El tipo se descubre un lunar debajo del brazo e inmediatamente piensa que es el inicio de un cáncer. Tiende a agrandar las cosas por cualquier motivo y se amarga con anticipación de algo que posiblemente, muy posiblemente, no sea nada.
El tipo se descubre un lunar debajo del brazo e inmediatamente piensa que es el inicio de un cáncer. Tiende a agrandar las cosas por cualquier motivo y se amarga con anticipación de algo que posiblemente, muy posiblemente, no sea nada.
Y así con innumerables situaciones que le ocurren en la vida; un dolor, un dolorcito, una ligera molestia puede preanunciar enfermedades catastróficas.
Se convence de lo nocivo, de lo peligroso, de lo trágico. Por eso se revisa conveniente y estudia sus actividades fisiológicas para ver si descubre alguna anomalía.
Generalmente no tienen nada de importancia y cuando se dan cuenta, insisten en que algo grave debe estar ocurriendo con esa palpitación que se produjo a destiempo.
Son incorregibles, por más que uno les diga: "No te hagás problema, es una "güevadita" que se te va a pasar enseguida; insisten en su pensamiento negativo en contra de todo lo positivo que le marca la realidad.
Son los hipocondríacos, lo que padecen hipocondría o hipocondriasis. Palabras bastante curiosas porque hacen referencia al hipocondrio, situado bajo las costillas y el apófisis xifoides del esternón, donde según una escuela médica antigua, se creía que se acumulaban los vapores causantes de este mal.
Porque todo es mal, no hay bien en el panorama de un hipocondríaco, lo minúsculo se agiganta de tal manera que un granito en la punta de la nariz tranquilamente puede ser un tumor. Todo es mal, o todo puede hacerlo mal, lo que lo modifica en su conducta de vida.
La hipocondría es, en esencia, una actitud que el individuo adopta ante la enfermedad. La persona hipocondríaca se somete, constantemente, a un autoanálisis minucioso y preocupado, incluso obsesivo, de las funciones fisiológicas básicas, y piensa en ellas como una fuente de segura enfermedad biológica.
Por supuesto el miedo es el que manda, pero todo parte de una interpretación popular que muchas veces poco tiene que ver con la realidad del asunto.
Son muy difíciles de convencer. Aunque el médico le diga que esa tos que tiene es provocada por el polvillo que abunda en el aire en la primavera, el tipo sigue pensando que tiene una afección pulmonar incurable. Así son de tremendistas.
Uno los encuentra en la calle con una cara de pesar que voltea y le pregunta qué le pasa, y el vago le contesta, tengo una molestia en la rodilla, creo que me van a tener que operar. Entonces su interlocutor les dice: ¿consultaste con tu médico? Y el vago le responde. No, todavía no, pero yo me doy cuenta solo de lo que tengo, esto es algo serio.
Cuestas convencerlos. Están tan seguros de tener algo que cuando se sienten bien, se sienten mal, porque no tienen nada de qué quejarse.
Y están los hipocondríacos políticos que son aquellos que auguran un futuro trágico a través de un hecho menor que termina de ocurrir. Algunos los llaman fatalistas y puede que así sea. No se dan cuenta que es mejor confiar en el bienestar del porvenir que amargarse pensando que un cáncer estructural va a invadir las instituciones de la República.
Hay que ponerle un poco de optimismo, che, aunque, a veces, como les ocurre a los hipocondríacos, cuesta mucho sentirse bien, cuesta mucho.