17 de febrero de 2018 - 00:00

La locura del poder - Por Luciana Sabina

La historia argentina es tan fecunda en delirios que casi no existió ninguna generación que no haya vivido dominada por algún momento de locura política.

Aunque, por supuesto, no somos únicos ni originales en este aspecto. Antiguamente se creía que el origen de la locura se hallaba en lo sobrenatural, claro que también se buscaron explicaciones más tangibles o "científicas".

Por ejemplo, los griegos clásicos consideraron que era producto de un desequilibrio de los "humores" (flujos, supuraciones) que condicionaban el temperamento del hombre.

Esta idea fue aceptada casi sin cuestionamientos durante el Renacimiento. Entonces, los primeros médicos trataban las manías como enfermedades físicas: con purgas, enemas y sangrías buscando restablecer el "equilibrio de los humores". Así, cuando alguien se encontraba en ese estado estaba de "buen humor".

En relación a esto, algunos textos medievales aconsejan colocar una paloma o un gallo rojo recién muerto sangrar sobre la cabeza del "loco", suponiendo que dicho líquido absorbería los gases dañinos provenientes de los "humores".

Pero en este período fue más fuerte el peso de las explicaciones sobrenaturales como causa de la enajenación mental. Se confió en curar a "los locos" con misas, exorcismos y reliquias sagradas. Algunos eran perseguidos y expulsados de la ciudad mientras los azotaban o golpeaban.

Siguiendo a Michel Foucault, a fines del siglo XVII aparecieron los manicomios. Estos, generalmente dependían de la Iglesia. Allí, la locura es confinada y comienza a ser "tratada".

La Historia abunda en irracionalidad. desde calígula hasta los tiranos del siglo pasado, pasando por la casa de los austrias, la dinastía inglesa y por algunos zares sanguinarios. en la argentina, el poder y la locura también fueron muchas veces de la mano.

Aunque algunos procedimientos aplicados eran benévolos, otros no lo eran tanto. En 1864, el médico Thomas Willis escribió: "… Como primera medida es necesario intimidar, encadenar y golpear al paciente, además de administrarle medicamentos (…) para curar a los locos no hay nada más eficaz que lograr que sientan respeto por quienes los atienden, a los que deben ver como sus torturadores…".

Hasta aquí seguimos un breve recorrido por el trato marginal que Occidente dio a la locura en diferentes épocas. Pero hubo momentos en los que estas sociedades fueron gobernadas por personas dementes, sometiéndose a sus "humores".

La historia abunda en irracionalidad. Desde Calígula hasta los tiranos del siglo pasado, pasando por la Casa de los Austrias, la dinastía inglesa y por algunos zares sanguinarios.

En la Argentina, el poder y la locura también fueron muchas veces de la mano. Por ejemplo, pocos saben que Juan Manuel de Rosas sufría arrebatos de insanía.

Fuertes ataques durante los cuales saltaba del caballo para comenzar a correr dando alaridos y agitando los brazos. Estos episodios finalizaban cuando se desplomaba en el suelo, agotado. Sus médicos lo consideraban motivados por un "exceso de vida".

Pero no se quedaba allí: en otras oportunidades el Restaurador golpeaba a sus peones sin razón y, según relatos de contemporáneos, era un exhibicionista al que le gustaba salir en calzoncillos a la sala, al patio e incluso a la plaza.

La "locura" no se agota en este personaje, ni en esta época. De hecho, algunos creímos verla hace un par de años, al ser testigos de la inauguración de una "canilla" por cadena nacional.

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