Destruir es una pasión argentina. No podemos sentirnos orgullosos de ella, pero tampoco podemos ignorarla. La cuestión es romper.
Destruir es una pasión argentina. No podemos sentirnos orgullosos de ella, pero tampoco podemos ignorarla. La cuestión es romper.
Rompemos, en general, lo que anda bien, lo que es bello, lo que funciona: ciudades, paseos públicos, equipos, proyectos, monumentos, objetivos por cumplir, ánimos, ilusiones, intentos, empresas.
No nos preocupa lo que está mal, alguien va a arreglar eso para que podamos destruirlo. Destruimos en la tristeza, en la derrota y aún en la victoria. La emotividad, el desasosiego y la euforia nos impulsan a romper, eternos infantes.
Hay una cultura de la destrucción. Quienes la llevan adelante aspiran a heredar los escombros. Como aspiración es mezquina y criminal. Pero peor es no tener aspiraciones. Es, también, una aspiración hipócrita, pero no vamos a fijarnos en esas pequeñeces ahora. Cuando el Ejército Islámico conquistó gran parte de Siria, asesinó a miles de personas, demolió tesoros arqueológicos y cualquier objeto que pudiera relacionarse con la cultura occidental. Pero cuando entró en los bancos locales y halló millones de dólares, miles y miles de billetes escritos en inglés, con la cara de presidentes americanos y con la fe en un dios ajeno estampada en tinta verde y en relieve, no destruyó uno solo de esos billetes.
La cultura de la destrucción suele disfrazarse de grandes ideales, se maquilla con la atractiva máscara de las causas nobles, viste el ropaje de la racionalidad y a veces hasta el de la justicia: cualquier cosa sirve para obtener licencia para destruir.
A su paso deja más miseria, más sangre, más odio, más muerte, más incertidumbre. Sobre esas ruinas bailan los lobos.