14 de septiembre de 2014 - 00:00

La autoridad que cuida

Frente a un sistema educativo cada vez más permisivo, el autor nos dice que reconstruir la autoridad no implica caer en el autoritarismo, que, por el contrario, es indispensable para que la escuela recupere su rol y prestigio.

Un día suspendí a Pablo, él tenía 6 años, estaba en primer grado. Yo era el director de la escuela. Decidí suspenderlo por 48 horas. Yo mismo no podía creer lo que estaba haciendo. ¿Qué había pasado?

Pablito estaba enojado, rompía boletines de compañeros, regalos de cumpleaños, cuadernos de clase, y no podíamos “agarrarlo”, no lográbamos saber quién era. Les pedí a la maestra y a su ayudante que controlaran el aula en los recreos, que todo el tiempo alguien mirara la entrada del aula. Y pasaron los días y seguíamos teniendo problemas. Yo sentía que necesitábamos darles una respuesta a los chicos, que teníamos que parar al que lo hacía, por el grupo y por él. La sensación era de mucha destrucción.

Un día me puse a charlar con Luciana, la hermana de Pablito, en el patio. Ella estaba en 6to Grado y me contó que el día anterior lo habían descubierto “talando las paredes” con un clavo y que unos días antes su mamá lo había descubierto caminando por la cornisa del edificio, entre el living y su habitación.

Luciana me contó que sus papás se estaban separando, ella también estaba preocupada por Pablo. Se me iluminó la cabeza, me di cuenta que Pablo estaba enojado con el divorcio de sus padres, que se hacía daño él, lo hacía a los demás, que no sabía para dónde ir. Allí estaba el fundamento de sus acciones.

Terminó el recreo y le pedí a la maestra que me lo mandara a la dirección. Allí le dije que yo estaba muy enojado con lo que había pasado, que me parecía muy grave lo que había hecho, siempre con cara de enojado.

Pablo lloraba, pobre, no sabía qué explicarme, creo que no sabía por qué lo había hecho, la situación lo había superado, no podía entender lo que había pasado. Y allí mismo le dije que iba a suspenderlo por 48 horas y debía venir con sus padres el jueves.

Yo sentía una culpa enorme, Pablo era divino y llorando me hacía sentir “un verdugo”. Pero yo entendía que él y el grupo requerían una sanción. Si yo no lo sancionaba los chicos se vengarían de lo que había ocurrido y él se sentiría peor. Decidí concentrar la bronca en mí, me parecía lo más sano, aunque me costaba, me sentía un “déspota”.

Los chicos entendieron la gravedad y lo consolaron, le dijeron que no se hiciera problema. Pablito era un pobre “condenado” por su director que era un “malvado”.

A las 48 horas vinieron los padres, me enojé con ellos, les dije que ellos se podían separar, pero que eso no hacía que dejaran de ser los padres de Pablito, que él los necesitaba juntos, con una actitud de cuidado. Ellos se mostraban preocupados, pero me pareció que ahí no había excusas, los adultos teníamos que asumir la responsabilidad, no Pablito.

¿Lo perjudicó la norma? ¿Lo ayudó? Yo creo que sí, que le permitió sentirse víctima, más allá de asumir la gravedad de lo que había pasado, él era un pobre sancionado, castigado. Los demás sintieron que se había hecho justicia, que Pablo había sido castigado duramente, que alguien ocupaba el lugar de la ley. La verdad es que nada grave había ocurrido, era una sanción simbólica, un mensaje. En la realidad, el jueves todo volvía a ser parecido, no igual, pero parecido. La suspensión impactó a Pablo, a los compañeros y a los padres.

Es duro ser autoridad, sancionar, premiar, enfrentar el contexto con las decisiones tomadas. El desafío es saber que uno no es director, hace de director, como hace de papá, de jefe, de amigo. Y desde ese lugar, esa era la respuesta adecuada, la que le sirve al chico, a los compañeros y a los padres. A pesar de sentirnos mal, de ocupar una posición dura, uno siente la satisfacción de hacer las cosas bien, y sería bueno recuperar esa sensación. Ser adulto implica esas cosas, ser la norma, ocupar el lugar de la justicia, señalar lo que está bien y lo que está mal. Todos nos guiamos con esas pautas.

En eso estamos, en recuperar la autoridad, con los costos que a veces implica. Nosotros asumimos el lugar de la responsabilidad, de la ley, sin poner en ese lugar a los chicos, mientras aprenden y crecen. Ellos hacen de chicos, nosotros de adultos. Ni los viejos ni los actuales, nuestros adultos.

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