"Porque al que más tiene se le dará
y tendrá en abundancia,
pero al que no tiene se le quitará
aún lo que tiene" .
Mateo 25, 29
"Porque al que más tiene se le dará
y tendrá en abundancia,
pero al que no tiene se le quitará
aún lo que tiene" .
Mateo 25, 29
En 1968, un gran sociólogo estadounidense llamado Robert K. Merton describía un fenómeno social de gran alcance que él nombró “efecto Mateo”.
Inspirándose en la parábola citada al inicio de este artículo, Merton intentaba explicar uno de los temas más relevantes en cuanto a la conformación de las sociedades modernas: los mecanismos a través de los cuales se crean y se mantienen las desigualdades sociales.
El efecto Mateo ilustra cómo aquellas personas que se encuentran en una posición aventajada, en términos de prestigio y de visibilidad social, logran reforzar sus privilegios, mientras que la condición de los menos favorecidos tiende a endurecer su exclusión y precariedad.
Merton aplica este concepto al campo científico, argumentando que la mayor parte de los premios son otorgados a quienes ya poseen reconocimiento académico y científico. En otras palabras, poseer prestigio y reconocimiento es necesario para obtener más prestigio y reconocimiento. Sin embargo, el concepto es muy útil también para otros campos, como el económico, por ejemplo.
El tema de la desigualdad económica es particularmente relevante hoy. Durante los últimos años, periodistas, economistas, organizaciones sociales y otros actores que observan de cerca los procesos de la globalización, han llamado la atención sobre uno de los aspectos más preocupantes de la economía mundial: la concentración de ingreso y riqueza cada vez más pronunciadas.
De hecho, uno de los principales resultados de las políticas neoliberales aplicadas desde mediados de los ’70 en casi en todo el globo es que cada vez más dinero y poder se acumulan en manos de grupos más pequeños, generando una distribución decididamente asimétrica e injusta de la riqueza.
Citaremos sólo algunos números para ilustrar la situación. Según datos del último informe de Oxfam(1): “Casi la mitad de la riqueza mundial está en manos de sólo 1% de la población (...) La riqueza del 1% de la población más rica del mundo asciende a 110 billones de dólares, una cifra 65 veces mayor que el total de la riqueza que posee la mitad más pobre de la población mundial (...)
La mitad más pobre de la población mundial posee la misma riqueza que las 85 personas más ricas del mundo (...) El 1% más rico de la población ha visto cómo se incrementa su participación en la renta entre 1980 y 2012, en 24 de los 26 países de los que tenemos datos (...) En Estados Unidos, el 1% más rico ha acumulado el 95% del crecimiento total posterior a la crisis desde 2009, mientras que el 90% más pobre de la población se ha empobrecido aún más.
La tendencia a la polarización de la riqueza atraviesa naciones y continentes, como tantos otros fenómenos característicos de la actual etapa de la globalización (migraciones, cambio climático, vulnerabilidad de los estados frente al poder financiero global, etc.).
Países altamente “desarrollados”, como Estados Unidos, ven crecer el número de pobres y de homeless en forma abismal. Así, el tema del último congreso anual de la Asociación Americana de Sociología (ASA), del que tuve ocasión de participar, fue “El impacto de la desigualdad sobre las familias y los individuos”.
Otro ejemplo tristemente sobresaliente es el caso del Reino Unido(2), uno de los países más ricos del globo, que a su vez se encuentra entre los más desiguales en el contexto de los países “desarrollados” (las comillas sobre la palabra desarrollado son entonces hoy más relevantes que nunca).(3)
Si bien se trata de un problema global, en nuestro continente las dimensiones del mismo son particularmente alarmantes; es que América Latina registra la peor distribución del ingreso de todo el globo. Los efectos de esta injusta distribución van desde la exclusión y la violencia, hasta la degradación ambiental y sociocultural.
Para anclar estas tendencias globales en lo local, daremos sólo un ejemplo: el diario Los Andes citaba en la segunda mitad del año pasado(4) que 65% de los jóvenes de entre 14 y 24 años del sector social de menos ingresos no terminan el secundario.
Es un ejemplo claro y contundente del efecto Mateo: más de la mitad de los jóvenes que vienen de sectores menos privilegiados de nuestra provincia, cuyos padres no alcanzaron las escalas más altas del sistema educativo, no logran terminar el secundario.
La otra cara de la moneda son aquellos jóvenes de familias mejor acomodadas económica y socialmente -la clase media y alta, hablando mal y pronto- quienes tienen mayores probabilidades de éxito académico debido a que sus padres tuvieron mayor acceso a la escolarización, acceso que pueden transmitir directamente a sus hijos.
Quienes trabajamos en educación lo sabemos -sabemos que nuestros “mejores” alumnos casi siempre han aprendido la mayor parte de las habilidades fundamentales, como la lectura, en casa más que en el sistema educativo. Ellos poseen aquello que otro gran sociólogo, Bourdieu, llamaría “capital social”.
En consecuencia, nuestro grupo de jóvenes aventajados accederá a mayores niveles de educación y a títulos más acreditados, lo que les permitirá conseguir trabajos con mayor prestigio social e ingresos más elevados. La mano de San Mateo se apoya pesadamente sobre los destinos (y no sólo los destinos académicos) de ambos grupos, dándole más al que más tiene, y quitándole al que no tiene.
Noam Chomsky -uno de los pensadores más importantes de la actualidad- declaraba poco tiempo atrás que la humanidad está avanzando hacia una plutocracia, es decir, un sistema en el que las decisiones las toman sólo los ricos.
Volviendo al informe de Oxfam, es claro que “las consecuencias de la desigualdad económica extrema están relacionadas a un monopolio de oportunidades por parte de los más ricos, cuyos hijos reclamarán los tipos impositivos más bajos, la mejor educación y la mejor atención sanitaria. El resultado sería la visión de una dinámica y un círculo vicioso de privilegios que pasarían de generación en generación”.
Hablando bien y pronto: el camino actual, guiado casi exclusivamente por la “mano invisible” de San Mateo, nos lleva hacia una sociedad de castas, injusta y violenta. Necesitamos una “mano visible” que nos ayude a torcer el camino trazado por Mateo tantos siglos atrás.
1. Oxfam, Gobernar para las élites. Secuestro
democrático y desigualdad económica
2. Equality Trust: www.equalitytrust.org.uk/
3 Equality Trust: www.equalitytrust.org.uk/
4 http://www.losandes.com.ar/article/jovenes-mas-educados-pero-desiguales