Las grandes ciudades tienen una representación mayor que la de sus límites. Así, las bolsas de Nueva York, Shangai, San Pablo, Buenos Aires dan cuenta con sus bajas y alzas no sólo de los flujos financieros sino de las expectativas económicas de países y regiones. Se dice lo mismo incluso del humor social; y acá surge otra cuestión, que no todos nos la planteamos.
Porque, obvio, no todos somos iguales, a pesar de lo que dicen las reglas de mayor jerarquía del Estado de Derecho, que al fin sirven, o debieran servir, en la lucha para que la igualdad sea realidad.
Thomas Pikety con su reciente libro “El capitalismo del siglo XXI” ha despertado interés por reintroducir la preocupación por las desigualdades sociales en académicos, economistas y público en general, con una investigación que muestra que en el largo plazo la riqueza de las naciones ha crecido menos que la de los grupos empresariales que operan a nivel internacional; y, claro, no hay como las estadísticas para hacer más visible la realidad.
Volviendo a las ciudades como amplias y más fieles representantes de la sociedad en que vivimos, ¿qué representa la ciudad de Mendoza?
Seguramente su entorno, el Gran Mendoza, la provincia misma y aún la región de Cuyo, o sea, más que los límites de su municipio. Y, por el lugar estratégico que tiene en la conexión del Atlántico al Pacífico, debiera ser mucho más en la integración latinoamericana.
Si como vimos, el desarrollo global ha resultado en sociedades cada vez más desiguales, esto marca a la ciudad como al país y a la región latinoamericana donde estamos insertos.
Entonces la pregunta es: ¿se podrá desde la ciudad hacer algo más que gestionar exitosamente la desigualdad social dentro de sus límites, o sea, hasta donde alcanza su jurisdicción? ¿O necesitamos que esa gestión articule con el todo del que es parte? Sí, claro, la provincia y también la nación.
Toda utopía necesita fuerza para ser instalada, como dice Galeano, para que sirva para caminar hacia ella. Esta es de gran tamaño; hay mucho poder a enfrentar.
Pero viene bien recordar si no era similar la emancipación americana, el fin del esclavismo y la organización feudal; grandes luchas que todavía tienen sus secuelas. Los hoy imposibles toman su tiempo.
Una sociedad más igualitaria convive mejor, pero instalar la idea misma de que esto es posible es responsabilidad de todos quienes están al frente, los que realmente tienen voz en el Estado y en la sociedad. Si vivimos en una ciudad que no es solo nuestra, muchos más deberían levantar la voz, tomar la palabra, sacudir las conciencias refugiadas en sí mismas.
Dar la batalla cultural que supone el respeto por el distinto, sacar de las iglesias al prójimo y ponerlo en las caras de los jóvenes que se llevan presos por portación de rostro, no por cometer un delito sino para cumplir con una estadística; dar oportunidades de trabajo y estudio legítimas, reales, a los que no las tienen aún. Al fin, poner el espacio público al servicio de esto, que para eso es de todos.
Dirán: “esto es política”. Pero deberán reconocer que nos interpela a todos, al menos a los que saciado el hambre y el frío podemos pensarnos dentro del lugar y tiempo que nos toca, como uno; uno más de un conjunto mayor que nos comprende, que nos sacude a todos aunque nos encuentre mejor parados que a otros. Y si dicen: “es política”, compartan o no. Y vamos por las herramientas que hay mucho por hacer.
Y al fin, una muestra del otro pensamiento, extremo para nosotros. Leo en el periódico La Jornada del 10 de enero último el siguiente título: “Ayotzinapa es un recordatorio de la desigualdad en el país”.
Lo dijo el secretario de Economía de México, un Sr. Guajardo. Asegura que la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa fue un recordatorio sobre la desigualdad económica que prevalece en México, pero que los inversionistas extranjeros conocen las diferencias en el país, saben dónde invertir y no les tiembla la mano.
Esta naturalización de la desigualdad y sus consecuencias recuerda a esas máquinas del tiempo que te llevan años, siglos atrás. Como antes de la Revolución Francesa donde unos locos quiméricos pretendían igualdad, fraternidad y libertad y otros muchos se lo creyeron.
Es triste que la tierra de Zapata, Villa, Lázaro Cárdenas, muestre hasta dónde puede llegar la degradación de una democracia sólo formal, administrada por los gestores de los inversores extranjeros, esos a los que no les tiembla la mano a la mera hora, la de meter su dinero en la parte de México que tienen asegurada para sus ganancias. Y a otra cosa los otros, ¡los que viven como pueden o desaparecen si hace falta!