30 de enero de 2018 - 00:00

La hora de la lluvia artificial (I) - Por Gustavo Marón

Las adversidades son oportunidades encubiertas. Esta máxima podría ser aplicada incluso a la devastación producida en General Alvear por los recientes incendios forestales, cuyos estragos podrían marcar el inicio de la “lluvia artificial” en Mendoza, una modalidad de “modificación artificial del tiempo atmosférico” que el Gobierno provincial podría desarrollar con los mismos recursos con los que ya cuenta para atender el servicio de Lucha Antigranizo.

La “lluvia artificial” nació conceptualmente en 1947 en los Estados Unidos y se difundió rápidamente por todo aquel país dando lugar a innumerables proyectos públicos y privados, experimentales y operativos, incluso proyectos militares.

A partir de 1951, con la constitución de la organización no-gubernamental Weather Modification Association, el conocimiento y la práctica de la actividad se fueron consolidando de manera uniforme, generando una verdadera industria privada autosustentable que salva de la desertificación a vastas regiones de Norteamérica.

Para entender la “lluvia artificial” es preciso comprender que el agua no sólo se presenta en sus tres estados evidentes (sólido, líquido y gaseoso) sino también en un cuarto estado descubierto por la moderna Física de Nubes. Se trata del agua superenfriada o subfundida, agua que está presente en la atmósfera en estado líquido a temperaturas inferiores a cero grados centígrados, es decir, agua que se mantiene licuada más abajo del punto convencional de congelación. En los cielos de Mendoza, durante vuelos científicos realizados por la empresa Weather Modification Incorporated en febrero de 2000, fueron halladas vastas regiones de agua superenfriada a temperaturas tan bajas como menos 38 grados centígrados.

El agua superenfriada no se cristaliza ni se condensa, y por tanto no precipita en forma de lluvia o granizo, por cuanto no tiene en torno a qué condensarse o cristalizarse por ausencia de núcleos de condensación o cristalización, sean estos naturales (polvo, polen, sal) o artificiales (cemento, hielo seco, yoduro de plata). Este stock de agua superenfriada es gigantesco y muy extenso, tanto en longitud como en altura. Es decir, no estamos hablando de un fenómeno excepcional, sino de un estado natural de proporciones vastísimas. Ese es el campo de acción de la “modificación artificial del tiempo atmosférico”, actividad que consiste en introducir agentes de condensación o cristalización en ese "mar aéreo" de agua superenfriada, mediante técnicas dadas en llamar "siembras de nubes".

Toda el agua atmosférica es agua dulce y absolutamente potable, es decir, agua apta para sostener la vida y por ende a la sociedad mendocina y a su economía agropecuaria.

Además, el acuífero atmosférico es increíblemente abundante. Para dar una idea del volumen del que estamos hablando, basta indicar que una nube tormentosa de la especie Cumulus nimbus, de tamaño estándar y con una reflectividad radar superior a 55 dbZ, tiene en promedio un diámetro de quince kilómetros y una altura de doce kilómetros, lo que supone un volumen de 3.100 kilómetros cúbicos y una masa de agua precipitable estimada en 4.600 kilotoneladas.

En la Campaña Antigranizo 2012-2013 (que elijo por sus valores promedio respecto de otras temporadas), el Centro de Operaciones Radar de la Dirección de Agricultura y Contingencias Climáticas detectó 5.094 células de tormentas sobre el territorio provincial, disponiendo la intervención en 560 de ellas por parte de los aviones antigranizo del Departamento de Aeronáutica. De estas 560 celdas tratadas, 474 reaccionaron favorablemente a la siembra aérea, generando precipitación de lluvia, graupel o granizo pequeño. Haciendo una operación matemática simple, aquellas nubes sembradas precipitaron por lo menos 2.600.000 kilotoneladas de agua o, lo que es lo mismo, 2,6 billones de litros de agua dulce.

Esto equivale a decir que, por temporada, sólo las nubes graniceras tratadas (que representan apenas un 12% del total de las celdas observadas por radar sobre el territorio provincial) precipitaron sobre Mendoza el agua líquida equivalente a la existente en siete embalses El Nihuil, dieciséis embalses Valle Grande, siete embalses Agua del Toro y doce embalses Los Reyunos, es decir, los mayores embalses de la provincia. Imagine el lector cuál sería el resultado de sembrarse sistemáticamente todas las nubes potencialmente lluviosas y no sólo aquellas que representan un peligro por su potencial granicero.

En la entrega siguiente veremos de qué forma el Gobierno de Mendoza puede explotar el enorme acuífero atmosférico que se desplaza por sobre su territorio utilizando los mismos recursos y la capacidad que ya tiene instalada para atender el servicio de Lucha Antigranizo.

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