7 de diciembre de 2014 - 00:00

La explosión de la ambición

El capitalismo, en su voracidad, no permite la incorporación de lo único que puede mantenerlo con vida: una cultura moral que esté en constante tensión con él. La explosión capitalista en China es la prueba de esta necesidad. La población del Gigante As

En 1976, Daniel Bell publicó un libro llamado The Cultural Contradictions of Capitalism. En él, Bell sostiene que el capitalismo se socava a sí mismo debido a que nutre una población de consumidores que buscan satisfacerse cada vez más.

Estas personas pueden empezar siendo industriosas, pero pronto se vuelven adictas a la riqueza, al gasto, al crédito y a los placeres, por lo que dejan de ser los esforzados trabajadores que requiere el capitalismo.

Bell tiene razón en que existe una contradicción en el corazón del capitalismo, pero no captó perfectamente bien su naturaleza. Los capitalistas consumidores ricos siguen esforzándose en el trabajo. Solo hay que mirar alrededor.

La verdadera contradicción del capitalismo es que despierta una enorme ambición, pero no nos ayuda a definir en dónde debemos concentrarla. No define la meta a la que debemos dedicar la vida. Nutre la ilusión de que una carrera y el éxito profesional pueden llevarnos a la plenitud, lo cual es la ilusión central de nuestros tiempos.

El capitalismo por sí mismo genera personas que están vagamente conscientes de que no están llevando una vida muy rica en términos espirituales, que están mal preparadas para llevar una vida de ese tipo, que no tienen el tiempo de hacerlo y que cuando se disponen a encontrar la plenitud, terminan consagrándose a causas dispersas y a religiones diluidas.

Para sobrevivir, el capitalismo necesita incorporarse en una cultura moral que esté en tensión con él y que aporte una escala de valores basada en fundamentos morales, no monetarios. El capitalismo, empero, es voraz. La ambición personal que despierta siempre está amenazando con anular la contracultura que requiere.

La China moderna es un ejemplo extremo de este fenómeno, como lo describe tan elocuentemente Evan Osnos en su libro, Age of Ambition, que recientemente ganó el Premio Nacional del Libro en la categoría de ensayo.

Como explica Osnos, las reformas capitalistas de Deng Xiaoping elevaron el grado de ambición de toda la sociedad. Un pueblo que creció con el pensamiento de Mao Zedong para ser “un tornillo inoxidable en la maquinaria revolucionaria” tuvo la oportunidad, en el curso de una sola generación, de salir de la pobreza y alcanzar la riqueza. Esto provocó, asegura Osnos, un apetito de nuevas sensaciones, un deseo voraz de forjar nuevas fortunas.

Osnos habla de la “fiebre por el inglés” que se extendió por la juventud china. Li Yang era un hombre tímido que descubrió que, mientras más fuerte gritara frases en inglés, más audaz se sentía como ser humano.

Li llenaba grandes estadios y cobraba más de un sueldo mensual por un solo día de instrucción. Él ponía a la multitud a repetir en masa frases en inglés, por ejemplo, “Me gustaría tomarte la temperatura” y a repetir sus lemas patriotas: “¡Conquistar el inglés para fortalecer a China!”.

Osnos entrevistó a un miembro de la secta de Li Yang, que se hacía llamar Michael y se consideraba un “anglohablante renacido”. Para Michael, aprender inglés estaba entretejido con los mantras estimulantes con los que se rodeaba: “El pasado no es igual que el futuro. Cree en ti mismo. Crea milagros”.

Fue esta explosión de la ambición, tanto como cualquier otro factor, lo que creó la prosperidad actual de China. Una mujer, que se hacía llamar “Mamá Harvard” hacía que su hija sostuviera cubos de hielo en las manos durante 15 minutos seguidos para enseñarle fortaleza. En poco tiempo, China estaba construyendo el equivalente a una Roma cada quince días.

Pero la fiebre del inglés, como el comunismo antes que ella, eliminó las ricas y profundas tradiciones espirituales del budismo y del taoísmo. La sociedad se endureció y la corrupción llegó a todos los niveles.

La gente llegó a pensar que la sociedad era cruel e implacable y se encerró en sí misma. Un día, una niñita fue atropellada por un camión repartidor de pan en la ciudad de Foshan. Diecisiete personas pasaron frente a ella, que yacía sangrando en el suelo, sin hacer nada por ayudarla.

El video del incidente, tomado por cámaras de seguridad, se transmitió por televisión una y otra vez, obsesionando al país.

Después resultó que Li Yang, el profesor de inglés, era conocido por golpear a su esposa. Su discípulo Michael se amargó. Los lemas que hay en su pared, otrora optimistas, ahora tienen un retintín de frustración: “Tengo que cambiar mentalmente el destino de toda mi vida” y “¡Ya no puedo soportarlo!”.

Osnos observa que muchos chinos tienen la sensación de que hay un vacío espiritual en el corazón de su sociedad. Y de ese modo, tratan de llenarlo con cualquier cosa que puedan, como el confucianismo revivido, el nacionalismo, las conferencias del filósofo de Harvard Michael Sandel y el cristianismo.

Osnos señala que esta búsqueda espiritual se está llevando a cabo en todas las direcciones a la vez y que no hay alguna melodía central. Se tiene la sensación de que el futuro de la nación estará determinado tanto por esta búsqueda como por las reformas políticas y la innovación capitalista.

China está buscando con desesperación un nido espiritual y humanista para que contenga su ambición capitalista. En el resto del mundo quizá no se busque tan febrilmente una contracultura pero el desafío esencialmente es el mismo.

La ambición capitalista es una fuerza energizante como un vendaval. Si no hay una contracultura igualmente ferviente que la dirija, el viento arranca el tierno follaje que endulza la vida.

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