La legitimidad democrática pretende que todas las decisiones en torno al gobierno se tomen mediante métodos democráticos: en el seno de un cuerpo en el que intervengan todos los actores políticos o sus representantes y lo hagan de forma pública. Se cancelaría así el ejercicio del poder principesco, cortesano o de camarillas, tal como lo concibiera Maquiavelo.
Lo cierto es que la democracia no puede cumplir esa promesa. Peor aún: el sistema que propone confirma la vigencia de la preceptiva maquiavélica. La teoría democrática evita referirse o enfrentar la realidad del ejercicio del poder personal, que puede revestirse con la túnica democrática a efectos de su legitimación, o no, como sucede la mayoría de las veces.
Hay diferentes maneras de ejercer el poder. Se puede gobernar para el bien común o para beneficio personal. Se puede potenciar a los subordinados, manipularlos, explotarlos o aniquilarlos. Se puede dar sentido al poder o entregarse al afán exclusivo por aumentarlo.
¿Cuál ha sido el estilo de gobierno del kirchnerismo? Pueden identificarse algunos aspectos distintivos de su ejercicio del poder durante estos doce años.
1. El dinero, fundamento y origen del poder. El poder es un atributo de las relaciones humanas. Puede derivarse del prestigio, de la autoridad, de la fuerza, de la capacidad de interacción o de convicción, de la formación de redes sociales. El dinero es, también, una forma de relación y, en consecuencia, de poder: inferior, subordinada. El kirchnerismo hace expresa opción por el poder que proviene del dinero, con claro desprecio del resto de las formas alternativas: para los K, todas ellas se pueden comprar.
Eso se ha evidenciado tanto en su voracidad recaudatoria (legítima e ilegítima) como en su capacidad de concentración de recursos financieros: la famosa "caja", empleada frecuentemente con métodos extorsivos. También se muestra en el uso que ha hecho de esos recursos: en lugar de desarrollar la infraestructura y priorizar la inversión en obra pública, prefirió ponerl dinero a la gente en el bolsillo a través de subsidios, planes sociales y empleo público, en la convicción de que esas políticas -y no aquellas que no son evidentes en la vida cotidiana- son las que producen rédito electoral directo.
2. Poder que se comparte, poder que se pierde. Para el kirchnerismo el poder no se incrementa sumando nuevos actores que pasan a formar parte del esquema con capacidad de decisión propia. El concepto de "empoderamiento" de otros actores políticos es para los K sinónimo de debilitamiento propio. Eso puede verse, por ejemplo, en la resistencia a incorporar dirigentes políticos, cuadros técnicos o especialistas en condiciones de disputarles el poder. El círculo de poder K se reduce en consecuencia al estrecho grupo de familiares e íntimos, fuertemente concentrado y verticalizado.
3. La erosión de las instituciones. La lógica de la relación del kirchnerismo con las instituciones es la siguiente: si le son hostiles o no se le someten, las intenta comprar. Si no las consigue comprar, las hostiliza sistemáticamente. Si no las subyuga por este medio, las replica con una institución paralela. En todo caso asume que siempre es posible cumplir las funciones sociales de las instituciones con independencia de ellas.
4. El desquicio de las jerarquías. El kirchnerismo se vincula directamente con mandos subordinados (intendentes, viceministros, secretarios), evitando las jerarquías intermedias (gobernadores, ministros). Esto tiene como principal efecto prevenir el crecimiento de esos mandos principales, debilitándolos. Controla a esos mandos "desde abajo" y también gana mayor dominio territorial, al establecer una relación estrecha con autoridades más cercanas a los ciudadanos.
5. El enemigo. La identificación del enemigo como recurso táctico tiene como objetivo la unificación de actores políticos frente a algo que se presenta como amenaza. Es una forma de cohesión coercitiva, precaria, en la que los actores no pueden articularse libremente a partir de acuerdos o negociaciones o en función de proyectos o políticas. El kirchnerismo elige enemigos funcionales a su esquema de poder, a veces logrando el efecto no deseado de fortalecerlos a través de esa dialéctica. Niega tal condición a adversarios potenciales, incluso en su condición de interlocutores ("no hay nada que hablar con la oposición"). Plantea la relación con el enemigo autovictimizándose y presentándola en términos de una épica de reparación histórica.
6. A veces la letra, nunca el espíritu. La adhesión/sumisión del kirchnerismo a la ley siempre es condicional. Transgrede su letra cuando su propia conveniencia le dicta una acción contra ella, siempre que pueda evitar o ignorar sanciones o procesamientos por parte de la Justicia. Lo mismo sucede con el espíritu de la ley, al explotar cuanto resquicio permita la letra para invalidarlo.
7. En las buenas y en las malas. Los K no dejan caer funcionarios sospechados o procesados. Parece una buena estrategia para no perder en ningún caso la iniciativa política (clausurando toda ventaja posible a las denuncias de la institución judicial o de la oposición) al precio de generar la idea de una red de complicidades que no abandona ninguna pieza del esquema de corrupción en un desamparo que la pudiera empujar a delaciones o traiciones.
8. Yo no fui. El kirchnerismo tiene un método infalible para liberarse de los efectos negativos de sus políticas, de sus responsabilidades o de problemas de gravedad o incidencia negativa incontrovertibles: echar la culpa a otro. Oposición, corporaciones, intereses antinacionales, situación internacional, factores climáticos. Cualquier cosa sirve.
9. Discurso y realidad. Platón explicaba que en ocasiones el gobernante se ve obligado a mentir, por el bien de la comunidad política. Este consejo, naturalmente, tiene sentido en la medida en que el gobernante puede emplearla como recurso extraordinario. Contrariamente, el kirchnerismo se maneja en una habitual escisión entre discurso y realidad, en la inteligencia de que los contrastes entre uno y otra son invisibles para la mayor parte de la población, lo que le permite construir libremente un discurso con el que persuade a clases medias ilustradas. El prestigio, la autoridad, la coherencia ideológica -no hay que olvidarlo- son cosas que los K pueden comprar.
10. Quien venga atrás, que arree. Presentado como transformación "irreversible", el kirchnerismo en cambio posee una lógica inmediatista, miope, cortoplacista del poder: las consecuencias negativas son invariablemente postergadas para quien lo suceda.
Naturalmente, ni el kirchnerismo opera exclusivamente según estos criterios ni la lista que hemos confeccionado aquí está cerrada (se aceptan contribuciones). Sería una crasa ingenuidad pensar que ese repertorio de prácticas le pertenece en exclusividad. Pero revela una concepción del poder extremadamente mezquina, erosiva, que traslada costos altísimos al orden político, las instituciones, la sociedad, la cultura.
En este sentido, el kirchnerismo se ha revelado como una sorprendentemente creativa y prolífica usina de técnicas de poder. Hace tiempo Jorge Fernández Díaz lo calificó como una "escuela de maldades políticas". No constituye un poder creador, sino su instrumentalización en beneficio propio, convenientemente mimetizada.
¿Se aprovecharán los próximos titulares del poder de la caja de herramientas de tortura ideadas por los K o, por el contrario, advertirán la necesidad de restablecer el prestigio, la dignidad y la práctica de un poder constructivo, benefactor, que amplíe el horizonte común y contribuya a mejorar las condiciones de vida de los argentinos? Estamos a poco de saberlo.