20 de junio de 2014 - 00:00

Intelectuales y poder, la razón vulnerable

Desde que tenemos evidencias de actividad teórica en el género humano, pensamiento y poder se atraen como dos formidables imanes.
Cuando se dice que "toda filosofía es política" se palpa una verdad profunda que pocos se atreven a reconocer en sus últimas consecuencias.

Tal como revelara Émile Durkheim hace más de un siglo, toda concepción de la realidad y del mundo se relaciona íntimamente con la concepción de la sociedad y del gobierno.

Atracción, sin dudas. Armonía y continuidad, pero también choque y confrontación. No podría ser de otro modo: pensamiento y política se necesitan mutuamente, son dos poderes en estrecha vinculación, unas veces amistosa, otras hostil.

El pensamiento es el poder de entender la realidad; la política necesita el pensamiento para dominarla y transformarla.

El registro de relaciones posibles es difícil de resumir en pocas palabras. El pensamiento puede comprender y explicar al poder político, puede criticarlo y denunciarlo. También orientarlo o legitimarlo.

La política puede usar el pensamiento para obtener un mejor conocimiento de la realidad, puede buscar sus orientaciones o correcciones, procurar su legitimación o manipularlo, subordinándolo a sus propios fines.

No hay otro aspecto de la vida humana que haya recibido más atención de parte de los filósofos que la política. Quizá sólo la muerte o el amor sean sus únicos competidores en este sentido.

Está explícitamente presente en los orígenes de la filosofía, en aquel episodio fundacional que conocemos como el proceso a Sócrates.

Entonces quedó claro que política y pensamiento no solamente no son lo mismo, sino que existe una fractura abierta entre uno y otro, más allá de los breves y esporádicos episodios de conciliación o armonía. Hay una desconfianza, un recelo mutuo que sólo ocasionalmente se suspende.

En este vasto espectro de relaciones posibles ¿pueden distinguirse las legítimas de las ilegítimas? ¿Es que todas las vinculaciones entre pensamiento y poder son igualmente fecundas, o igualmente dañinas? Evidentemente no es así. En este sentido me permito limitar mi reflexión a la parte del pensamiento, que es la que me toca más de cerca.

Podemos trazar una línea de posibilidades que va desde la convicción y la genuina preocupación por el bien común, el interés público, la paz o la justicia social en un extremo, y la conveniencia y el cálculo del provecho personal en el otro. Mientras las relaciones se acerquen al primer término, serán más legítimas. Mientras se acerquen al segundo, lo serán menos.

Los amantes de las precisiones y el pensamiento positivo me dirán que son distinciones difíciles de realizar, máxime si se tiene en cuenta la propensión de todo intelectual de justificar y fundamentar sus preferencias o inclinaciones por el solo hecho de ser suyas.

Esto es cierto, pero no es menos cierto que la virtud y la hipocresía son también difíciles de distinguir, aunque nadie en su sano juicio estaría dispuesto a decir que son lo mismo. De hecho, la hipocresía como recurso estratégico no tendría sentido si no se confundiera con la virtud.

Pero ¿qué es la conveniencia o el interés personal para un intelectual? Para ser más precisos ¿con qué recursos cuenta el poder para comprar las cabezas y las plumas de los hombres de pensamiento? A estos no se los seduce con grandes sumas de dinero, costosos obsequios o una vida de lujo y placeres materiales.

Un intelectual disfruta menos de un Porsche o de una mansión en Punta del Este que de una buena biblioteca y un pequeño departamento en París.

Quien pensara lo contrario confundiría a los hombres de vida puramente sensitiva con los que se dedican a la contemplación, a un tipo de vida superior, como explicara Aristóteles.

El costado más débil del pensador no es la codicia ni la concupiscencia: es la vanidad. Una vanidad específica, que se alimenta con el afán de reconocimiento, con la difusión, la influencia o el impacto de sus ideas, con la capacidad para inspirar profundas y duraderas transformaciones sociales o culturales: orientar, aconsejar a los que mandan. Ése es su flanco expuesto en mayor medida a la corrupción.

De ahí que, cuando no obedece a una voluntad decidida a no dejarse seducir por el poder, el pensamiento tiene un precio bastante módico.

Puestos a ser tentados, los intelectuales resultan baratos para quien quiera comprarlos: exposición pública, medios gráficos y audiovisuales a su disposición, contratos editoriales, cargos rentados, encuentros o diálogos (reales o fingidos, da igual) con dirigentes y funcionarios de alto nivel.

Hace tiempo, unos colegas de la Universidad de Buenos Aires me comentaban la ostentación que hacía un conocido miembro de Carta Abierta de sus contactos con el presidente Kirchner, al punto de pasearse por la biblioteca hablando por su celular en voz alta para que todos se enteraran con quién dialogaba.

En ese contexto hay que situar la reciente designación de Ricardo Forster como secretario de Estado para la Coordinación Estratégica del Pensamiento Nacional: tan rimbombante denominación revela tanto las aspiraciones como las limitaciones del intelectual vanidoso.

De ahí, también, el frecuente error, por parte de los medios de comunicación, en su afán de buscar grandes prebendas o negociados entre los intelectuales afectos al gobierno actual. Difícilmente encontrarán algo más que modestos recursos para la exhibición de su costado más débil.

La pregunta es si el poder ha recibido orientaciones decisivas de parte del pensamiento. ¿Tienen razón los intelectuales en alimentar su vanidad? ¿Participan de los lineamientos fundamentales del kirchnerismo? Las declaraciones de Carta Abierta oscilan discretamente entre el apoyo a decisiones ya tomadas por el Gobierno y las difíciles justificaciones para ocultar sus miserias y contradicciones.

En cualquier caso, nunca se anticipan, no dirigen, sólo apoyan, aceptan y explican. Por otra parte, sus tímidas advertencias, concebidas con la más delicada corrección política, son penosamente impotentes.

¿Qué cabe esperar? ¿Cuál es el efecto o resultado de todo esto? La notoria exposición de los intelectuales alineados con el Gobierno ha creado la sensación de que en nuestro país el pensamiento ha sido reducido, se halla domesticado por el poder.

El intelecto servil, subordinado, no le sirve, en definitiva, a nadie. La ineludible tarea de los próximos años será recuperar para el pensamiento un prestigio perdido, algo que resulta infinitamente más difícil que conseguirlo cuando nunca se lo ha tenido.

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