En la primera noche que pasé en Italia, en una fiesta en Milán, observé a una pareja cuarentona de éxito planear su huida de un país al que le habían perdido la fe. Despejaron la mesa, abrieron una computadora portátil y empezaron a averiguar sobre bienes raíces en Londres, donde a uno de los dos le habían ofrecido una trasferencia.
Los precios los horrorizaron pero no los disuadieron. Tienen un hijo de diez años y temen que Italia, con un desempleo que afecta al 40 por ciento de la población de adultos jóvenes y una economía cuya languidez ha llegado a ser considerada normal, no le ofrezca un futuro muy brillante.
Dos días después y a unos 320 kilómetros al sureste de Milán, fue una italiana de edad -poco más de setenta, apostaría- la que se quejaba de su país. Yo estaba almorzando en la cima de una montaña en la región de las Marcas y, con una salchicha de jabalí en mi plato y un castillo en el fondo, hubiera podido jurar que estaba en el cielo. "Es un museo", me corrigió la mujer. "Usted está en un museo y en un jardín orgánico". A eso es a lo que ha llegado Italia, me dijo. Cada año, el país pierde un poco más de su garra, de su relevancia.
Ya que tuve la suerte de vivir en Italia alguna vez y siempre estoy regresando, estoy bastante acostumbrado al teatral pesimismo de los italianos, a su talento para quejarse. Es una especie de deporte, algo como la ópera que interpretan con amplias gesticulaciones y entonaciones musicales. Y, en el pasado, con el convencimiento de que en realidad no querrían estar en ninguna otra parte.
Pero esta vez las arias han sido diferentes. El ánimo en general ha cambiado. Pregúntenles a los estudiantes italianos qué les espera después de su título universitario y simplemente se encogen de hombros. Pregúntenles a sus padres cuándo o cómo el país saldrá del atolladero y verán la misma expresión de desconcierto. Se habla de emigrar a la Gran Bretaña o a Estados Unidos mucho más de lo que se hablaba hace cinco o diez años. Y se escucha menos fe en el mañana.
Eso me sobresaltó. Y también me asustó pues llegué a Italia en medio del cierre del gobierno de Estados Unidos y he observado el descontento del país a través de las aflicciones de Estados Unidos, procesándolo como una fábula ejemplar. Italia es lo que sucede cuando el país sabe perfectamente bien cuáles son sus problemas pero no tiene la disciplina ni la voluntad para remediarlos.
Es lo que ocurre cuando los disfuncionamientos políticos dan vueltas y vueltas y la buena gobernación se vuelve un espejismo, un mito, un chiste. Italia la va pasando a bordo de sus enormes bendiciones en lugar de aprovecharlas y está perdiendo tracción en una economía global donde cada vez hay más competidores motivados. ¿Le suena conocido? Aquí hay tanta belleza, tantas promesas pero tanto desperdicio, que nos rompe el corazón.
Y no todo es obra de Silvio Berlusconi. Su reciente condena por fraude fiscal, junto con la prohibición de que ocupe cargos públicos por varios años, no ha producido la sensación de alivio y de borrón y cuenta nueva que sería de esperarse. En cambio, ha obligado a los italianos a reconocer que si bien Berlusconi despilfarró el tiempo, empeoró las cosas y fue una distracción bufa y caricaturesca, él está por debajo de los demonios fundamentales del país: el exceso de reglamentos y una burocracia rococó que sofoca al espíritu de empresa, un cerrado sistema de favoritismo que frustra toda iniciativa, y el cinismo generado por todo lo anterior.
En el segundo trimestre de 2013, la deuda pública de Italia se elevó a 133 por ciento de su producto interno bruto: la segunda más grande de la eurozona, detrás únicamente de la griega. La reducción de aproximadamente 8 por ciento en el PIB italiano desde que culminó antes de la crisis es peor que la de España y Portugal. No ha habido ninguna recuperación significativa aunque a fines de este año por fin podría haber un crecimiento modesto.
Pero no se necesitan números para medir la deriva de Italia.
Simplemente hay que descender del tren bala (que es sensacional) o salirse de las autovías y aventurarse por los caminos menos importantes, que se están desmoronando por falta de mantenimiento. O tratar de arrojar una copa vacía de helado en alguno de los botes de basura de la histórica capital del país, Roma. Siempre están saturados y desbordados.
Uno que vi cerca de la Cámara de Diputados una noche había estado tan desatendido por tanto tiempo que la gente simplemente dejaba la basura en la base, donde se elevaba un montón de desechos: la octava colina de Roma. En una ciudad con un presupuesto bajo presión y unas deficiencias que reflejan las de todo el país, la basura se ha convertido en un enorme problema, en un síntoma del dudoso estado de salud del cuerpo político.
El martes visité al médico que se ocupa de este caso. Se llama Ignazio Marino y en junio fue elegido alcalde de Roma, derrotando al titular conservador apoyado por Berlusconi. Su amplia ventaja de 64 por ciento revela el ansia de los italianos por algo nuevo. De 58 años de edad, Marino entró en la política apenas hace siete años y pasó su vida profesional anterior como cirujano especializado en trasplantes de hígado (aunque también de riñón y páncreas) y vivió la mayor parte del tiempo en Estados Unidos.
Me dijo que administrar Roma no era muy diferente a cualquiera de sus operaciones. "Es una emergencia controlada", explicó.
Él ocupa la mejor oficina del mundo, en un palacio renacentista en el Campidoglio, una plaza diseñada por Miguel Ángel en la punta de la colina. Cerca de su escritorio, el balcón se lanza como la aguzada proa de un barco por encima de las antiguas columnas y arcos del Foro romano.
Ahí, a sus pies, está el lugar donde Marco Antonio se dirigió a sus ciudadanos después del asesinato de César. Y ahí, al alcance de la mano, está el templo de Saturno. Es un paisaje fascinante pero también una pulla, un recordatorio de las glorias pasadas, de una grandeza perdida hace mucho tiempo.
Desde otra parte de la oficina de Marino observamos desde una ventana el lugar donde estaciona su bicicleta, en la que va al trabajo todos los días, en parte para fomentar una nueva forma de transporte en una ciudad con demasiados vehículos y pocos peatones. La bicicleta se veía triste y solitaria. Los romanos prefieren sus motonetas.
Mejorar el tráfico y la recolección de basura está en los primeros lugares de su agenda, pero el primer lugar lo ocupa un tema más indefinido. Su máxima prioridad es encabezar una administración transparente y orientada a resultados que contradiga la forma en que se hacen las cosas actualmente en Italia. Al igual que muchos italianos con los que hablé, él asegura que el sistema se basa en lealtades personales, deudas contraídas y tiempo de servicio en lugar de méritos.
"Si cambiamos eso, llegarán el dinero y las inversiones", asegura, agregando que él regresó a Italia para lanzar su carrera al Senado en 2006 pues se dio cuenta de que ya era tiempo de estar quejándose de los males del país y empezar a tratarlos. Médico, cura a tu patria.
Le pregunté por la condición del paciente, es decir, Roma.
Hizo una pausa larga y juiciosa.
"Es rescatable", respondió.
Le pregunté por el legado de Berlusconi.
"El daño es la cultura que él creó", respondió Marino, "en la que la responsabilidad dejó de ser un valor." Berlusconi hizo que la vida en Italia pareciera una fiesta de adolescentes, una pelea incesante con las reglas, en la que lo que se consigue es menos importante que el hecho de salirse con la suya y en la que el más astuto se queda con el botín.
Y ahora viene la cruda. La alarma para despertar.
En el periódico La Stampa de hace dos semanas, el columnista Luca Ricolfi se disculpó por no haber intervenido durante un tiempo, y explicó que no había nada nuevo que decir. Desde hace veinte años, Italia no se ha agitado. "Todo está inerte y congelado", aseguró.
En Il Corriere della Sera, una semana después, el columnista Ernesto Galli della Loggia se lamentó por los "años y más años de parálisis" del país, durante los cuales una especie de gerontocracia impidió una auténtica meritocracia. Tuvo el cuidado de señalar que, si bien Italia se está "deshaciendo lentamente" no se está "hundiendo en el abismo".
Hay un número bastante grande de italianos que se sienten tan cómodos con la situación que se aferran al status quo, apoyando lo que tienen ahora. Pero eso sólo realza la incertidumbre de lo que harán más adelante. El futuro, después de todo, está basado en flexibilidad y sacrificios, en hacer olas para moverse y no en mantenerse en el mismo lugar. Y pese a todo, ahí siguen. No son los únicos en ese sentido: tienen abundante compañía en Europa occidental y en Estados Unidos.
"Es increíble", considera Paolo Crepet, psiquiatra y conferencista a quien conocí en este viaje. "Somos un pueblo creativo. En todo el mundo nos conocen por nuestra creatividad". Pero lo que él detecta en sus pacientes no es dinamismo sino desesperanza. "Están esperando que alguien los saque", afirma. "Están esperando a Godot". Al escucharlo sentí un vuelco en el estómago. ¿El fatalismo es lo que viene después de muchos años de pesimismo? ¿Para allá se está dirigiendo Estados Unidos?
Respecto de la falta de dirección de Italia, encontré una metáfora quizá demasiado fácil y cómoda: los letreros del camino que ya no se pueden leer por falta de mantenimiento, por el pasto sin cortar y las ramas que los cubren. Yo iba zumbando por maravillas y esplendores, pero no tenía ni idea si estaba yendo a alguna parte.
