“Me encanta que mis discípulos muestren una dosis de locura y se manejen con un margen de error. Desconfío de los perfeccionistas. Acaso porque pienso en propios y muchos errores, que no me han vedado la carrera” Vittorio Gassman. La Razón, 6 de julio de 1984
Habían pasado muchos años desde que intuyó por primera vez el concepto de la perfección. Le había parecido interesante el hecho de que la humanidad por completo y desde El Génesis, se había inclinado por lograr el más puro estado de las cosas, de las letras, de las artes plásticas, de la música, aunque todo había comenzado simplemente con la lucha de llevar su tosca caligrafía al grado de aceptable, lejos de lo perfecto.
Pasaron muchos años antes de que comprendiera que puede ser, es tal vez no; se esmeró en entender el sentido de un más o menos y, frente a la riqueza de la nítida escala cromática, tuvo grandes dificultades para entender lo que significa algo gris, un día gris, un señor de traje gris, una respuesta gris, una mentalidad gris, en fin, el mundo real que tanto distaba de la pretérita sino arcaica y fantástica perfección.
Se dedicó a escribir pero siempre dejaba un rastro de sus errores o los buscaba intencionalmente pues, encontraba sumamente bello descubrirse a sí mismo y a su obra, hija de la imperfección humana. Componía sus armonías y como era carente de toda formación musical, sus ingenuas obras, carecían de las cualidades que otro, bien hubiera compuesto en forma perfecta.
También se dedicó a las artes plásticas y pintaba firmemente con azules y morados, colores que le atraían con singularidad, Siempre dejaba el rastro de su mano torpe y de sus limitaciones visuales pues, ¿qué es pintar si no ver?
Fue un hijo de comportamientos díscolos en su adolescencia y moderado en su ingreso a la adultez pero, no sólo en eso confirmaba su carácter de hombre lejos de la perfección sino además que fue un discreto amante, un apasionado lleno de errores y un empleado que solamente disfrutaba aquellas tareas que podía generar por cuenta propia.
Cuando la vida le demostraba que estaba volviendo por el sendero que nos lleva al polvo, reflexionó, se detuvo frente a alguna imagen de una vidriera, de esas que se repiten y se deforman inalterablemente en todos los comercios de la ciudad y tomó consciencia que se iría de este mundo sin un rastro de perfección, sin un dejo de excelencia, sin un ápice de cordura.
En la misma imagen que reflejaban los vidrios de la ciudad, vio los rostros, las mentes y los espíritus grises de todos los que lo rodeaban, la uniformidad de la reproducción humana, la testarudez de la continuidad de lo mismo, la repetición milenaria de caracteres, conductas, berrinches, egoísmos y necedad y, finalmente, supo que esa era la perfección de la condición humana.