25 de noviembre de 2017 - 00:00

Irlanda del Norte se hunde en una profunda crisis

El palaciego edificio donde sesiona la Asamblea de Irlanda del Norte, ubicado en Stormont, desde cuyas colinas se observa Belfast, últimamente es un lugar sombrío.

Su imponente vestíbulo, que en esta misma época el año pasado estaba lleno de legisladores, lobbistas y servidores públicos, esta semana está vacío y parece desierto. En el interior del edificio, en vez de los 90 legisladores electos para trabajar, unos cuantos turistas calientan los asientos azules en la cámara de debates. Ni siquiera están los micrófonos.

Así ha estado desde enero, cuando se desintegró la coalición gobernante de Irlanda del Norte. Esa situación creó un vacío de poder en Stormont que todavía persiste y tiene paralizadas a las instituciones de la región, que ya de por sí estaban bajo presión. Además, puso en peligro el acuerdo de paz alcanzado en 1998, con el cual se acabaron tres décadas de enfrentamientos entre las facciones nacionalista y unionista.

El gobierno sufrió otra sacudida este fin de semana, cuando se anunció que Gerry Adams abandonará su cargo como presidente de Sinn Féin. Su salida al cierre del año quizá ayude al partido a alcanzar su meta de convertirse en un socio de coalición atractivo para el gobierno irlandés, aunque no está muy claro qué consecuencias tendrá para Irlanda del Norte.

En el corto plazo, la administración cotidiana de la región está en manos de varios servidores públicos. No obstante, si esta situación se prolonga más, existe el temor de que los ministros de Londres comiencen a tomar decisiones, mediante un sistema conocido como “gobierno directo” que dejó de aplicarse tras la firma del acuerdo de 1998. Puesto que Irlanda del Norte no cuenta con un ministro de Finanzas, el gobierno británico ya tomó el primer paso hacia el “gobierno directo”, al aprobar el lunes un presupuesto provisional para Irlanda del Norte con el propósito de garantizar que se paguen salarios hasta marzo.

Hay quienes se preguntan si, en esencia, el acuerdo ya se derrumbó, y existe consternación ante la posibilidad de que, si bien el conflicto no vuelva a surgir por completo, sí aumenten los actos esporádicos de intimidación paramilitar.

Por ahora, algunos funcionarios mantienen la maquinaria del Estado en movimiento. Sin embargo, son empleados que no fueron electos, por lo que sólo aplican las decisiones que tomó el gobierno electo durante el ejercicio fiscal anterior, es decir, no pueden reaccionar ante circunstancias cambiantes ni aumentar el presupuesto conforme a la inflación.

Esto ha provocado un estancamiento y, en algunos casos, recortes de empleos y servicios. En un caso muy notorio, algunos funcionarios se vieron obligados a desechar un programa de apoyo intensivo para unos 1.000 niños y adolescentes vulnerables de la región, a pesar de que el programa había producido una reducción significativa en las conductas antisociales y un aumento en la asistencia a la escuela.

También resultó afectado el sistema de salud, el cual registra los mayores tiempos de espera de Gran Bretaña, pues se habían programado ajustes importantes al sector durante este año. No obstante, las medidas se encuentran suspendidas desde que comenzó la crisis, según informó Janice Smyth, directora en Irlanda del Norte del Colegio Real de Enfermería, el mayor sindicato del sector de enfermería en todo el mundo. “No puede hacerse nada mientras no tengamos un ministro”, explicó.

El estancamiento persiste y aumenta la polarización, por lo que para los ciudadanos es cada vez más difícil visualizar a Irlanda del Norte como una división política autónoma.

Para resolver la crisis en el largo plazo, algunos recomiendan ajustar el Acuerdo de Viernes Santo e incluir otro tipo de coaliciones, no sólo la cooperación obligatoria entre las mayores facciones nacionalista y unionista de la región. Otros predicen que se celebrará un referéndum sobre la reunificación irlandesa dentro de la siguiente década, pues el ambiente actual de desorden, combinado con los efectos del brexit, puede propiciar que los nacionalistas moderados den prioridad con mayor urgencia que antes a lograr una Irlanda unida.

Aunque Stormont en algún momento fue un símbolo de esperanza y progreso, ahora los ciudadanos de todos los niveles lo consideran una vergüenza.

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