18 de julio de 2014 - 00:00

La Argentina, enferma en cuerpo y alma

Comparando a nuestro país con la integralidad de un ser humano, el autor analiza las “enfermedades” que lo aquejan y la urgencia de “internarlo en terapia intensiva” para evitar un “desenlace fatal”.

Si comparamos a nuestro país con un ser humano, podemos decir que el cuerpo es su territorio y sus extensiones; también diagnosticar que padece de innumerables males, las islas Malvinas sin posibilidad cierta de recuperación por vía alguna, ni diplomática ni bélica; todas las disputas con los vecinos perdidas, como el Beagle, territorio antártico, lagos patagónicos, etc., no se registra en la historia fallo limítrofe favorable para la Argentina.

La Patagonia en propiedad de terratenientes extranjeros, naves y aeronaves -partes de nuestro territorio- sin poder surcar el mundo por peligro de embargos, una misión oficial no puede utilizar el Tango 01, la Fragata Libertad con la experiencia vivida, las Fuerzas Armadas totalmente desmanteladas y anuladas, una deuda externa sin antecedentes, cuentas embargadas por doquier, falta de política económica interna y externa, el cepo cambiario y los fondos buitres, un descontrol y desmembramiento totales.


El alma está representada por sus instituciones, gobernantes y habitantes, es decir nosotros, los nacidos en esta generosa tierra.
Los tres poderes fundamentales se encuentran igualmente enfermos. El Poder Judicial, sometido a los vaivenes del Ejecutivo de turno, sumado a la ineficiencia, lentitud y, lo que es más grave y alarmante, la falta de capacidad y criterio de sus miembros, temerosos de cualquier represalia o de perder sus puestos. Para cualquier nombramiento o ascenso se requiere la obsecuencia con el poder de turno.
El Poder Legislativo, sospechado de connivencia con los espurios manejos de los otros dos.

Más grave aún, un manto de corrupción sobre el Poder Ejecutivo como jamás hemos visto o pudiéramos haber imaginado; la realidad ha superado, por lejos, a la ficción: enriquecimientos tan inexplicables como injustificados, llevados a límites increíbles y una impunidad sorprendente, con piedra libre para cualquier desafuero.

La segunda autoridad del país, multiprocesado; los que ayer eran traidores al Gobierno hoy son los más votados, basta con mencionar a Cobos y a Massa.

Los socios del poder, con negociados e inmunidad comprobada, se nos ríen en la cara.

Es necesario “desparasitar” al país de tantos Moreno, Jaime, Fernández, Boudou y la interminable lista de nombres que todos conocemos, que se mofan de todo y de todos y nada bien hacen al Estado y su pueblo.

Qué iluso e inocente el maestro Discépolo, los inmorales no nos han igualado, nos han superado, y por lejos.

La soberbia, la paranoia y la ceguera de los que no quieren ver, y la sordera de los que no quieren escuchar, pretenden hacernos creer que vivimos en el País de las Maravillas, que nunca estuvimos mejor; eterna paradoja de mentes distorsionadas y esquizofrénicas que nos han llevado a un punto de difícil cura y recuperación.

Mientras tanto, en el centro del alma, muy dentro de su corazón, nosotros, los ciudadanos comunes, divididos en dos por la letra “K”, simples espectadores y víctimas de la falta de políticas en salud, educación, economía y, lo que es más grave, el flagelo de la inseguridad, un verdadero cáncer que día a día nos carcome rápidamente, que ya ha hecho metástasis, que nos convierte en simples conejillos de indias expuestos a todo salvajismo impune de los que entran por una puerta y salen por la otra, los que nos tienen encerrados y enjaulados disponiendo de nuestras vidas y bienes como si fueran verdaderos dioses, los que aniquilan a su antojo nuestras familias, muchas veces por una campera, un celular o un par de zapatillas. Siempre amparados por jueces garantistas y los derechos humanos, que solo a ellos amparan.

Una inflación de más del cuarenta por ciento que diezma los bolsillos de los trabajadores e inclina la balanza hacia los mayores índices de pobreza. Han hecho desaparecer nuestra clase media, la que realmente hizo el país, una situación solo comparable con Venezuela, hacia donde vamos lenta e irremediablemente; por ende, al enfrentamiento y a la disolución, empujados a un profundo abismo con escasas posibilidades de salir.

Una década ganada ¿a quién, a la desolación, al desánimo y a la desesperanza; cuál es la ganancia, de dónde se sacan los números para semejante balance?


Ciertamente un destino tan incierto como preocupante y un futuro poco alentador. A este paso, no hay buena herencia posible.
Evidentemente nuestra patria está enferma en cuerpo y alma, en terapia intensiva y con pronóstico reservado; un caso prácticamente terminal.


Se necesita cirugía mayor, decisiones firmes, recurrir a la reserva moral y generacional de los mejores y más capaces; extirpar todo lo malo, un tratamiento severo y agresivo (cárcel para corruptos y delincuentes, mano dura, tolerancia cero, etc.), todo lo necesario para salir de semejante indecencia, estancamiento y mediocridad que las personas de bien y nuestra descendencia no merecen.
De lo contrario el desenlace fatal resulta tan predecible como evidente e inevitable, y quedaremos solo en manos de Dios.

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