3 de agosto de 2013 - 22:03

Las incertidumbres de la escuela

Hoy la escuela vive la incertidumbre de una sociedad y unas autoridades que tienen las más diversas demandas, sin priorizarlas. Eso explica que en algunas encuestas hechas a docentes, la enseñanza no aparezca entre las prioridades de su trabajo.

Más del 60% de los directores de las escuelas primarias y secundarias de nuestro país tienen menos de cinco años de antigüedad en las escuelas en las que se desempeñan. El malestar cotidiano, las dificultades en la relación con las familias, los compañeros, los chicos, los funcionarios, generan un desgaste que los lleva a irse a otra institución: a los capitanes les cuesta permanecer al frente de los barcos.

Hace algunas décadas, maestros y directores se sentían seguros de las decisiones que tomaban, aún de las equivocadas. Existía una certeza clara: la escuela tenía la responsabilidad de educar a los chicos, transmitirles unos saberes, un orden, unos valores que eran compartidos por la sociedad.

Hoy no aparece claro el para qué de la escuela: ¿Es transmitir creatividad, innovación, tolerancia, solidaridad, compromiso social, sentido crítico, contención personal y social? La escuela vive la incertidumbre de una sociedad y unas autoridades que tienen las más diversas demandas, sin priorizarlas. Eso explica que en algunas encuestas hechas a docentes, la enseñanza no aparezca entre las prioridades de su trabajo.

Los diseños curriculares se han complejizado, la lengua pasó a ser la pragmática de la comunicación; la matemática escolar es cada vez más formal y abstracta, aparecen nuevos saberes, nuevas visiones. Se ha decidido enseñar educación sexual, vial, ambiental, tecnológica, de género, para la diversidad, etc. ¿Se puede enseñar todo eso? ¿Cuáles son las prioridades? ¿No sería bueno volver a definirlas? ¿No es preferible enseñar menos contenidos con más profundidad? Evidentemente, ya no parece tan claro, como en el pasado, qué enseñar.

Las investigaciones sobre el aprendizaje han producido avances notables. Nos dicen que no todos los chicos aprenden del mismo modo ni al mismo ritmo y que debemos ajustar lo que enseñamos a las ideas de sus chicos, a sus modos de construir el conocimiento. Pero la escuela debe enseñar a grupos de 20 ó 30 alumnos. ¿No se les puede enseñar a todos lo mismo ni al mismo tiempo? ¿Les enseñamos o debemos esperar que los chicos construyan el conocimiento? Las nuevas investigaciones han cargado de incertidumbre a la escuela respecto de cómo enseñar.

En la vieja escuela nos enseñaban a ser alumnos. Eso implicaba horarios de llegada, asistencia casi todos los días, una conducta en el aula y otra en los patios; unos materiales que se debían traer y cuidar; un modo de relacionarse con los maestros, otro con los compañeros, unas responsabilidades, tareas.

Pero un día dejamos de insistir con la puntualidad y la asistencia; dejamos de exigir los materiales porque hoy dormí en lo de mi papá; nos parecía razonable que los chicos nos trataran con mayor cercanía, de hecho lo hacían también con sus padres. Así fuimos desarmando ese viejo orden, sin construir uno nuevo. ¿Es necesario un orden para enseñar y aprender? Si no es el viejo ¿no necesitaríamos construir otro? ¿No es preciso que los chicos adquieran unas pautas de organización para poder aprender? ¿No hace falta aprender el oficio del alumno?

Como una promesa de formación para el futuro, llegaron las computadoras a las escuelas, una ventana a nuevos saberes, de los interesantes y de los otros. Algunos sugirieron la idea de que esta tecnología permitía que cada chico hiciera su propio recorrido de aprendizaje. Para los docentes se hizo mucho más complejo conducir las clases, lograr que los chicos se concentren.

¿Entonces ya no es tan importante el trabajo en grupo? ¿No es prioritario aprender a trabajar con otros, a tolerar sus ritmos, sus limitaciones? Sin duda las nuevas tecnologías pueden ser un aporte interesante a la enseñanza, pero tal como se han implementado, suman incertidumbre al trabajo del aula respecto de con qué enseñar.

La escuela está llena de incertidumbres, demandas del más diverso tipo en una sociedad que se transforma.

Parecería que todo ha sido puesto en tensión, incluso educar a los chicos. Tenemos que formarlos, dejarlos ser libres, transmitirles la certeza de que vale la pena el esfuerzo de crecer y aprender, y así, construir su propia libertad. Pero dicha construcción necesita de adultos que enseñen, transmitan, cuiden, apoyen, fijen pautas, transmitan confianza.

A la escuela no le pasa algo tan distinto a lo que ocurre en las familias, maestros y profesores: se sienten demandados, cuestionados y por momentos dudan de lo que deben hacer. Ya no cuentan con las certezas que tenían en el pasado. Pareciera que está en discusión la idea misma de enseñar y la responsabilidad de los chicos por aprender.

Y aunque parezca una obviedad, es preciso decir taxativamente que la tarea prioritaria de la escuela es enseñar... mucho... todo lo posible. Y para hacer eso hace falta un cierto orden, autoridad, compromiso, afecto, métodos y materiales apropiados, y la claridad de que aprender es un valor. Seguro que la educación tiene, además, otras funciones, pero parece haber llegado la hora de fijar prioridades claras.

La prioridad de la escuela es lograr que los chicos aprendan unos contenidos acordados socialmente y para eso es necesario que los chicos aprendan, no solamente repitan.

¿Y cómo se hace eso? Con un orden que deben definir y cuidar los adultos, un método, con dedicación de los maestros, de los alumnos y de los padres. Si es posible con placer, pero también con esfuerzo, con trabajo y con responsabilidad.

Un orden que permita enseñar y aprender, que permita proteger el trabajo de los chicos y los adultos. La tolerancia a la transgresión no puede ser realizada al costo del sufrimiento, el temor, la dificultad de aprender, del resto de los chicos.

Debemos darles garantías de que dentro de la escuela nadie los va a atacar, afectar su trabajo, faltarles el respeto. Ése es el sentido principal de las normas: que nos cuiden a todos.

Parecen cosas simples pero son llamativamente contraculturales en la sociedad de la transgresión, el placer rápido, los niños cuestionadores de los adultos.

No será la primera vez que la escuela sea contracultural. La de Sarmiento lo fue, porque miraba fundamentalmente la sociedad que quería construir y no simplemente adaptarse a la que vivía.

Es un esfuerzo, pero es importante recuperar algunas certezas. Nos devolverá la satisfacción de estar construyendo futuro, el de la sociedad, el de los chicos, y ellos lo agradecerán.

LAS MAS LEIDAS