7 de diciembre de 2019 - 00:00

Inconvenientes del verano - Por Jorge Sosa

El verano es despiadado en muchos aspectos. Por un lado está el sol que se manifiesta en su máximo esplendor y achicharra las cabezas de los cuyanos, que en buena ley siguen transitando por la geografía de Mendoza.

El sol era un dios para los pueblos originarios y cómo no iba a ser un dios si disponía de los días a su gusto y antojo y era capaz de hacer chorrear el mercurio de los termómetros.

Por lo tanto el calor nos acosa, se mete con nuestros cuerpos y nuestras mentes porque con él nos entra una modorra palaciega que es difícil de contrarrestar con métodos manuales y aún mecánicos.

Durante mucho tiempo los mendocinos hemos recibido una definición que trata de describirnos: “Mendocinos pata a la rastra”. Esto ocurría por la ausencia de yodo, cosa que ocasionaba transtornos en la salud como por ejemplo el bocio, que aplacaba todos los movimientos. Hasta para ir al baño te daba fiaca. Pero la mención también hace referencia a la institución de la siesta.

Nos guardamos después del mediodía esperando que el atardecer venga con la fresca. Nos guardamos porque andar por el afuera es algo que no cualquier cuerpito aguanta. Hay que ser muy macho para caminar al sol en las siestas de diciembre.

Otros de los inconvenientes que trae aparejado el verano es la proliferación de mosquitos. Si bien no estamos en el litoral -donde los mosquitos son doble pechuga y vienen con azafata a bordo- hay lugares en Mendoza donde el ataque de los dípteros es impiadoso. Hay que andar a los manotones si  queremos evitar rascarnos para que entonces las noches sean levemente insoportables.

Pero si hay algo en el que el verano es impiadoso es en el descubrimiento de la persona que cada uno provoca sobre su propia anatomía. Tenemos que sacarnos ropa de encima y quedarnos con la menor cantidad de prendas posible, no tanto que se noten las partes, pero cerca de ellas.

Entonces se pone de manifiesto el abultamiento que hemos adquirido durante el invierno. En el invierno no nos vemos enteramente porque estamos cubiertos de pilchas. Salvo al bañarnos, no hay otra oportunidad para saber qué están provocando en nosotros los sucesivos asados y las ravioladas.

Y la panza crece como un bubón de carne. Pues es en el verano donde nos damos cuenta de lo que ha ocurrido con nosotros o hemos dejado que ocurra.

Entonces sí nos miramos al espejo, y hasta ahora yo no  he conocido espejos que mientan. Lo que muestran esos reflejadores es realmente preocupante. Hay personas que son más fáciles saltearlas que rodearlas. El tipo se ve como una persona con sucursales.

Entonces se preocupa y trata de bajar los kilos que tiene demás, que son varios kilos de kilos. Y comienza con las dietas (que interrumpe apenas alcanza a oler un costillar al asador), los ejercicios y los tratamientos que pueden recomendarle aquellas personas encargadas de perfeccionar el espesor.

Sí, son muchos los inconvenientes que produce el verano y está cada vez más cerca el guacho. Porque uno no quiere rodar en la playa como la pelota que se le escapó a un pibe, uno quiere tener una cierta dignidad anatómica que no provoque miradas socarronas, al contrario que admiren su estado físico.

Se acerca el verano, vamos a tener que sufrirlo con intensidad. Salvo que uno tenga aire acondicionado, repelente contra mosquitos,  una mujer que no lo critique por su abdomen abultado y pueda pasar tres meses en el Caribe.

Claro que no hay muchos y la playita de Luján no admite mucha gente.

LAS MAS LEIDAS