25 de febrero de 2018 - 00:00

La Fiesta de la Vendimia en el recuerdo - Por Sergio Gabriel Rey

"La identidad es el único fin en la vida. Es la comunión de los hombres con la tierra, que solo les pertenece no cuando son 'dueños de ella' sino cuando la honran". Padre Lorenzo Bartolomé Massa

La Fiesta de la Vendimia forma parte de mi vida desde que tengo conciencia. La canción tradicional "Canto a Mendoza" resuena recurrentemente en mis oídos, especialmente en esta época cuando, a la distancia, empiezo a adivinar el aroma del otoño en ciernes.

Es una fiesta única. No por su grandilocuencia o su producción artística, como a veces quieren hacernos creer apelando a nuestro más bajo chauvinismo; es por otros motivos que voy a tratar de detallar.

"Quien ha nacido entre viñedos tiene al alma dulce", me dijo una vez un viejo labrador. Me gusta creerlo. Mi contacto con los viñedos empieza con mi historia misma, mis cuatro abuelos llegaron a Mendoza a principios del siglo pasado y fueron viñateros.

No tengo recuerdo mejor de mi infancia que el de los surcos abiertos entre las hileras de olivos y malbec y la loma al fondo. La fiesta oficial, que vi algunas veces en vivo y la mayoría por TV (en blanco y negro antes y que no me pierdo ahora, la veo todos los años), se confunde en mis recuerdos con la otra que viví siempre, la del trabajo duro empapado en mosto y sudor y el asado de fin de cosecha (hasta perdí exámenes en la Universidad por no faltar a esa fiesta).

Esa simbiosis, eso precisamente, es lo que la hace única a mi parecer.

No tiene la espectacularidad del Carnaval de Río o el de Venecia, ni se compara en producción con el Festival de Jazz de Montreux.
Lo que la hace única es que se trata de una fiesta del trabajo y tan pero tan popular y arraigada.

La economía de Mendoza ha ido diversificándose, afortunadamente. A la producción de energía hay que agregar la metalmecánica, el turismo y muchas otras actividades, pero nuestra industria madre, también afortunadamente, sigue siendo la vitivinicultura.

Cultura es una palabra que merece un análisis. Decimos que la cultura de un pueblo es, simplemente, su modo de hacer las cosas. Pero automáticamente decimos que una persona es culta cuando posee muchos conocimientos, y eso es un error.

No es la acumulación de información lo que nos hace cultos, sino la forma en que el saber nos transforma el alma.

La tierra, si permanece inculta, decimos que es bruta. Cultivarla significa hundir el arado y apartar piedras, tosquedades y malezas, regarla profundamente con agua buena, abonarla para que sea fecunda y plantar o sembrar para que dé frutos. La tierra se transforma con ese trabajo amoroso. Decimos entonces que está cultivada.

Igualmente el ser humano. No es acumular en la memoria fechas y autores lo que nos hace cultos. La persona culta es aquella que rumiando ese conocimiento transforma su alma. Se vuelve reflexiva y sensible, adquiere otra conciencia de la vida y logra así a ser fecunda.

No es casualidad que usemos la misma palabra.

La cultura de Mendoza es el trabajo. No hay que dejar que se pierda. Hay que insistir en ello.

Los antiguos romanos eran un imperio pero también un pueblo civilizador. Su primera acción cuando lograban controlar un país era plantar. No plantaban cualquier cosa, olivo y vid.

Civilizar, para ellos, empezaba por unir el hombre a la tierra y lo hacían a través de esas dos plantas que resultan tan caras al sentimiento mendocino. Gracias al Padre Andes que deshiela sus glaciares y envía el agua, a la tierra exigente pero generosa y al trabajo amoroso del labriego, una vez al año mi tierra sangra ese elixir fabuloso llamado "vino", nombre tan cercano por semántica y fonética a "vida".

Por eso, por su significado profundo de trabajo, cultura y vida, la Fiesta de la Vendimia, nuestra fiesta, es única. Porque su popularidad va más allá de modas y promociones. Es profunda como el arraigo del hombre en la tierra que cultiva.

La elección de la Reina, que últimamente ha sido puesta en cuestión, no denigra en absoluto a la mujer, bien por el contrario, la enaltece. No es belleza física lo que se premia en lo que podría interpretarse como la exaltación de la mujer objeto, sino majestad, alteza, dignidad de mujer trabajadora representando al pueblo trabajador.

Recuerdo con pena el lastimoso papel que hizo una vez un secretario de Cultura en un reportaje de la TV mendocina al pretender defender su idea de hacer desfilar a las Reinas en bikini durante el Acto Central.

¡Qué disparate! Creo que no se oyó ninguna voz de apoyo, ninguna seria al menos. Su argumento era patético, dijo: "La Fiesta tiene que parecerse a las grandes fiestas del mundo, en todas ellas las mujeres desfilan en bikini".

¡Qué no hubiera dado por encontrarme en el estudio para explicarle algunas cosas!

Me trajo a la memoria la nota firmada por un gran periodista especializado en vinicultura cuando los vinos argentinos recién empezaban a tratar de colocarse en los mercados del mundo. Contaba este señor que había ponderado las virtudes del malbec ante algunos colegas en Nueva York. Salió a cazar alguna botella lo cual, en esos años, era tarea difícil.

Encontró una finalmente pero su decepción fue luego muy grande pues se trataba de un vino liviano y sin cuerpo, "seguramente para tratar de adaptarlo al gusto norteamericano", concluía la nota.

Pues, era el mismo caso y el mismo disparate, quitarle lo mejor a la Fiesta de la Vendimia, lo que la hace única, completamente diferente de cualquier "concurso de belleza" del mundo, para que termine siendo parecida a todos ellos.

No. La Fiesta de la Vendimia es un "género único" así reconocido por la Unesco. No debe parecerse a ninguna otra, debe ser ella misma.
Hermosa, distinguida, elegante y fruto del trabajo, como los buenos caldos mendocinos.

Me apena cuando veo tanto mendocino que no disfruta la Fiesta. Ha de ser, se me ocurre, porque no la entienden. Pues yo sugiero que la piensen de esta manera.

¡Viva Mendoza! ¡Viva la Fiesta de la Vendimia!

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