El gobierno está más preocupado que manco con urticaria. Su grave problema es la inflación que no para de subir como provechito de buzo. Hace sus cálculos el gobierno pero los números no me lo favorecen; siempre son más altos que los pronosticados, como si el gobierno en las previsiones derrotara al propio gobierno.
La inflación es el proceso económico provocado por el desequilibrio existente entre la producción y la demanda; causa una subida continuada de los precios de la mayor parte de los productos y servicios, y una pérdida del valor del dinero para poder adquirirlos o hacer uso de ellos.
No se crean que es un invento de la modernidad. Ya en la época de los romanos habían una inflación tan abultada que el carro de combate que costaba 14 denarios en un mes, al mes siguiente se conseguía a 80 denarios y sin caballos.
Pues bien, nuestro gobierno se puso metas pero no hay nadie que meta moderación en las metas. Los precios suben hasta entrar en órbita y para pagar los servicios hay que pedir un crédito cada semana.
La gente anda con los bolsillos flacos y las tarjetas deberían ser de hierro para que no se gasten de tanto entrar a los cajeros automáticos. El vago no tiene plata y eso es un asunto grave desde todo punto de vista porque implica que no se puede costear la vida, así de simple y concluyente.
Argentina, como hemos dicho en notas anteriores, es un país crisista. Mi abuela me contaba que su bisabuela le contaba que la inflación en su época no era galopante porque había que tenido que vender el caballo, pero era enorme. No creo haber vivido personalmente un período sin crisis económica.
No debe ser fácil superar lo que se llama el déficit fiscal y hacer de tal forma que no haya que exprimir a nadie para que un gobierno siga funcionando sino más bien repartir lo que al gobierno le sobra.
Nuestro país peca por ser aumentativo. En el ranking de las naciones con mayor inflación ocupamos un puesto bien destacado y esto no puede significar un orgullo. Aumentan los precios de primera necesidad, los de segunda necesidad y los de ninguna necesidad.
Las tarifas aumentan también y lo malo es que no dejan de aumentar. Hay gente que ha comenzado a vender las lamparitas de luz para pagar la luz; ha vendido la garrafa para poder pagar el gas. Ha vendido las canillas para poder pagar el agua; ha vendido el auto para poder pagar la nafta. La guita no alcanza para darse un moderado gusto, por ejemplo, para comerse un asado cada primero de mayo.
El tipo saca cuentas y se da cuenta de que le faltan números. Por lo menos le faltan ceros para bancarse la situación y entonces insulta en arameo, cosa embromada, porque antes tiene que aprender a hablar en arameo, que no es un idioma que se consiga con facilidad ni aún en las redes sociales.
El tipo se cuestiona, porque se dice: ¿Para qué hago el esfuerzo que hago laburando todo el día como una hormiguita si al final la hormiguita vale más que yo? El tipo está jodido.
Mientras, el gobierno debe reconocer que la pifió en los cálculos y que nada le asegura la certeza de los cálculos nuevos.
Pienso semánticamente y se me hace que está muy bien puesto el nombre inflación, porque esta situación nos tiene inflados a todos.