La realidad ha comenzado a golpear con dureza a muchos de los escenarios ficticios construidos por el kirchnerismo. Uno de ellos es el de la lealtad política de dirigentes, a cambio de subsidios, obras públicas, cargos menores y acceso a las primeras filas de los actos oficiales para sonreírle y aplaudir a la Presidenta.
En lo que genéricamente se denomina "el peronismo", ahora todo está en movimiento, y el que no se ha anotado ya en un bando diferente, analiza seriamente la conveniencia o no de hacerlo para no quedar en el futuro a la intemperie del poder.
El fenómeno ya es un clásico de la política y no reconoce límites territoriales. Pero es en la provincia de Buenos Aires, el más poderoso distrito electoral, donde se advierte una ebullición mayor.
No es casual. Allí existe una cadena de intendentes y punteros a los que alguna vez se los llamó barones del conurbano por ser capaces, en sus dominios, de garantizar triunfos al mejor postor. Ellos ahora tienen que explicar a la Casa Rosada la derrota de sus candidatos el 11 de agosto y, a la vez, para sobrevivir, deben subirse a la ola de votantes de Sergio Massa. La Presidenta ya advirtió que sabe en qué anda cada uno.
Lo que está ocurriendo en la geografía bonaerense ya se refleja en las encuestas previas a las legislativas de octubre. Hasta los sondeos encargados por el Gobierno registran un crecimiento notable de la intención de voto para Massa y, en algún caso, hasta una caída de Martín Insaurralde, el candidato de Cristina Fernández. Si esto luego se confirmara en las urnas, la diferencia a favor del intendente de Tigre se ampliaría, superando con comodidad los 40 puntos de respaldo.
Esos números pueden interpretarse de dos maneras: hacia atrás, para intentar dilucidar qué razones hay para que el Gobierno pueda perder de esa manera, y hacia adelante, para imaginar lo que podría suceder de aquí a 2015, cuando la Presidenta terminará su mandato. Comencemos por el futuro.
La aparición de Massa como opción al kirchnerismo y el apoyo que obtuvo hace 13 días, permite un replanteo del escenario nacional del peronismo.
El joven intendente de Tigre es mirado ahora con entusiasmo por algunas figuras partidarias que se distanciaron del Gobierno y que alentaban expectativas de ser parte de la sucesión de Cristina y los suyos. Es el caso del gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, de quien dicen en el municipio de Tigre que estará en los primeros planos del armado nacional de Massa.
En ese sector sostienen, con razón, que la batalla principal deberán darla primero dentro del Partido Justicialista y que, hoy por hoy, el adversario a enfrentar será Daniel Scioli. Lo curioso es que ese tapiz, que apunta a abrigarlos dentro de dos años, ya se está tejiendo a ritmo acelerado. Tanto, que para las próximas semanas se esperan anuncios de adhesiones estelares a Massa que debilitarán más al gobernador bonaerense que al kirchnerismo.
Fiel a su estilo, Scioli confía en quedarse con parte del caudal electoral que hoy tiene Cristina y sumar el propio. El problema es que, por un lado, al kirchnerismo duro no le simpatiza su tibieza; por el otro, el discurso de la moderación, dentro del peronismo, ya no es de su exclusiva propiedad.
Así no va
Faltan dos meses para las elecciones de octubre y mientras sus funcionarios se preguntan qué hacer para recuperar votos, el Gobierno los sigue perdiendo. Las encuestas lo marcan como tendencia y una de las explicaciones posibles pasa por la pérdida de credibilidad.
Los discursos presidenciales, con conceptos poco felices que cada vez generan más rechazo en amplios sectores sociales, ya no convencen como antes ni siquiera a sus seguidores. Eso significa que a Cristina no le está resultando favorable la batalla comunicacional.
El kirchnerismo apostó siempre a la oratoria de la Presidenta como factor de magnetismo y, en paralelo, invierte millones de pesos en un sistema de medios favorables para propagandizar el relato.
Esos medios que le responden en forma disciplinada ya son el 80 por ciento del total en el país. Decir que en la influencia negativa del otro 20 por ciento que se mantiene independiente del Gobierno está la razón del voto en contra, es casi un insulto a la conciencia crítica de los votantes.
No debería enojarlos, entonces, que en la dinámica política de la oposición se hable y se trabaje con la idea del poskirchnerismo.