6 de julio de 2013 - 22:24

Jefes prehispánicos en Panamá nacían para gobernar

Una seguidilla de descubrimientos aporta evidencia de poder heredado y señala que antes de la Colonia existió una cultura compleja en la zona.

La arqueóloga Julia Mayo trabaja en un sitio llamado El Caño, cerca de las costas del Pacífico, 145 kilómetros al suroeste de la Ciudad de Panamá. Durante cinco años de excavación, ha descubierto las tumbas de jefes cubiertos en oro de una civilización aún no identificada que floreció durante varios siglos antes de la llegada de los españoles a principios del 1500.

Ahora puede decir cómo obtuvieron su poder los jefes.

Los conquistadores españoles que describieron esta región hablaban de grandes jefes que luchaban entre ellos casi constantemente, llevando a sus ejércitos a la batalla para adquirir territorio y capturar guerreros enemigos que serían sus esclavos.

Pero, ¿cómo fue que esos líderes llegaron a una posición de autoridad? ¿Obtuvieron el poder luego de años de intenso combate? ¿Tuvieron que derrocar al gobernante? ¿O el poder pasaba entre las generaciones de una dinastía?

Mayo, una investigadora becaria de la National Geographic, tenía esas preguntas en mente cuando comenzó a excavar una gran fosa funeraria circular de la era prehispánica.

Exhumó más de 35 individuos, y tres aportaron una respuesta: en esta cultura, los niños parecen haber disfrutado de rango y privilegio desde el momento de su nacimiento.

Brillo de oro

Su primera pista llegó con un brillo de oro que apareció en 2009. Era un pequeño disco, casi tan delgado como una lámina, con la imagen en relieve de una criatura con la forma de un cangrejo, lengua bífida y garras de cocodrilo. Debajo de ella había dos cilindros aplastados, cada uno estampado en relieve con lo que parecía ser una serpiente emplumada.

Mayo quedó perpleja. Pensaba que estaba excavando un cementerio de jefes guerreros de entre el 700 y el 900 d.C., pero no se podía imaginar cómo encajaban las tres miniaturas de oro. “Al principio dije, '¡Oh, qué mala suerte! El disco es muy pequeño”, recuerda Mayo.

Un día, mientras examinaba la profunda excavación, Mayo de pronto comprendió el significado de los artefactos: eran así de chicos porque pertenecían a un bebé. Un bebé que había nacido para gobernar.

Había sido enterrado boca abajo con las vestiduras de un jefe: un peto y dos brazaletes que cubrían sus muñecas, cruzadas debajo de su pequeña barbilla. Claramente no había vivido lo suficiente para ganar su status, por lo que la riqueza y el poder debían haber sido pasados de padre a hijo.

Pero había un problema: no había huesos. El niño debió haber sido tan joven que sus frágiles restos no habían sobrevivido en el suelo ácido. Como en un tribunal de justicia, Mayo necesitaba crear un cuerpo de evidencia, hábeas corpus, por lo que continuó excavando.

El cuerpo del delito

En 2011 encontró un grupo similar de ornamentos de oro: tres petos, cuatro brazaletes y dos aretes, así como un collar de cuentas verdes. Pero nuevamente, sin huesos.

Finalmente, durante su más reciente temporada en el sitio, que terminó a fines del mes pasado, Mayo encontró la evidencia que necesitaba: brazaletes de oro, grabados con imágenes del dios cocodrilo de la cultura, que adornaban el esqueleto de alguien joven; un muchacho de 12 años, según Aioze Trujillo, un antropólogo físico de la Universidad Complutense de Madrid.

Cerca yacían los restos de un jefe supremo. Descubierto en 2011, vestía petos de oro, cuentas, campanas, figurines misteriosos de formas fantásticas y brazaletes también grabados con imágenes del dios cocodrilo.

¿Padre e hijo? Mayo planea hacer pruebas genéticas para averiguarlo.

Pero ya está convencida de que la pareja es prueba del poder heredado. Esto tiene grandes implicaciones para El Caño. “Una de las características de los cacicazgos complejos es que el status social se pasa de padre a hijo”, explica Mayo. Eso significa que este cementerio representa una sociedad mucho más sofisticada de lo que se creía anteriormente.

También significa que este sitio arqueológico ayuda a fundamentar el caso a favor de la existencia de culturas prehispánicas complejas en las selvas de Centroamérica y el norte de Suramérica.

Sin embargo, a diferencia de los mayas en el norte y de los incas en el sur, estas culturas no dejaron ninguna arquitectura monumental en piedra. Gran parte de su cultura material era biodegradable; casas de madera y adobe, techos de paja, cestos, esteras, pieles de animales, plumas. Pero en este lugar, al menos, la gente trabajaba el oro con gran habilidad, y su brillo perdura como testamento de sus siglos de logros y prosperidad.

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