18 de octubre de 2019 - 00:00

La necesidad de superar las grietas - Por Roberto Azaretto

"Desde hace treinta años, todos o casi todos los grupos militantes han llegado, parece, al convencimiento de que solo la propia entidad política es respetable y que solo la propia opinión es acertada, y ese exclusivismo ha llevado con alarmante frecuencia a actitudes que parecen responder a la idea incivil de que los partidos o grupos adversarios y las opiniones ajenas no tiene derecho a ser tolerados o tenidos en cuenta".

Este texto forma parte de la carta que Federico Pinedo escribió estando preso en la Penitenciaría Nacional en 1953, por el delito de militar en la oposición al gobierno del general Perón.

Esa carta estaba dirigida al ministro del Interior, el señor Angel Borlenghi, un ex sindicalista del gremio mercantil, que, antes del golpe militar del 4 de junio elogiaba al gobernador conservador de Buenos Aires Rodolfo Moreno, exaltándolo, como amigo de los trabajadores.

En la carta Pinedo reconocía los errores, no sólo del gobierno de entonces sino de los anteriores, en cuanto al adecuado funcionamiento de las instituciones a la impaciencia política y a la actitud de que cada grupo quisiera indicar “es solo la ruta que debe seguir el país”.

Sabía bien de qué hablaba: en su segundo ministerio, en 1940, cuando Ramón Castillo se hizo cargo de la presidencia por la enfermedad del presidente Ortiz intentó un acuerdo político entre conservadores y radicales para terminar con el fraude y las grietas de entonces. No fue comprendido ni por sus amigos ni por los adversarios a pesar de la buena predisposición del líder radical Marcelo Torcuato de Alvear.

Creer que la intransigencia es una virtud, creencia instalada a fines del siglo XIX, ha provocado mucho daño a nuestro país.

Palabras como pactos espúreos o contubernios, han alejado la posibilidad del diálogo, la busca de acuerdos o por lo menos, la discrepancia civilizada y respetuosa del sistema institucional.

Hay muchos testimonios en nuestra historia de lo productivo de las conciliaciones y acuerdos, que dejando de lado el pasado permiten ir para adelante, para el futuro.

Pasó en Buenos Aires, después de Caseros con el abrazo de Lorenzo Torres, hombre representativo del sistema de Rosas y Valentín Alsina, llegado del largo exilio en Montevideo.

El acuerdo de San Nicolás entre Urquiza y los gobernadores que pocas semanas antes habían calificado al vencedor de Caseros como loco y salvaje unitario, posibilitó el pacto de convivencia entre los argentinos que fue la Constitución de 1853.

Por cierto, también siempre existieron los pequeños hombres que no soportaron estos gestos propios de civilización política y llegaron al asesinato para impedirlos como sucedió con Urquiza, que fue capaz de sacrificar legitimas ambiciones en aras de la unidad nacional primero y de la gobernabilidad, como, por ejemplo, recibir con honores y amistad a más de un adversario, incluyendo a quien fuera más bien su enemigo, el presidente Sarmiento.

Mitre y Roca estuvieron en bandos contrarios no solo en los comicios sino también en las luchas armadas, como la revolución de 1874 y la sublevación de Buenos Aires contra el gobierno nacional en 1880. Sin embargo sus acuerdos luego del fracaso de la revolución porteña de 1890, fueron importantes para pacificar el país, asegurar la estabilidad y lograr el período de crecimiento económico más largo -veinte años- y a las tasas más altas de nuestra historia.

Una actitud constructiva para superar las grietas, que no debe significar impunidad para nadie, es reconocer primero las propias falencias, los errores de la facción a la que se adscribe cada uno en vez de cargarle la culpa solamente al otro.

No se llega a esta decadencia por la sola responsabilidad de uno de los grupos que han participado de la dirección de los asuntos públicos de este país ni la culpa es solamente de los que han asumido responsabilidades en la política nacional. Menos en un país que desde 1974 no conoce un ciclo de crecimiento que dure más de cinco o seis años y que de cinco puntos de pobreza ha superado al tercio de la población en esa situación. Llevamos ocho años consecutivos de caída del producto bruto y somos un 10 % más de habitantes que en 2010, es decir, tenemos una torta más chica y hay más gente que pide su porción.

Para superar la grieta hay que renunciar a otro de los pecados políticos de los últimos cien años, el hegemonismo.

El hegemonismo, que consiste en dificultar o negar la alternancia, lo hemos sufrido con las intervenciones a la provincias de Yrigoyen, el fraude de la coalición conservadora en los treinta, los primeros gobiernos de Perón donde se negaba a la oposición todo acceso a los medios y el estado de sitio era normal, las proscripciones del peronismo luego de 1955 y las numerosas dictaduras. Y tuvimos el intento, frustrado, de imponer otro hegemonismo entre 2003 y 2015.

En síntesis, los problemas argentinos son muy serios y afectan a gran parte de la población.

Ello impone, que los sectores más representativos, más allá de los extremos, decidan convivir, que no quiere decir que nos pongamos de acuerdo en todo pero que sí empecemos a acordar que conviviremos con respeto y aprendamos a entender que pensar distinto no es para descalificar ni agraviar a nadie.

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