Un 30 de octubre, hace 30 años atrás, mi padre perdía las elecciones a intendente por tan sólo 100 votos de diferencia. Con poco más de 30 años de edad había hecho una elección inédita para su partido político en el departamento donde se presentó. Para no arruinar la coincidencia numérica, y casi como una paradoja perfectamente simétrica, ese mismo día él cumplía años. Y fue así que el destino quiso que lo que parecía un gran revés, años después se convirtiera en una enorme victoria.
Atrás quedaban los recuerdos de una experiencia que quedará en mi memoria para siempre. Siendo un niño me permitió acompañarlo en las reuniones, viajes, discursos, comidas y todo tipo de actividades. Al fin y al cabo no iba jamás a desaprovechar ese curso acelerado y gratis de cómo hacer campaña política, además yo no era el único que estaba aprendiendo. Era otra forma de hacer proselitismo, con un accionar mucho menos guionado que el que se hace ahora, y donde se hacía permanentemente camino al andar.
Fue en el día después de la histórica elección que encontré en mi padre una contradicción que me tomó muchos años entender. Cuando me desperté en la mañana vi que en su rostro, que a pesar de las cicatrices del cansancio y de la derrota, para mí sorpresa su lenguaje gestual y su actitud eran de profunda felicidad. Algo había que yo no percibía. Después de aquella experiencia actuó en política durante algunos años más para luego alejarse definitivamente para siempre, como quien siente que su deber ya había sido cumplido.
Infancia no clandestina
Hoy podemos decir que ni siquiera en el año 2001, en el peor momento de esta nueva etapa, se puso en duda el modelo democrático que nos gobierna. Nadie salió a la calle a pedir que vuelva la dictadura.
Tenemos una democracia que dista mucho de ser la ideal, con enormes falencias e imperfecciones que muchas veces hacen que la frase "con la democracia se come, se educa y se cura" quede muy lejos de ser satisfecha. Sin embargo me movilizó la vez pasada ver la triste historia de la película ganadora del Oscar "La historia oficial". Recuerdo que me dije a mí mismo: "Qué suerte tengo que habiendo nacido en la década del '70 no tengo ninguna duda de quién es mi mamá".
Considero que nos merecemos una democracia mejor. Una más justa y más equitativa. Una donde se valore mejor el esfuerzo y el trabajo, y donde el empleo sea más digno. Una donde la justicia y las leyes sean cumplidas para respetar nuestras libertades. Pero tampoco puedo dejar de ver que esta democracia que hoy tenemos es casi 9 años menor que yo, y al menos en mi caso, creo todavía estar lejos de haber alcanzado el ideal.
A tantos años de aquella mañana que para mí suponía era de tristeza, he logrado a lo largo del tiempo entender que hay derrotas que tienen un final distinto, y que el mensaje que mi padre expresaba esa mañana nos decía: "Yo perdí, pero ustedes hijos ganaron".
Me alegra enormemente que nuestras generaciones hayan entendido este mensaje y que hoy puedan ver a la democracia como un espacio inalterable. Poder pensarlo como Borges a nuestro tango: "Una región donde el ayer pudiera ser el hoy, el aún y el todavía". Sólo depende de nosotros.
