El conflicto en Israel y en Gaza apenas terminado pero siempre a punto de empezar nuevamente; la agresión entre los ucranianos que quieren un país pro Oriente, y aquellos que lo quieren pro Occidente, no parece tener visos de solución.
El conflicto en Israel y en Gaza apenas terminado pero siempre a punto de empezar nuevamente; la agresión entre los ucranianos que quieren un país pro Oriente, y aquellos que lo quieren pro Occidente, no parece tener visos de solución.
Los daños colaterales en ambos casos son trágicos. Hombres, mujeres y niños que no tienen nada que ver con ningún movimiento político o ideológico son asesinados y heridos por los cohetes y proyectiles de tanques que están dirigidos indiscriminadamente contra centros de población, o derriban un avión comercial
Hay muchas similitudes y muchas diferencias entre estos dos conflictos, afirma el experto Stephen White en su blog Scotwork.
No es nuestra intención discutir temas como la respuesta proporcionada, o la compasión, o la asimetría de los conflictos, o los derechos conceptuales, etc. aunque tengamos puntos de vista sobre todos ellos, pero salta a la vista que en estas situaciones los negociadores son prácticamente impotentes y la negociación se torna inútil.
La negociación es uno de los métodos de resolución de conflictos (como la mediación y el arbitraje) entre partes que quieren una solución de los mismos pero cuando el objetivo es fundamentalmente ganar sobre el otro u otros, las partes no negocian ni tampoco responden a la mediación.
Sin profundizar en los aspectos psicológicos que impulsan la determinación de ganar basta con decir que se manifiesta en una proporción tan grande en los seres humanos que podemos suponer con seguridad que se trata de un hecho de la vida que no responde a ningún tratamiento.
La opinión de que el mundo se puede mejorar explorando opciones, con actitudes liberales y un toque humanitario (una visión que, irónicamente, se originó en y se ve reforzada por el pensamiento judeo-cristiano-islámico) se torna irrealizable.
Los que creemos en los procesos de negociación estamos convencidos de que su metodología de resolución de conflictos es mejor, menos violenta, más racional, y tal vez también más justa, ya que permite ver los matices de lo correcto e incorrecto en todos los lados de la discusión y generar así compromisos satisfactorios.
Buena teoría pero, en el mundo real, los resultados negociados entre partes de poder asimétrico suelen estar sesgados y distan de ser equitativos (el Tratado de Versalles al final de la Primera Guerra Mundial es un ejemplo).
Esta disparidad lleva a que las partes en conflicto se nieguen a negociar porque no quieren que la inequidad sea el resultado de la batalla.
Como resultado de ello, las partes más débiles evitan el proceso de negociación y continúan la lucha para "ganar", a pesar de que las probabilidades están en su contra.
Ellos ven la derrota a corto plazo sólo como un paso atrás en una guerra que creen que van a ganar, inevitablemente, y con el tiempo. Es por eso que las partes más fuertes no piensan en actitudes magnánimas, como por ejemplo, detener unilateralmente las hostilidades con el fin de permitir las negociaciones. Un cese llevado a cabo por un lado es simplemente visto como victoria por el otro.
Entonces, ¿por qué los negociadores y mediadores y pacificadores, como el Secretario General de la ONU Ban Ki-moon, o el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, o Papa Francisco, perseveran?
Seguramente es porque creen que su repetida solicitud, para que las partes cesen el fuego y se sienten a una mesa, tendrá algún efecto que lleve a detener las pérdidas humanas o al menos a que influyan y se reflejen en la opinión pública.
De esta manera intentan lograr cambiar la forma de pensar de los líderes en guerra y que no les dé vergüenza ponerse a dialogar, pero todos estos esfuerzos, hasta hoy al menos, se ven vanos.
Los conflictos de esta índole continúan hasta que un lado gana, o al menos hasta el punto en el que los daños colaterales que están infligiéndose generan una responsabilidad tal que les indica la posibilidad de que se tornen inalcanzables sus ambiciones a largo plazo.
¿Hay una mejor manera? La opinión de los expertos coincide en que resolver las posiciones indisolublemente conflictivas, como las de las dos partes (al menos visibles) enfrentadas en Oriente Medio y lograr una solución a largo plazo, están condenados al fracaso.
Un objetivo lograble -como sugiere Stephen White- podría ser establecer un statu quo basado en un desequilibrio de poder estable: las partes reconocen que no han eliminado el problema "ganar", pero debido a que el costo de tratar de ganar es tan alto, no vale la pena el esfuerzo.
Vemos que este tipo de paz precaria ha existido en varios lugares del mundo, Oriente Medio (1948-1967) y Ucrania (1991 a 2014) incluidos.
En los macro-conflictos como éste los negociadores son siempre necesarios y bienvenidos. Que ellos no puedan obligar a las partes a un alto el fuego no es su culpa.
Pero si fracasan, la mayoría de las veces se debe a que los procesos de negociación son considerados como un arma para ganarle a la otra u otras partes y no para crear valor.
Dejar de matar gente, en especial niños inocentes, sería una manera extraordinaria de crear valor.