27 de julio de 2013 - 22:24

Hombres en el umbral

Poniendo como ejemplo un recordado western cinematográfico, el autor de la nota nos habla de los hombres que se encuentran en dificultades para obtener empleo al no poder adaptarse a las nuevas realidades culturales de la era tecnológica. Les pasa algo pa

Como sabe toda persona perspicaz, “The Searchers” (en castellano se llamó “Más corazón que odio”) es la película más grandiosa que se haya hecho. Se basa libremente en la historia real de Cynthia Ann Parker, a la que saqueadores comanches secuestraron de su casa en el este de Texas cuando tenía nueve años, luego la criaron y la mantuvieron por 24 años.

La cinta de John Ford, de 1956, no se centra en la chica secuestrada, sino en su hermano adoptivo y su tío, quien, en esa narración, pasó siete años rastreándola a ella y a sus secuestradores.

El centro de la película es Ethan Edwards, interpretado por John Wayne. Es un personaje tan moralmente ambiguo como el que puede producir el cine: valiente, leal, comprensivo y honesto, pero, a la vez, es vengativo, peligroso, y está lleno de odio y contaminado de racismo.

Como nota Glenn Frankel en “The Searchers”, su libro reciente sobre la película, Ethan pasa gran parte de la cinta buscando llevar a cabo un crimen de honor, pasado de moda. Al menos al principio, no quiere rescatar a su sobrina, quiere encontrarla y matarla para dejar su marca de pureza racial y sexual.

Es posible interpretar a los clásicos en distintas formas. Hoy día, se puede ver provechosamente a “The Searchers” como una historia de hombres que quedan atrapados del lado equivocado de una transición histórica.

El Oeste de la película era un lugar salvaje y caótico, que requería de cierto tipo de persona para domarlo. Como ha señalado Paul Cantor, el crítico literario de la Universidad de Virginia, esa persona tenía virtudes prepolíticas, una disposición para buscar venganza, para administrar justicia por cuenta propia. Ese tipo de persona, el héroe de la mayoría de las cintas de vaqueros, es duro, beligerante, bruto y difícil de controlar.

Sin embargo, al tiempo que este clásico tipo de héroe de vaqueros doma al Oeste, se hace obsoleto. Una vez que quedan pacificadas las ciudades del Oeste, ya no hay necesidad de su capacidad para la violencia, ni para su furia justificada.

Como nota Cantor, “The Searchers” se trata de este momento de transición. La civilización está al llegar. Tipos nuevos de personas están trayendo educación, refinamiento, matrimonio y justicia institucionalizada. El pistolero justificado ya no castigará los crímenes, sino será la ley.

Ethan Edwards hizo que este mundo fuera posible, pero no es apto para vivir en él. Al final de la película, tras siete años de esfuerzos, trae de regreso a la mujer secuestrada. Hacen pasar a la chica a la casa, pero, en una de las imágenes emblemáticas en la historia de Hollywood, Edwards no puede cruzar el umbral. Porque está manchado por lo violencia, no puede ser parte de la alegría doméstica que hizo posible. Queda enmarcado por la puerta y, al final, se marcha caminando.

Esa imagen del hombre afuera de la puerta es pertinente hoy día, en forma diferente y hasta más trágica. En las últimas décadas, millones de hombres han quedado atrapados en el lado equivocado de la transición histórica, incapaces de cruzar el umbral hacia una economía nueva.

Su situación difícil queda capturada en las estadísticas laborales. La participación de la fuerza de trabajo masculina ha disminuido en forma continua por generaciones. Además, como notó Floyd Norris en The Times hace un par de sábados, se han recuperado todos los empleos del sector privado que perdieron las mujeres durante la Gran Recesión, pero a los hombres todavía les falta un largo camino por recorrer.

En 1954, trabajaba 96 por ciento de los estadounidenses entre 25 y 54 años. Hoy lo hace 80 por ciento. Un quinto de los hombres en los mejores años de su vida laboral están fuera de la fuerza laboral.

Como lo expresó Nicholas Eberstadt del Instituto para la Empresa Estadounidense: “La situación aquí es básicamente un desastre, una crisis mucho peor de la que parecen reconocer la mayoría de los comentaristas y formuladores de políticas, y no haya perspectivas claras de una mejoría apreciable en el horizonte de corto plazo”.

Todavía falta escribir la explicación definitiva de esta catástrofe. Es evidente que parte del problema tiene que ver con los cambios en la estructura de la familia. La obra de David Autor del Instituto Tecnológico de Massachusetts indica que les va peor en la fuerza de trabajo a los hombres criados en hogares sin padre, sin tantos ejemplos masculinos inmediatos. Es probable que parte del problema tenga que ver con una discordancia entre la cultura de los chicos y la cultura escolar, en especial en los primeros años.

Sin duda que ha habido un cambio inefable en la definición de dignidad. A muchos hombres los educaron con cierta imagen de dignidad masculina, en la que se enfatizan autonomía, reserva, fortaleza, invulnerabilidad y las virtudes de la competencia. Ahora, gracias a la economía de las comunicaciones, se encuentran en un mundo que valora la expresividad, la facilidad en las relaciones interpersonales, la vulnerabilidad y las virtudes de la cooperación.

Seguro, parte de la situación es que muchos hombres simplemente no quieren colocarse en situaciones que encuentran humillantes. Un estudiante de educación media no quiere permanecer en una escuela donde siente que lo menosprecian. Un tipo de cincuentaitantos años no quiere encontrar trabajo en un lugar en el que jovencitos perspicaces le dirán qué hacer.

Hay millones de hombres en el umbral de la puerta. Pueden ver lo que hay adentro. Sin embargo, no son capaces de cruzar, o no están dispuestos a hacerlo.

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