7 de diciembre de 2014 - 00:00

Interestelar: el amor en los tiempos de la ciencia

La trama del film de Christopher Nolan, recientemente estrenado, muestra la fuerza magnética de los sentimientos y cómo éstos pueden ejercer una atracción gravitatoria en personas que están separadas incluso por enormes distancias físicas y temporales.

La mayoría de las películas de Hollywood hablan de amor romántico o, por lo menos, de sexo. Pero en la épica película de Christopher Nolan, “Interstellar”, casi no hay parejas, por lo que no vemos el cargado romance que suele haber en los filmes “normales”, en los que un hombre y una mujer parten a la aventura de salvar al mundo.

Más bien habla de un tipo ligeramente diferente de amor, de una generación a otra y a través del tiempo y el espacio.

La película empieza en una granja, en la que podemos ver el amor de un abuelo por sus nietos y el amor de los hijos por su padre (la madre murió antes, de alguna manera).

El planeta se ve afectado por una catástrofe ambiental y, en esa crisis, las vidas se desgarran. El padre, interpretado por Matthew McConaughey, sale al espacio exterior a buscar un planeta de repuesto en el que pueda sobrevivir la humanidad.

La película está impulsada por el rabioso amor de su hija abandonada, que ama al padre pero despotrica en su contra por haberla dejado atrás.

Encima de todo eso hay otro tipo de amor, aun más atenuado. Es el amor que siente el ser humano por sus ancestros y el amor que siente por los que aún no han nacido. En la película, doce apóstoles parten solos al espacio a buscar planetas habitables.

Están dispuestos a sacrificar su vida para que los embriones congelados que llevan en unos recipientes puedan nacer en algún lugar muy, muy lejano.

Nolan quiere que veamos la fuerza magnética de esos apegos: la forma en que el apego puede ejercer una atracción gravitatoria en personas que están separadas por enormes distancias e incluso por la muerte. Su atención está absorta en el ser amado. Tienen ansias de volver a reunirse.

Cuando el personaje de McConaughey se va al espacio, deja atrás las reglas de la vida terrenal cotidiana y entra en el ámbito de la mecánica cuántica y la relatividad. La gravedad se vuelve variable: es diferente en cada planeta.

El espacio se dobla sobre sí mismo. Los astronautas vuelan a través de un agujero de gusano, un doblez en el Universo que comunica un lugar en el espacio con otro muy distante.

Lo más importante, el tiempo cambia de velocidad. McConaughey parte a lugares donde el tiempo avanza mucho más lentamente que en la Tierra, por lo que termina siendo más joven que su hija. Otrora en el papel de su ancestro, él se convierte efectivamente en descendiente de su hija.

Estas tramas narrativas están basadas en la ciencia, en términos generales. El físico Kip Thorne sacó un libro, The Science of Interstellar, que lo explica todo. Pero lo que importa en la película es la forma en que se mezclan la ciencia y la emoción (y una banda musical a todo volumen) para crear una atmósfera poderosamente mística.

Nolan presenta el concepto de entrelazamiento cuántico. Éste ocurre cuando dos partículas que han interactuado entre sí se comportan como una sola aunque estén muy separadas. Después muestra que las personas enamoradas desarrollan esa misma característica. Reaccionan del mismo modo, al mismo tiempo, al mismo estímulo.

Los personajes de la película están viviendo continuamente experiencias paralelas y conexiones místicas que trascienden el tiempo y el espacio.

Es el tipo de sensación trascendente que se puede tener al visitar un viejo campo de batalla y sentirse conectados mediante enlaces místicos de memoria con las personas que lucharon ahí mucho tiempo atrás. O como cuando visitamos la casa donde vivimos nuestra infancia y sentimos una profunda comunión con personas que ya fallecieron.

Los blogueros no dejaron de notar los símbolos religiosos de la película. Para empezar están esos doce apóstoles y el Arca de Noé. Tenemos también un ángel caído, llamado Dr. Mann, que se vuelve satánico en una especie de jardín del Edén invertido.

El proyecto espacial se llama Lázaro. La heroína salva al mundo a los 33 años de edad. Existe una inteligencia infinitamente grande e incorpórea que ofrece una salvación misericordiosa.

Pero no se trata de una película explícitamente religiosa. “Interstellar” es importante porque, en medio de las batallas culturales entre la ciencia y la fe y entre las ciencias exactas y las humanidades, esta película ilustra la verdadera simbiosis entre esos ámbitos.

Aún más, muestra que la ciencia moderna está influyendo en la cultura. Siempre hemos adaptado nuestra visión del mundo a los avances científicos más recientes. Después de Newton, los filósofos concibieron un Universo que funcionaba como maquinaria de reloj.

Las personas eran consideradas engranajes dentro de una enorme maquinaria que podían insertarse en vastos sistemas burocráticos.

Pero en nuestra era de entrelazamiento cuántico y relatividad, todo parece emergente e interconectado. La vida parece menos una máquina y más una trama interminable de ondas y partículas.

Los vastos proyectos de ingeniería social parecen menos prometedores debido a la complejidad, pero las redes de relaciones amorosas y significativas pueden hacer un bien asombroso.

Como dijera el poeta Christian Wiman en su obra maestra My Bright Abyss: “Si el entrelazamiento cuántico es verdad, si partículas relacionadas reaccionan en formas similares u opuestas aun cuando están separadas por distancias tremendas, entonces es evidente que todo el mundo está vivo y se comunica de una forma que no conocemos del todo. Y nosotros somos parte de esa vida, parte de esa comunicación”.

Yo sospecho que Interstellar dejará a mucha gente con una apertura radical a verdades extrañas, por arriba y por debajo del ámbito de lo cotidiano. Esto representa una especie de evento cultural.

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