Un día, de repente, amanecimos como si estuviéramos viviendo en el interior de una película, y nos desayunamos con que la vida del hombre sobre la Tierra se había modificado enormemente.
Un día, de repente, amanecimos como si estuviéramos viviendo en el interior de una película, y nos desayunamos con que la vida del hombre sobre la Tierra se había modificado enormemente.
Pero ya sabemos: esto no es una película. Somos nosotros mismos –seres reales, no ficticios– los que nos encontramos viviendo esta extraña vida; vida que se ha convertido, de un día para otro, en una guerra, y guerra de la menos pensada.
Sí, luchamos contra un enemigo poderoso, que es a la vez impersonal, invisible y diminuto: un virus que, con la ironía del caso, usa corona. No es para menos: es el nuevo rey de la humanidad.
Este microscópico amo tiene rendidos a sus pies hasta los más poderosos hombres del planeta. Uno de ellos, Donald Trump, en un rapto de impotente vehemencia por la situación, se atrevió a ponerle un nombre que va más allá de la esfera biológica. Se atrevió a intitularlo políticamente. Lo llamó ‘el virus chino’. Y a mi juicio, más allá del escándalo de algunos periodistas presentes en esa conferencia de prensa (y con ellos, de gran parte de la humanidad), al mandatario yankee no le falta razón: “el virus es chino, porque vino de China”. Nada más cierto.
Efectivamente, el virus no nació en la estratosfera, sino en un determinado lugar, dotado de una cultura determinada, que vive unas costumbres determinadas. En este caso, Wuhan, capital de la provincia de Hubei y la ciudad más poblada en la zona central de la República Popular China, en cuyo inmundo mercado todos pudimos ver imágenes de cómo se comerciaban animales domésticos y salvajes.
Sin duda, la globalización tiene su costado positivo, en la mejora de las comunicaciones, la maximización de recursos, la eficiencia y velocidad de las transacciones comerciales, y cuestiones semejantes.
Esto ya lo habían visto liberales del siglo XIX como Benjamin Constant. Pero fue este mismo pensador quien se diera cuenta también de que la uniformidad global no era buena en todo sentido. Pues así como las relaciones libres de mercado entre las naciones conlleva ciertos efectos pacificadores e integradores del comercio, y el intercambio de información trae indudables beneficios, sacando a las personas de la estrechez del provincianismo –“de la rutina de los antecedentes y del egoísmo de las localidades”, al decir de Tocqueville–, esas ventajas no son infinitas, ilimitadas.
El propio Constant señala que, en lo que respecta al ámbito político, para evitar la vida –que no es vida, sino inercia vital– de individuos desarraigados, aislados de su lugar natural, que viven tan sólo “un presente vertiginoso” e indiferentes al conjunto (una suerte de anonimato burgués), lo mejor es materializar el ‘federalismo’.
Y él identifica federalismo con nacionalismo.
El federalismo tiene que ver, en último término, con una cuestión de orden ético-sociológico: la creación o reforzamiento de “un patriotismo pacífico y duradero”, a saber, “el patriotismo [patriotisme] que nace en las pequeñas localidades”.
No deja de ser interesante advertir, en un supuesto abogado del cosmopolitismo comercial, una defensa apasionada de la perentoriedad del arraigo.
En las últimas páginas del cap. 12 de los Principios de política que venimos citando, Constant habla del posible trabajo conjunto entre la ‘naturaleza humana’ y la ‘política’ a favor de “esa inclinación inocente y bienhechora” que culmina en “una especie de honor municipal [honneur communal], por llamarlo así, honor de ciudad, provincial [honneur de ville, honneur de province], que sería a la vez un gozo y una virtud”.
En este sentido, sería “una política deplorable considerar una rebeldía” los “sentimientos desinteresados, nobles y piadosos” que surgen de “la vinculación de los hombres a las costumbres locales”.
En suma, antes que con un sentido romántico y racista, hay que entender el término ‘nación’ según un sentido verdaderamente político, a saber, el de ‘organicidad social’: sentirse parte integrante, y en cierto modo insustituible, de una comunidad articulada (o patria personificada por doquier), que tiene no sólo presente y porvenir, sino también recuerdos de los que se puede vivir, y en los que se “puede descansar”.
Y esto es precisamente a lo que la realidad actual –realidad que se nos ha impuesto de repente– nos está no sólo invitando, sino prácticamente obligando. Pues si la globalización pudo introducirnos un virus foráneo con celeridad, al mismo tiempo, para expulsarlo, cada nación –qué digo, cada provincia y municipio– no tiene más remedio que armarse de paciencia y tomar conciencia de la realidad de sus fronteras, la idiosincrasia de sus hábitos, la calidad de sus recursos, y ponerse a gobernar activamente, sin que ningún otro pueda hacerlo por él.
En estos días de forzada cuarentena parece haber recobrado vigencia la hipótesis Gaia, formulada en la década del ‘60 por el químico y ambientalista inglés James Lovelock: el planeta se autorregula y todos los seres vivos somos parte de ese gigantesco y autorregulado organismo pluricelular. Cuando se ve abusado en extremo, reacciona acomodando de nuevo las cargas.
En este sentido, los científicos coinciden en que el virus no nos hubiera afectado si estuviera prohibida la transgresión de los ambientes naturales por parte de grupos económicos multinacionales, con el consiguiente tráfico de fauna silvestre y otras anomalías.
Aventurando una interpretación política de la hipótesis Gaia, en consonancia con aquel nacionalismo constantiano, podría decirse una vez más lo que le dijera aquel camarero de un cosmopolita hotel neoyorquino a Chesterton: «de la tierra venimos y a la tierra regresamos; cuando la gente se aleja de ella está perdida».