Imaginen dos ciudades. En la Ciudad A, los dirigentes notan que cada pocas semanas, una casa se incendia. Así que crean un departamento de bomberos: un grupo de profesionales con equipamiento posicionado de antemano para combatir incendios y experiencia especial. En la Ciudad B, los dirigentes de la comunidad no crean un departamento de bomberos. Cuando hay un incendio, reúnen apresuradamente a algunas personas y equipamiento para combatirlo.
Nosotros estamos en la Ciudad B. somos particularmente lentos para construir instituciones enfocadas a combatir problemas que han existido durante largo tiempo.
El ejemplo que más salta a la vista es la lucha en contra del yihadismo. Ya hemos estado enfrentando el terror islamista durante varias décadas, pero cada vez que estalla -Líbano, Nigeria, Sudán, Siria y más allá- los dirigentes empiezan de cero y forman alguna nueva coalición ad hoc para combatirlo.
El ejemplo más indignante está en las emergencias de salud mundial. Cada pocos años, ataca alguna epidemia considerable, y alguien sugiere que formemos un Cuerpo Médico Expedicionario, una organización especializada que ayudaría a coordinar y ejecutar la respuesta global. Varios años atrás, en esa época el senador Bill Frist incluso llegó al grado de preparar una iniciativa de ley que proponía ese tipo de fuerza. Pero, como siempre, nada surgió de eso.
El resultado, justo ahora, es muertes innecesarias por el virus del Ébola en África. Si bien el ébola es un problema recurrente, de todos modos parece que el mundo no está preparado. La respuesta ha sido lenta y ha carecido de coordinación.
La proliferación del virus, en otro momento lineal, ahora es exponencial. Como destacó Michael Gerson en el diario The Washington Post, las contramedidas normales -aislamiento, origen del contacto- se vuelven cada vez más irrelevantes por el índice del aumento. Se abren centros de tratamiento y terminan llenos de inmediato hasta el doble de su capacidad, al tiempo que la gente muere afuera en las calles. Un pronóstico de la Universidad de Oxford advierte que hasta 15 países más son vulnerables a brotes. La presidenta de Liberia, Ellen Johnson Sirleaf, advirtió: “A este paso, nunca romperemos la cadena de transmisión y el virus nos abrumará”.
La catástrofe se extiende más allá de la enfermedad. Las economías se sacuden conforme vuelos son cancelados y forasteros salen huyendo. Ray Chambers, filántropo y enviado especial de Naciones Unidas concentrado en salud global, destaca el impacto sobre la salud en términos más extensos.
Por ejemplo, la gente que está en las primeras etapas de la malaria presenta síntomas parecidos al ébola y otras enfermedades. Muchos dudan en buscar tratamiento, temiendo que los enviarían a un centro de aislamiento de ébola. Así que los índices de mortandad por malaria, neumonía y otras enfermedades comunes podrían aumentar, a medida que no se logre diagnosticar más casos de ébola.
La Organización Mundial de la Salud ha aparecido recientemente con un plan de acción, pero carece de capacidades logísticas. El presidente Barack Obama pidió una estrategia, pero eso fue hace dos meses y el gobierno está ideando un firme plan apenas ahora. Hasta este momento, la ayuda ha sido poco constante. El Pentágono abrió un hospital de 25 camas en Liberia. Estados Unidos donó cinco ambulancias a Sierra Leona. Simplemente, la coordinación no ha estado presente.
En el fondo, esto es un fracaso gubernamental. La enfermedad se disemina más rápidamente en lugares donde la infraestructura de atención de salud es deficiente o inexistente.
Liberia, por ejemplo, está siendo arrasada al tiempo que Costa de Marfil ha aplicado una serie de medidas a fin de prevenir un brote. Los pocos médicos y enfermeras en los sitios afectados tienen problemas para adquirir los artículos de seguridad elementales: guantes y bolsas para cadáveres. Más de 100 personas, hasta ahora, han muerto combatiendo el brote.
Sin embargo, no es solo un fracaso del gobierno en África. Es un fracaso del gobierno por todo el mundo. Me pregunto si estamos viendo los resultados de un cambio cultural.
Hace unas cuantas generaciones atrás, la gente crecía dentro de y estaba cómoda en grandes organizaciones: el ejército, corporaciones y dependencias. Ellos organizaron descomunales proyectos de construcción en la década de los 30, una gigantesca movilización industrial durante la II Guerra Mundial, la construcción de carreteras y el crecimiento corporativo durante los años 50. La conducción institucional, el cuidado y reforma de grandes organizaciones era más prestigioso.
Ahora, nadie quiere ser un Hombre de la Organización. Nos gustan las nuevas empresas, los perturbadores y los rebeldes. La creatividad se respeta más que la ejecución administrativa. Después de internet, mucha gente da por hecho que los grandes problemas se pueden resolver mediante enjambres de pequeñas organizaciones sin fines de lucro en laxas redes y empresarios sociales. Las grandes empresas jerárquicas son dinosaurios.
La crisis del ébola es otro ejemplo que muestra que esto es equivocado. Las grandes e impasibles dependencias -los ministerios de Salud, los constructores de infraestructura, las dependencias de procuración- son los bastiones del orden civil y mundial. La administración pública y sin fines de lucro, la sustancia que termina siendo ridiculizada como “gastos generales”, realmente tiene importancia. Reviste la misma importancia atraer talento a ministerios de Salud que invertir dinero en medicinas específicas.
Como han detallado libros recientes de Francis Fukuyama y Philip Howard, esta es una era de decadencia institucional. Nuevas instituciones móviles languidecen en la pizarra de planeación, en tanto las viejas no son reformadas y cuidadas. Ejecutivos en dependencias públicas son despojados de poder discrecional. Sus manos son atadas por juicios y regulaciones de cortes.
Cuando las aburridas tareas del gobierno no son llevadas a cabo, no se construye la infraestructura. Después, cuando azotan las epidemias, muere gente.