Aquel septiembre de 1902 el silencio solemne, reinante en la iglesia porteña de Santo Domingo, se vio interrumpido por retumbes de palas y picos. Alrededor del atrio, una multitud observaba atenta mientras desenterraban a Manuel Belgrano. Sus restos yacían allí, humildemente, desde junio de 1820 y serían trasladados a un espléndido mausoleo en la entrada del templo. Hasta entonces quedarían en custodia de los religiosos.
“Excavada la fosa con la mayor prolijidad -señala la revista “Caras y Caretas” de entonces- para no perder el más pequeño fragmento de los restos, vióse lo que era de esperarse en nuestro clima húmedo. Ningún vestigio del ataúd se conservaba, y algunos huesos que aparecían dispersos, fueron colocados en una bandeja de plata sostenida por uno de los monjes del convento. Sólo pocos dientes conservábanse en buen estado, y si la oportunidad no hubiera sido tan impropia, habríase celebrado la ocurrencia de un chusco al ver la curiosidad con que los ministros examinaban los caninos del gran hombre, y establecer una comparación mental con los afilados y mordientes de los políticos actuales”.
Además de autoridades oficiales, la comisión estaba compuesta por un nieto y un bisnieto del prócer. Como señala la prensa de entonces, solamente fue posible rescatar en buen estado parte de la dentadura. Aunque parezca increíble, en ese momento Joaquín V. González y Pablo Riccheri –ministros del entonces presidente Julio Argentino Roca- robaron un par de aquellos dientes, excusándose de haberlo hecho para llevárselos a Bartolomé Mitre y cubrirlos de oro antes de devolverlos.
El diario de Don Bartolo, por obvias razones, no comentó el asunto. Todo salió a la luz gracias a que Fray Modesto Becco, uno de los monjes presentes, denunció el hecho en La Prensa y desde ese medio se dio a conocer el abuso:
“En el sepulcro del General Belgrano. Exhumación de sus restos. Un acta defectuosa. Repartición de dientes entre los ministros… en la tumba de Belgrano se encontraron varios dientes en buen estado de conservación, y admírese el público: esos despojos sagrados se los repartieron buena, criollamente, el ministro del Interior y el ministro de Guerra. Ese despojo hecho por los dos funcionarios nacionales que nombramos debe ser reparado inmediatamente, porque esos restos forman parte de la herencia que debe vigilar severamente la gratitud nacional; no son del Gobierno sino del pueblo entero de la República y ningún funcionario, por más elevado o irresponsable que se crea, puede profanarla. Que devuelvan esos dientes al patriota que menos comió en su gloriosa vida”.
Cediendo ante la desaprobación pública, los ministros terminaron restituyendo las piezas dentales. Tras recibirlas, el prior volvió a dirigirse al periódico con alivio:
“Señor Director de La Prensa:
Muy Señor mío:
El Excelentísimo señor Ministro del Interior Joaquín V. González, que llevó un diente del General Belgrano para mostrárselo a varios amigos, acaba de remitirme esa preciosa reliquia del glorioso prócer de la Patria, la cual está en mi poder y bajo custodia de esta comunidad, como el resto de sus cenizas”.
La revista Caras y Caretas ironizó el percance publicando una caricatura de Belgrano levantándose de la tumba y diciendo: “¡Hasta los dientes me llevan!”.