27 de noviembre de 2019 - 00:00

La culpa no es del mosquito - Por Ana Carolina Beceyro

Todos los años, cuando se acerca el verano, las autoridades sanitarias inician las campañas de descacharrado (eliminación de recipientes que puedan acumular agua) para prevenir la proliferación de mosquitos.

Frases como “Decile no al dengue” invaden los medios de comunicación y, a pesar de todo, los casos aparecen igual.

Año tras año observamos el mismo ciclo: campañas de prevención y control, fumigaciones, brotes de dengue salpicados en diversos sitios del país, preocupación de la población… y un olvido generalizado de parte de todos al llegar al otoño.

“Hay dengue por culpa de ese mosquito” se escucha decir por ahí. Casi siempre se atribuye toda la culpa del caso a un insecto que es un vector de un virus. Ahora bien, cabe preguntarse: La culpa de tener casos de dengue u otra enfermedad de transmisión vectorial ¿es exclusivamente del vector?

Para entender la situación debemos considerar diversos aspectos.

Primero, que todo proceso de salud - enfermedad se encuentra en un equilibrio inestable entre opuestos: algo así como tener una pequeña esfera yendo y viniendo por la tabla de un sube y baja. Ante la más mínima inclinación hacia un lado (estado de salud) o hacia el otro (estado de enfermedad) la esfera se moverá…   De esta forma, cualquier alteración en el equilibrio ecológico de un ecosistema, inclinará ese sube y baja hacia algún lado.

Segundo, ese equilibrio inestable propio del proceso de salud- enfermedad depende de múltiples factores. En este caso: la presencia de un vector (el mosquito), la existencia de un virus o agente capaz de transmitir la enfermedad (agente causal), la existencia de condiciones ecológicas óptimas para la supervivencia de ese vector y agente transmisor, y la presencia de un huésped susceptible de contraer esa enfermedad.

El huésped (ser humano) de dicho agente causal forma parte de una sociedad vulnerable   -en términos generales- por el hecho de no ser consciente de que las medidas preventivas deben ser puestas en práctica en forma permanente, no sólo al llegar el verano.

A esto se suma que el ser humano invade los nichos ecológicos silvestres de estos vectores mediante, por ejemplo, el proceso de urbanización y el avance de la frontera agropecuaria.

En algunas áreas donde originalmente había una selva, ahora el hombre se abre paso      -talando y quemando- para incorporar nuevos espacios a la agricultura. Y no sólo nosotros invadimos los nichos ecológicos de otras especies sino que, además, les facilitamos la invasión de nuestro propio nicho al abrir las puertas de nuestras viviendas y ofrecerles lugares donde desarrollar su ciclo vital.

Les ofrecemos movilidad a grandes distancias y velocidades entre continentes.

Actuamos como una especie que se siente omnipotente e inmune a todo rechazando, inclusive, vacunas que pueden prevenirnos de contraer algunas enfermedades y/o de sucumbir ante ellas.

En Argentina, la presencia de diversas especies de mosquitos de importancia epidemiológica abarca una gran extensión del territorio nacional continental. Y no sólo contamos con la presencia permanente, en algunas regiones, del Aedes aegypti (transmisor de los virus del dengue, fiebre amarilla, mayaro, chikungunya y zika), sino también con la presencia de tres especies de Anopheles (mosquito transmisor de la malaria o paludismo), entre otros.

Cuando se escucha la palabra “Aedes” casi automáticamente se piensa en “dengue” y se olvida que este vector puede transmitir muchas más enfermedades.  Y cuando alguien dice “Anopheles”, pocos responden porque se desconoce “quién es”, aun cuando este género de mosquitos tuvo y tiene gran importancia epidemiológica. Pero en este momento él no está de moda y por ello lo ignoramos.

No debemos olvidar que la historia argentina estuvo jalonada de numerosas epidemias provocadas por…  ¿mosquitos? ¿O por una sociedad que no estaba preparada para enfrentar una situación distinta?

A las epidemias de viruela y cólera que afectaban a la población argentina desde el siglo XVI, se sumaron desde el siglo XIX las sucesivas epidemias de “nuevas enfermedades” por aquel entonces: fiebre amarilla y malaria. Mosquitos originarios de África habían sido trasladados en barcos hacia América y se habían dispersado hacia el sur continental.

Las epidemias de fiebre amarilla que azotaron a la población de Buenos Aires en el siglo XIX (1852, 1858, 1870 y la más famosa en 1871) se originaron por la combinación de diversos factores: grandes movimientos migratorios o habitantes que retornaban de alguna guerra          -contagiados en otros lugares-, llegada de los vectores (mosquitos) en barcos procedente de áreas endémicas; insuficiente provisión de agua potable; contaminación del Riachuelo por los saladeros y de las napas freáticas por desechos; población que vivía hacinada, un clima cálido y húmedo de verano y numerosos sitios inundables propicios para la instalación de ese vector.

También hacia fines de ese siglo (1885) se detectó la presencia de plasmodios (agente causal de la malaria) en la provincia de Jujuy y a inicios del siglo XX, en Argentina se contabilizaban hasta 200.000 consultas anuales por esa enfermedad.

A esta larga historia de lucha vectorial ahora se suman recientes brotes y epidemias por la reemergencia de enfermedades que se creían controladas y por la presencia de algunas nuevas; así el dengue, zika y chikungunya, entre otras, se suman a la agenda de vigilancia permanente en Argentina.

Debemos replantearnos seriamente nuestro rol como sociedad para convivir con otras especies. Entendiendo que somos una especie más dentro del ecosistema global, interactuando con otras bajo diversas formas de simbiosis, y dejar de creernos omnipotentes. Por ignorancia o por comodidad estamos inclinando el sube y baja hacia el estado de enfermedad. Entonces…   ¿la culpa es del vector?

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