Para hacer realidad su sueño de ver jugar a Colombia en la Copa del Mundo, Marco Triana Lozada, ingeniero de Bogotá, ahorró para viajar al Brasil este mes.
Para hacer realidad su sueño de ver jugar a Colombia en la Copa del Mundo, Marco Triana Lozada, ingeniero de Bogotá, ahorró para viajar al Brasil este mes.
Sin embargo, para evitar gastar dinero en hoteles, sus amigos y él recorrieron de noche el país en autobuses para ver jugar a Colombia y hasta optaron por dormir en carpa en campamentos.
“Hace diez años, este tipo de cosas no habría sido posible para alguien como yo”, notó Triana Lozada, de 24 años, enfatizando que pudo pagar el viaje gracias a un crédito bancario.
Hinchas como Triana Lozada duermen en autobuses, se hospedan en hoteles o en cruceros o, simplemente, duermen en vehículos cerca de las playas de Río.
Y la llegada al Brasil de más de 200.000 hinchas de habla hispana de países grandes, como México y Colombia, y otros más pequeños, como Costa Rica y Uruguay, ejemplifica uno de los cambios más profundos en América Latina desde el inicio de este siglo: el ascenso de la clase media.
Mientras EEUU batalla con la creciente desigualdad y los índices de pobreza que siguen siendo más elevados que en los ’70, la clase media latinoamericana ha crecido 60,3 por ciento desde 2003, según el Banco Interamericano de Desarrollo.
En ese período, disminuyó 34% la población que vive en pobreza. En conjunto, el Banco Mundial coloca a la clase media en alrededor de 30% de la población latinoamericana.
Los criterios para determinar quién pertenece a la clase media en América Latina son asombrosamente elásticos en toda la región, en algunos casos incluyen a personas que ganan muy poco, unos 10 dólares diarios.
Sin embargo, si bien la definición de clase media sigue siendo un tema de debate enconado, los ingresos en aumento en un país tras otro son parte de un marcado alivio, mientras los hinchas del fútbol latinoamericano siguen a sus equipos por todo el Brasil.
“América Latina ha dejado de ser predominantemente pobre”, notó Marcos Robles, economista del BID en Washington, quien estudia la pobreza y la desigualdad. “La nueva movilidad es un fenómeno reciente que empezó 10 años después de dos décadas de deterioro social”.
Los académicos atribuyen esta expansión a un conjunto de factores: crecientes niveles educativos, programas de bienestar social que proporcionan sueldos mensuales a millones de familias e ingresos per cápita que subieron 5,1% al año, de 2003 a 2012, un período en el que varios países se beneficiaron con una robusta demanda mundial de materias primas.
Durante la Copa del Mundo, en el Brasil, que ha vivido su propio crecimiento enorme de la clase media, la llegada de decenas de miles de vecinos de países de habla hispana está produciendo un nivel de interacción frente a frente con pocos precedentes en la historia reciente.
Excluyendo al Brasil, anfitrión del torneo y con mucho la principal fuente de demanda de boletos, cuatro países latinoamericanos -Argentina, Colombia, Chile y México- están entre los primeros 10, según la FIFA.
En conjunto, se compraron 208.000 boletos para los partidos en América Latina, exceptuando al Brasil, rebasando los aproximadamente 200.000 boletos que se vendieron en EEUU, país con el segundo mayor número de compradores de entradas, y Alemania, con casi 60.000.
Parte de esta demanda se reduce a un amor histórico por el fútbol en la región y a su proximidad al Brasil.
Aun así, viajar al Brasil, y luego de una ciudad anfitriona a otra en el país más grande América Latina, implica costos por alojamiento, transporte y comidas que son mucho mayores a los de un presupuesto para vacaciones, lo que refleja un nuevo poder adquisitivo en la región.
Se resaltan los aumentos en los precios durante la Copa, en especial en Río, en una lista de gastos que sorprenden, desde habitaciones de hotel, que promedian 430 dólares por noche, hasta papas fritas a la francesa en 16 dólares, en un quiosco playero.
Sin embargo, estos precios no detuvieron a Rafael Concha, un chileno de 45 años que se gana la vida reparando líneas de electricidad, quien llegó en avión para quedarse tres semanas.
Viaja con dos amigos y dijeron que pagan 270 dólares por noche en un departamento de dos habitaciones en Copacabana. “Es mi primer viaje al extranjero, además de ir a la Argentina”, dijo Concha, notando que ni siquiera tenía boletos para los partidos pero quería empaparse de la experiencia mundialista.
Algunos visitantes latinoamericanos hacen algo más que solo admirar el panorama. Más de 80 hinchas chilenos que no tenían boletos irrumpieron en el estadio Maracaná cuando su equipo estaba a punto de jugar contra España; los detuvieron y deportaron. No obstante, el incidente afectó en muy poco a la vibra positiva.
“Respeto y hasta admiro a esos loquitos por hacer cualquier cosa para ver la Copa del Mundo”, notó Mauricio Stycer, un columnista del periódico Folha, de San Pablo.
David Goldblatt, el autor de una historia mundial del fútbol, dijo que los latinoamericanos han hecho sentir su presencia en las copas mundiales desde hace mucho, como cuando, pavoneándose, la alta sociedad de Buenos Aires cruzó el Río de la Plata para asistir al primer torneo en Uruguay, en 1930, o cuando los exiliados chilenos protestaron contra la dictadura de Pinochet en la Copa de 1974 en Alemania Occidental.
No obstante, fue en la última década que “empezamos a presenciar las versiones latinoamericanas de las grandes caravanas de hinchas que, tradicionalmente, han acompañado a los equipos europeos al torneo”.
El progreso sigue siendo desigual y algunos países, como Guatemala, El Salvador y Honduras, experimentan un deterioro de su clase media desde 2000. Brasil, con una población de más de 200 millones de habitantes, alardea de tener la clase media más grande en la región, aunque todavía batalla con altos niveles de desigualdad.
Y, si bien los niveles de vida han mejorado para millones en la última década, algunos sostienen que agrupar a tantos en la clase media es engañoso.
“Hay familias ahora que pueden comprar televisores de pantalla plana, pero que todavía viven en sitios donde no se tratan las aguas negras”, notó Lena Lavinas, una economista en la Universidad Federal de Río de Janeiro. “No deberíamos confundir la formación de una sociedad de consumo masivo con la expansión de la clase media”.
Sin embargo, ya sea que estén dentro de los nuevos estadios de Brasil o, simplemente, en los festejos en las calles, muchos brasileños y sus vecinos que están de visita por la Copa del Mundo, muestran cómo están cambiando las fortunas en América Latina.
Miguel Angel Rubiano, de 46 años, un químico en una fábrica de desinfectantes en Colombia, y su hermano Leo Rubiano, de 47, quien trabaja en tecnología informática, combinaron la aventura con la rivalidad, durmieron en hamacas en un barco que serpenteaba por el Amazonas, antes de volar a Belo Horizonte y Brasilia para ver jugar a su país en la Copa del Mundo. “Fue diferente para la generación de mis padres”, señaló Leo. “Mi madre no vio el mar sino hasta que tenía casi 50 años”.