20 de julio de 2013 - 00:19

El kirchnerismo y las pruebas de lealtad

La situación judicial de Ricardo Jaime, la designación de César Milani y el acuerdo con Chevron, resultan difíciles de digerir para muchos ultra-K.

Un buen sector del llamado kirchnerismo emocional, ese que valora más los símbolos y el relato que las profundidades ideológicas o la simple realidad, está sometido por estos días a exigentes pruebas de lealtad. La crudeza política de al menos tres episodios significativos, los ha puesto frente a cuestiones un poco más duras que el romántico reverdecer de las utopías setentistas y el tránsito por una primavera tardía de sus vidas.

Ellos deben ignorar los actos de corrupción cometidos desde su Gobierno y hasta defender al ex secretario de Transporte Ricardo Jaime, que tiene abiertas 20 causas judiciales, entre ellas la de la tragedia ferroviaria de Once, en la que murieron 51 personas.

También deben flexibilizar la postura supuestamente inclaudicable sobre los derechos humanos y aceptar que el general César Milani, cuestionado por su actuación en la represión ilegal y sospechado de enriquecimiento ilícito, sea el actual jefe del Ejército.

Deben, además, retroceder feo en las consignas de soberanía cargadas de nacionalismo que entonaron desafiantes contra las multinacionales del capitalismo decadente cuando se reestatizó YPF y celebrar, porque así lo ordenó la Presidenta, el acuerdo más que concesivo con la empresa petrolera norteamericana Chevron. Tres hechos que, a pesar de los esfuerzos oficiales por alivianarlos, tienen un volumen enorme en cualquier balance político.

Cuesta arriba

Sostienen los psicólogos que si se presentan en forma conjunta dos emociones primarias como la sorpresa y la pena, en el individuo se genera un sentimiento de insatisfacción. Cuando ese estado se origina porque no se cumplen las expectativas sobre un deseo o una persona, aparece la decepción.

En sectores importantes del voto kirchnerista, que consagró hace dos años a Cristina Fernández con el 54 por ciento de los sufragios, esa decepción se está expresando con absoluta claridad. Basta repasar las encuestas que ya en plena campaña para las elecciones primarias del 11 de agosto leen y releen oficialistas y opositores. Todo indica que el Gobierno deberá remar a un ritmo desenfrenado y volver a enamorar con acciones concretas y valederas -no promesas-, para recuperar adhesiones en las legislativas de octubre en las que se juega su destino.

Aquellos tres episodios mencionados -Jaime, Milani y Chevron-, han tenido un alto costo político para la Presidenta, aunque de diferentes características en cada caso. Los beneficios del acuerdo con la petrolera no podrán evaluarse en el corto plazo porque, siempre y cuando no surjan imprevistos, los resultados de la explotación del gas de los nuevos yacimientos de Vaca Muerta en Neuquén se verán recién dentro de 3 años y los de petróleo no antes de 5 años.

En el caso del general Milani, la jefa de Estado decidió sostenerlo pese a los cuestionamientos y ordenó dos cosas: al militar, que se presente ante cualquier estrado judicial para defenderse, y a sus senadores, que aprueben el pliego de ascenso lo antes posible. Eso ocurrirá por simple mayoría el miércoles 30 de julio. Podría haber algún senador del oficialismo que vote en contra para no dejar su nombre pegado, pero con que 37 legisladores den quórum para la sesión será suficiente.

La situación de Ricardo Jaime fue, sin embargo, la que más debate interno produjo en el Gobierno. Es conocida la antipatía que Cristina siente por el ex funcionario y de haber sido sólo por eso, ya estaría preso. Pero la Presidenta debió optar por el impacto negativo que causa sobre la imagen del Gobierno no soltarle la mano, como mal menor, en lugar de someterse a una probable extorsión de Jaime. El temor es que hable y comprometa al ex presidente Néstor Kirchner, a ella y a gran parte de sus colaboradores, en acciones reñidas con la ley.

Las evidencias

Hay un despacho de la Casa Rosada cuyo ocupante ha perdido protagonismo político hasta convertirse casi en un comentarista más de la actualidad. Él admite que el principal problema argumental que tiene el Gobierno para seguir con la estrategia de culpar de sus males a los medios o a la oposición es que esos males son consecuencia de sus propios errores. A esta altura eso no parece una gran revelación, pero es muy significativo en la relación del oficialismo con parte de la militancia y los adherentes circunstanciales.

Al Gobierno y a Cristina, cada día les cuesta más alimentar la idea de que son palos en la rueda puestos por quienes no quieren que la Argentina se transforme para beneficio de los más necesitados. Salvar a Jaime, defender a Milani o firmar un acuerdo desesperado con Chevron, no apuntan a eso.

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