17 de agosto de 2014 - 00:00

La guerra de las palabras en China

Acerca de la creciente paranoia en China contra las ideas extranjeras, a las cuales consideran portadoras de males para el pueblo. El liberalismo económico chino no llega a la cultura ni a la política.

Yo no pedí tener una página en la Wikipedia pero hace unos meses un amigo me avisó y encontré que alguien la había creado, evidentemente dedicada a mis logros periodísticos.

Me sentí halagado hasta que leí la página: "Desde 2008, Jacobs ha escrito más de 400 artículos, la gran mayoría de los cuales presentan a China bajo una luz negativa", decía la entrada, que después agregaba que muchos de esos artículos contenían "distorsiones periodísticas".

Una amiga comprensiva editó la página, eliminado la afirmación de que estoy dedicado a mancillar el buen nombre de China. Al día siguiente, el creador anónimo volvió a ponerla. Esa guerra editorial, como se llaman estos altercados, duró meses hasta que Wikipedia le puso fin. 

Éstos son días difíciles para los extranjeros en China, que más o menos desde el año pasado se han visto atrapados en una guerra de declaraciones que pintan a los occidentales como reclutas en el ejército de las "fuerzas extranjeras hostiles" que tratan de impedir el auge de China.

Las compañías multinacionales también están puestas en la mira, especialmente las marcas estadounidenses más conocidas, acusadas de cobrar demasiado (Starbucks), de servir carne echada a perder (McDonald's) o de actuar como monopolio (Microsoft).

Aunque no hay ninguna prueba de que el gobierno chino haya estado detrás de mi página en Wikipedia, es sabido que el Partido Comunista emplea a numerosos propagandistas independientes para "guiar a la opinión pública" a través de los medios sociales y en la sección de comentarios de los artículos en línea.

Este mes, por ejemplo, el grupo de militantes Libertad para Tíbet descubrió unas cien cuentas falsas en Twitter, que usaban fotos sustraídas a personas blancas para publicar historias melcochosas sobre los felices tibetanos, tratando de ocultar la realidad de los tibetanos que se inmolan en protesta por las políticas de línea dura de Pekín.

En las columnas de los periódicos, oficiales retirados de las fuerzas armadas presentan a los Estados Unidos como un enemigo implacable del pueblo chino.

Tales amenazas se analizan y amplifican en documentos internos del partido, que advierten las peligrosas influencias que se filtran en China desde el exterior.

Aunque los periodistas están en los primeros lugares de la lista, los académicos liberales chinos, los militantes por la democracia en Hong Kong y los blogueros que tratan de exponer las irregularidades del gobierno han sido calumniados como enemigos ideológicos, dentro de la amplia batalla del Partido Comunista contra quienes éste cree que tratan de poner fin a su poder, que controla desde hace más de sesenta años.

Han sido implicados incluso el Hombre Araña y Superman, esos defensores de la justicia esencialmente estadounidenses, según un comentarista del Guangming Daily, periódico manejado por el gobierno, que este mes advirtió que Estados Unidos los usaba para "destruir los modelos morales chinos y reemplazarlos por los ídolos de Estados Unidos".

En semanas recientes, los periódicos manejados por el partido han atacado a Occidente por fomentar la nociva difusión de la costumbre de poseer perros, acusaron a espías occidentales de fomentar la inestabilidad en Hong Kong y acusaron a los valores occidentales de la epidemia de corrupción entre los funcionarios chinos.

La xenofobia azuzada por el gobierno no es nada nuevo en China. Mao Zedong llevó la satanización de todo lo que fuera extranjero a niveles destructivos, empezando con las campañas anti-derechistas de los años cincuenta, que trataban de depurar a la sociedad de las influencias occidentales "burguesas" y que culminaron con la desastrosa revolución cultural de 1966-1976, durante la cual cualquiera que tuviera predilección por James Joyce, Mozart o Monet era condenado como enemigo del pueblo.

Pero desde los años ochenta, cuando el pragmático Deng Xiaoping exhortó al pueblo a aprender de Occidente para atacar la pobreza endémica, la dirigencia china había hecho a un lado los garrotes ideológicos.

En los años siguientes, la economía de mercado al estilo de Adam Smith convirtió en millonarios a obreros fabriles, y fue el otrora enemigo chino, Estados Unidos, el que le abrió la puerta a Pekín para que entrara en la Organización Mundial de Comercio.

Entre tanto, cientos de miles de jóvenes chinos, en especial la progenie de la élite revolucionaria de China, asistieron en tropel a las universidades estadounidenses, muchos de ellos con becas completas.

Pero desde que asumió la presidencia, en marzo del año pasado, Xi Jinping ha desempolvado el manual maoísta, empezando con un documento secreto distribuido entre la alta jerarquía, en el que se identifican siete amenazas existenciales para el partido, entre ellas el "valor universal" de los derechos humanos, la noción de independencia de los medios inspirada en Occidente y la defensa de la economía de libre mercado sin restricciones.

"Fuerzas occidentales hostiles a China y disidentes dentro del país siguen infiltrando continuamente la esfera ideológica", señala el aviso, conocido como Documento Número 9, que empezó a circular a mediados del año pasado.

Tal paranoia no carece del todo de bases. Estados Unidos ha estado dedicado desde hace mucho tiempo a exportar la democracia liberal y el "pivoteo asiático" del presidente Barack Obama -transferir recursos militares del Medio Oriente a la región del Asia-Pacífico- ha sido percibido correctamente por Pekín como un intento de contrarrestar las pretensiones territoriales chinas, cada vez más agresivas, en los mares de China del Sur y de China del Este.

Chen Jian, experto en relaciones chino-estadounidenses de la Universidad Cornell, afirma que las crecientes invectivas anti-occidentales son básicamente una táctica dirigida a desviar la atención de las repercusiones de una economía lenta, la enorme brecha entre ricos y pobres y los asombrosos casos de corrupción oficial que aquí se han vuelto cosa de todos los días.

"Dentro del partido hay una profunda sensación de vulnerabilidad, incluso de crisis", observa Chen, que de adolescente vivió los excesos de la revolución cultural en China.  Empero, él y otros analistas coinciden en que la narrativa de las "fuerzas extranjeras hostiles" tendrá poco impacto en la generación de jóvenes chinos, que crecieron con Kobe Bryant y las descargas ilegales de "Seinfeld": "Simplemente vea a todos esos estudiantes que quieren ir a estudiar a Estados Unidos", indicó. "No creo que esos mensajes anti-estadounidenses estén convenciendo a nadie."

Es posible, pero eso tampoco les facilita la vida a los extranjeros en China, especialmente a los periodistas, que han sufrido una creciente hostilidad por parte de las autoridades.

Se niegan las visas, el sitio Web de The New York Times está bloqueado desde hace casi dos años e incluso chinos que han estudiado en el extranjero están convencidos de que los medios occidentales están en una misión para dañar a su país mediante una cobertura poco halagüeña.

La narrativa anti-occidental del gobierno no siempre cae en oídos sordos. Hace meses, un amigo me invitó a pasar con su familia las fiestas del Año Nuevo lunar.

Yo acepté con gusto pero después llegaron las malas noticias. Su madre, doctora, dijo que sería mejor que yo no fuera. "Lo siento, pero está convencida de que todos los periodistas extranjeros son espías", me explicó.

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