El autoritarismo en sus diversas formas y la corrupción de los funcionarios, junto a la iniquidad que ello trae aparejado, el desgobierno, la injusticia, la falta de trabajo, la pobreza y, a veces, la muerte, son elementos que más tarde o más temprano generan la reacción de los pueblos.
En el mejor de los casos, la reacción se encarrila democráticamente a través del voto castigo, la intervención de la Justicia (siempre que sea proba e independiente), o cuando el Congreso adopta las medidas previstas por la Constitución para sancionar a quienes violan los preceptos legales. Finalmente, el descontento popular puede escalar hasta la revolución armada.
Esta reacción a veces tarda en producirse, años de sufrimiento de los pueblos, pero finalmente el castigo llega. El caso más extendido e impactante de los últimos tiempos fue la llamada “Primavera Árabe que, comenzando en Túnez con la incineración a lo bonzo de un joven desocupado, se extendió con rapidez a los restantes países árabes del Magreb, alcanzando diversos grados de violencia y resultados. Cayeron dos gobiernos: el de Mubarak en Egipto y el de Muammar Kaddafi en Libia.
En este último participaron EEUU y países miembros de la OTAN, bombardeando el Palacio Gubernamental y otros lugares estratégicos; murió uno de los hijos y el propio Kaddafi pero el reguero de pólvora no concluyó allí: siguió por los países árabes del Oriente Medio, con suerte diversa.
La guerra en Siria y en Yemen son consecuencia de esta gesta popular. El caso más dramático, sin duda, es el de Siria, donde el gobierno enfrentó a los rebeldes con una violencia inusitada.
Esto generó más violencia, derivando en una verdadera guerra civil, con la característica especial de que son muchas las manos que allí intervienen, a favor de un bando o del otro; países y movimientos guerrilleros.
Con el agravante de la ocupación, de parte del territorio, por parte del engendro creado por alguna de las potencias con intereses en la región: el denominado Estado Islámico, o despectivamente Daesh. Con menor intensidad y complejidad por el número de participantes, la violencia bélica también continúa en Yemen.
Lo curioso de este generalizado levantamiento popular es que en los países donde hay menos democracia, mayor corrupción y autoritarismo, no se terminaron de contagiar del todo y los déspotas que los gobiernan lograron zafar hasta ahora: Arabia Saudita y a las corruptas monarquías del Golfo Pérsico.
La causa primordial es que allí, en el subsuelo de dichos países, se atesora la mayor riqueza petrolera del mundo y, en consecuencia, esos gobiernos monárquicos totalitarios, corruptos y no democráticos, con la sola excepción de Kuwait, gozan de la bendición y protección de los Estados Unidos.
Rumania y el dictador Ceausescu
Al comenzar el colapso del socialismo real, con la caída del Muro de Berlín y luego con el aniquilamiento del imperio soviético, que no pudo soportar la dura competencia económica y militar a la que lo sometió el presidente Ronald Reagan, se produjo la desintegración de los Estados que lo constituían.
La mayoría lo hizo en forma pacífica pero los rumanos, deseosos de liberarse de la brutal dictadura del matrimonio Ceausescu, derrocaron al presidente en forma violenta. Apresados ambos, fueron juzgados en forma sumaria y condenados a la pena capital.
En el gran país carioca, ¿qué pasó?
En este caso el pueblo reaccionó frente a la corrupción del gobierno de Dilma Rousseff y contra el Partido dos Trabalhadores (PT) que, en su momento, encumbró al dirigente sindical Lula Da Silva, quien ejerció la primera magistratura del Brasil entre 2003 y 2010 con un alto grado de adhesión popular e internacional. Sin embargo, su candidata no obtuvo igual suerte.
La actualmente impopular presidenta, ex guerrillera, conduce el país en momentos de su peor recesión en un siglo y enfrenta la acusación de corrupción rampante por la presunta manipulación de fondos públicos para “maquillar” el déficit presupuestario, para sostener la campaña política de su partido y descargar deudas del Partido de los Trabajadores.
También se entrecruzan: la petrolera estatal Petrobras y otros funcionarios como el presidente de la Cámara de Representantes, investigado por guardar dinero de la corrupción en cuentas suizas.
A su vez el presidente de la Cámara alta es acusado en otro caso. El vicepresidente y quien sucedió a Dilma, del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), acumula también serias acusaciones.
Toda esta sucia marejada llevó a la presidenta al juicio político, aprobado por abrumadora mayoría en la Cámara de Diputados. A su vez el hartazgo social, ha impulsado -como en la Argentina de 2000- a reivindicar el grito de “Fora Todos”, atractivo pero difícil de implementar.
Y por casa ¿cómo andamos?
La corrupción en la Argentina quizá sea superior a la del Brasil, con una ex presidenta cada vez más comprometida y varios de sus ministros acusados o presos, como Jaime y José López, pescado in fraganti con casi 9 millones de dólares.
Varios empresarios del grupo de “capitalismo de amigos”, encarcelados, como Lázaro Báez o allanados y embargados como el zar del juego, López.
Es alucinante la cantidad de dinero que transfuguearon y ahora no saben dónde esconderlo. A ello se agrega la investigación del periodismo internacional, que dio con los famosos “Papeles de Panamá”, que rozan la figura del actual presidente como miembro del directorio de empresas “off shore”, dedicadas al lavado de dinero y paraísos fiscales, además de depósitos no declarados en el exterior.
Hasta el momento la situación se ha mantenido dentro de los carriles judiciales, pero no podemos predecir el futuro de un panorama tan difícil como incierto, con un clima social altamente conflictivo por las duras medidas adoptadas. Las marchas y contramarchas, los despidos y el veto a la ley que los suspendía.
El atraso tarifario de varios años, resuelto con tarifas impagables por su monto.
¿Hasta dónde se extenderá la paciencia de un pueblo sobre el que se carga una vez más la pesada mochila del robo e ineficiencia de sus funcionarios?