
Una recreación literaria de este fenómeno la podemos encontrar en El Padrino, de Mario Puzo. La saga de los Corleone podría resumirse como la voluntad, siempre frustrada, de blanquear su fortuna, de pasar de las actividades delictivas a actividades lícitas, aceptadas por la sociedad.
De ahí la queja amarga de Don Corleone al ver que su hijo menor se ve obligado a hacerse cargo de los “negocios” familiares: él hubiera querido que el pequeño Michael, el universitario, el héroe de guerra, fuese el gobernador Corleone, el senador Corleone.
Ostentación
Pero si puede explicarse la codicia del corrupto desde el punto de vista de las estructuras de corrupción ¿cómo entender la ostentación de bienes adquiridos con dinero malhabido? Lo cierto es que hay varias razones que se complican: unas son personales, otras estructurales.
La más básica es la presunción de impunidad. No delinque ni comete actos ilícitos quien no está convencido de que podrá evitar el castigo pero la presunción de impunidad, la sensación de omnipotencia que genera, tiene sus riesgos. Uno de ellos es pensar como el vulgar ladrón o carterista: “Si no me han agarrado robando, menos lo harán gastándome lo robado”. El corrupto revela su miserable condición.
Pero hay un plano más elevado. Todo lo extraordinario, sea el talento, la belleza o la fortuna (bien o malhabida), exige publicidad, reconocimiento social: el drama de los Corleone desde otro punto de vista.
Esta publicidad sólo puede ser evitada por una acción deliberada y resuelta de represión u ocultamiento. En el caso de las riquezas, ocultarlas equivale a renunciar a disfrutarlas. Pero si esto es así ¿para qué roba el corrupto? ¿Es para asegurar el futuro de su familia o para gozarla él mismo?
Quien ha defraudado a la sociedad que confió en él tendrá menos frenos inhibitorios para defraudar a los suyos: de hecho, el crecimiento patrimonial fruto de la corrupción, que desborda, como ya se ha visto, todas las expectativas, obliga a utilizar las relaciones familiares -esposa, hijos, hermanos, parientes políticos- como testaferros o prestanombres. Don Corleone intenta preservar a Michael de sus actividades ilícitas hasta que no le queda más remedio que convertirlo en cómplice.
Pero también hay razones de tipo estructural. Quien hace ostentación de los bienes personales (propiedades, objetos, vehículos, joyas) adquiridos con recursos del Estado, está mandando un mensaje a los integrantes del (o aspirantes al) sistema de corrupción: muestra así su poder, su rango y eventualmente, su precio.
Se atribuye a Carlos Hank González, de profesión maestro, antiguo gobernador del Estado de México e histórico dirigente del PRI la conocida y terrible frase: “Un político pobre es un pobre político”. Ese principio se verifica no sólo en el plano de los hechos sino también en el de las apariencias.
Cómo se sale
Lo paradójico es que son precisamente estas manifestaciones las que permiten que la corrupción tome estado público, impacte en la opinión y mueva (en la medida en que no tienen más remedio y el encubrimiento no resulta viable) la acción de las instituciones.
Pero las raíces son profundas. Parece auspiciosa la iniciativa que está tomando forma entre los partidos de la oposición, para promover una comisión nacional sobre la corrupción, en la línea de lo que fue la Conadep, que investigara hace más de treinta años la desaparición forzada de personas.
No obstante, tal organismo corre el riesgo de aplicarse sólo a los efectos, al identificar y denunciar a los culpables, dejando las causas intactas. Debe poner en evidencia las estructuras de la corrupción, que son complejas y ramificadas y que pueden mantenerse en estado latente hasta ponerse al servicio de un nuevo padrino.
Para eso hace falta un puñado de patriotas probos e incorruptibles, con el poder necesario para ir hasta las últimas consecuencias y demoler ese sistema parasitario y destructivo.