Es cierto que Jaque, sobre todo por la impronta de Alejandro Cazabán, intentó hacerse del poder real, pero nunca lo logró, ni con aquella arremetida final de 2011 que buscó instalar a su hombre fuerte como candidato a gobernador.
Pérez no tiene un operador político de fuste en su equipo y, por lo tanto, sus posibilidades de imponerse son más que remotas. En realidad, esto es así también porque el mandatario siempre se autoexcluyó públicamente de cualquier pretensión de manejo interno del PJ. Su juego parecía estar en otro lado.
Pero en el Gobierno sí hay un operador profesional, el tema es que juega un partido que no incluye al Gobernador. Carlos Ciurca, tras la interna, se transformó en el primer vicegobernador que es número uno en el orden partidario, al menos desde 1983. O sea, lo más cercano a aquel mentado verticalismo peronista que se puede conseguir aquí y ahora.
El pecado original
¿Por qué Pérez no entró en la dinámica de la interna? Para responder esto hay que remontarse a los días posteriores al 23 de octubre de 2011, cuando los mendocinos lo eligieron gobernador. En aquel momento, definió que los cuatro años siguientes sería un fiel soldado de Cristina Kirchner, sin importar lo que pasara en el medio. Y hasta ahora ha cumplido.
Esa decisión era su agradecimiento a la Presidenta, porque entendía que sin ella como candidata él no hubiera llegado nunca al sillón de San Martín. Pero también contemplaba su necesidad y su conveniencia: sin estructura interna que lo respaldara en el PJ, la gestión se le iba a hacer cuesta arriba si no se recostaba en el poderoso palenque K del 54%.
En aquellos días en los que fijaba prioridades, Pérez resolvió también anteponer el seguimiento personal de cada aspecto de la gestión para que no le pasara lo mismo que a su antecesor, Jaque, cuyo gobierno anduvo a la deriva demasiado tiempo. Esta decisión también significó dejar de lado el armado de una línea interna propia.
Confiaba entonces en el poder que le confería su llegada a la Casa Rosada para erigirse como el representante K en Mendoza. Con este respaldo y una gestión aceptable, creía que también podría empezar a jugar en las ligas mayores nacionales. Pero un gobernador no puede prescindir de la “rosca” partidaria, más si tiene esas aspiraciones de trascender las fronteras provinciales. Los hechos lo demuestran.
El Gobernador llegó a candidato por una elección a dedo entre una larga lista de funcionarios y dirigentes peronistas que intentaban encabezar la fórmula. Era quizá el que a priori menos posibilidades tenía porque no era parte de ningún sector interno. Este “defecto” terminó siendo su principal “virtud”: como era el que menos molestaba, fue el elegido. Una vez que triunfó, creyó que esa misma suerte lo acompañaría durante su gestión.
Pero el peronismo suele ser impiadoso. Y cuando Pérez no terminaba de acomodarse aún, su vicegobernador anunció que lanzaba un sector interno propio. Las primeras noticias ubicaban al número dos del Ejecutivo como uno de los referentes, junto a algunos intendentes. El correr del tiempo demostró que Ciurca era “el” líder de ese grupo que iba por todo en el PJ.
Y desde entonces, fue el general que comandó a las tropas de La Corriente en sus incursiones en territorio enemigo y el que carcomió el poder de decisión del propio Gobernador, incluso criticando públicamente a ministros que éste eligió, como Díaz Russo (Salud), Costa (Hacienda) y Barg (Agroindustria).
En Casa de Gobierno, reconocen que Pérez se equivocó al desentenderse del control del poder partidario y que pecó de ingenuo por creer que no le jugarían en contra desde el PJ, más específicamente desde el ciurquismo.
Aunque para evitar el error bastaba mirar hacia atrás: salvo Jaque, todos los gobernadores desde 1983 se sostuvieron respaldados por un sector de su partido, generalmente mayoritario. Si hasta Julio Cobos, que no tenía ni un militante al ser elegido en 2003, se las ingenió para construir una línea predominante que lo respaldó incluso en su aventura kirchnerista.
La escasa incidencia de Pérez en el PJ se confirma leyendo las listas nacional, provinciales y hasta municipales: no hay ningún candidato leal al mandatario en los puestos “entrables”.
Condicionado
El Gobernador también está pagando las otras decisiones que tomó en la transición entre el triunfo y la asunción. Aquel 54% de Cristina que el oficialismo creyó inextinguible se ha ido consumiendo a pasos acelerados en los últimos meses y Pérez ha quedado prisionero de su alineamiento, defendiendo causas indefendibles.
Así, se lo ha visto enunciar las estadísticas falsas del Indec como si fueran ciertas o cuestionar jurídicamente la inconstitucionalidad de la elección popular de consejeros de la Magistratura que dictó la Corte Suprema.
En su defensa, quienes lo aprecian en el Gobierno dicen que no tiene margen de maniobra y que, aunque no se lo pidan desde la Rosada, debe salir a defender las iniciativas K. Pero lo cierto es que él se entrampó sin que nadie lo obligara.
Como si fuera poco, esa alianza con Cristina que imaginó y cultivó tampoco le ha reportado muchos beneficios a Mendoza, aunque él se esfuerce en decir lo contrario. Éste es otro de los reproches que se escuchan en los pasillos que caminan los peronistas.
Y los mendocinos también parecen haberse percatado: hace un año, 62% apoyaba esa sintonía con el Gobierno nacional. Hoy, ese número bajó a 38%. Mientras que el 54% le pide que se diferencie.
En la gestión, la obsesión que declamó desde que asumió, tampoco le fue muy bien. Según la encuesta publicada por Los Andes hace una semana, la mitad de los mendocinos la considera regular, un cuarto mala y otro cuarto buena.
Es cierto que no han sido tiempos para lucirse: la escasez de dinero le llegó a la Nación y más aún a la Provincia, y como consecuencia mucho no se puede mostrar. Sin grandes ideas, el gabinete que eligió ha estado, sobre todo, para apagar incendios.
Sin poder interno ni el respaldo que esperaba de la Nación, con un kirchnerismo que parece acercarse a su final y una gestión que los mendocinos consideran mediocre, a Pérez también se le esfuma su otra ilusión: el salto a la primera línea nacional como parte de la fórmula presidencial K. Su nombre casi no figura en los medios porteños y es un desconocido fuera de Mendoza.
La única esperanza que aún tiene es su imagen personal local, que sin llegar a ser tan buena como las de muchos de sus antecesores, no es tan baja como la de la gestión ni la de Jaque. El 40% positivo más el 33% de consideración regular le dan una chance de crecer. Es la luz tenue que hoy ve al final del camino el paquismo, un grupo pequeño que habita algunos despachos de la Casa de Gobierno y que sostiene que su jefe todavía puede remontar la cuesta.
Para que esto ocurra, es necesario que la economía mejore sustancialmente, que el Gobierno empiece a mostrar concreciones y que el propio Pérez teja una red de poder propia. Muchas condiciones para el futuro de un hombre que parece demasiado solo.
Aunque todo eso no alcanzará si el peronismo pierde en octubre y en este sentido ayer el Gobernador ya dio una señal: él se pondrá al frente de la campaña para enfrentar discursivamente al principal rival del oficialismo, el radical Julio Cobos. La apuesta es a todo o nada...