Agilidad mental para responder a las advertencias
Los resultados adversos de la evaluación PISA ya son conocidos dentro y fuera del sistema educativo pero todavía no hay indicios de consideración y análisis de las causas que los promovieron. Es probable que a fin de lograr una reversión de las disfuncionalidades que PISA pusiera al descubierto, se requiera mucha agilidad mental para definir políticas innovadoras y resolver los acuciantes problemas de la educación argentina.
Dichos problemas no pasan inadvertidos para ningún docente, directivo o funcionario, al par que los padres poseen fundadas expectativas acerca de la calidad formativa que permita a sus hijos integrarse a una sociedad cada vez más compleja y exigente. Los diagnósticos no son alentadores, pues prevalece un escepticismo generalizado acerca de si los jóvenes aprenderán a pensar, a resolver problemas y a potenciar su talento.
Si a la vista de los resultados de una evaluación tan básica y elemental no se ha hecho nada todavía, la educación argentina lejos se halla de consolidar un futuro promisorio, dado que tal omisión estaría preparando escenarios de riesgo en desmedro de las nuevas generaciones.
La ausencia de respuesta rápida para solucionar los problemas educativos quizás responda a una idiosincrasia impregnada de una resignación que, en algunos casos, oculta indiferencia y, en otros, simplemente manifiesta la crónica presunción de que los problemas se resuelven solos. Esto último es más grave que lo primero, ya que deja inmovilizada la capacidad de reacción que permita buscar soluciones acertadas.
Eso sí, en ambos casos se presenta una matriz de pensamiento signada por una lentitud compatible con el apego a una burocracia rutinaria, incapaz de interpretar las advertencias y reaccionar a tiempo y con velocidad para evitar el daño irreversible.
Aplicar la habitual lógica del "más de lo mismo" sería una forma de hacer caso omiso a las advertencias, y si en ello interviene la rigidez mental de quienes tendrían que decidir, el futuro de la educación se oscurecería en las penumbras de una estructura inmovilizada en paradigmas proclives a incrementar su desorganización e insuficiencia formativa.
La formación docente en crisis
Las falencias en los niveles primario y secundario provienen de una crisis oculta y profunda: la deficiente formación docente. El diseño de la mejora educacional debe colocar a la formación docente como el pilar sistémico de la calidad que se anhela y que todos reclaman al unísono.
Transitar el camino de la idoneidad docente permitirá revertir los efectos y consecuencias del bajo rendimiento, pero requiere hacerlo sin recetas obsoletas que ponen ingenuamente a los educadores en el centro de una mejora ilusoria, afectada de inequidad.
Todo docente, sin excepción, anhela poseer el método y las estrategias para enseñar a pensar con rigor. Quien no sabe pensar con acierto, solamente podrá acceder a datos e informaciones de manera mecánica, rutinaria y sin recursos metodológicos para la construcción del conocimiento. Aquí radica el nudo vertebrador de la calidad educativa.
Por eso, resulta insoslayable potenciar el proceso formativo de los futuros docentes. Ello evitará las paradojas de un sistema esquivo con los procesos cognitivos instrumentales facilitadores del aprendizaje y construcción de conocimientos.
Después de PISA, entonces, se requiere mucha creatividad y agilidad mental para no quedar entrampados en la inercia de un sistema que no enseña a utilizar la inteligencia como herramienta cotidiana inexcusable.
En la mayoría de los docentes, el objetivo práctico de la actividad pedagógica no tiene en el desarrollo de la inteligencia una visión explícita y claramente definida; a lo sumo, dicha visión permanece en estado latente en una intencionalidad muy difusa, a modo de intuición compartida por los docentes en general.
Esto debería impulsar el diseño de estrategias orientadas a la calidad de un proceso centrado en la inteligencia de quien se encuentra en situación de aprendizaje.
El pilar sistémico de la calidad educativa
La calidad educativa conlleva una decidida orientación hacia la adquisición de capacidades para aprender con autonomía y rigurosidad. Ello exige revertir los modelos conductistas y el modo sesgado de cómo perciben la inteligencia quienes trabajan con ella.
Tal desvío configura el pecado social de una mala praxis que desemboca en las paradojas de una educación sin nivel. Por ello, es urgente reformular con políticas equitativas la formación docente y restablecer ese pilar sistémico de la calidad pedagógica para cancelar sin dilaciones la deuda social de la educación.
En la medida que los educadores tengan como objetivo central de su tarea áulica la mejora personal y el desarrollo del talento, podrán ejercer con idoneidad y eficiencia el arte de educar.
Es la dignidad de quien se encuentra en proceso de formación la que impone condiciones inclaudicables en pro de la superación humana.
Este sentido evolutivo de la praxis docente implica un dominio metodológico en orden al desarrollo de capacidades que faciliten el aprendizaje cooperativo, el trabajo en equipo, el ejercicio de la iniciativa, la autonomía de pensamiento y el compromiso con los valores.
Más allá de las discusiones y teorías epistemológicas, en el terreno formativo habitual la acción del educador se convierte en arte cuando ayuda a superar los condicionamientos mentales e institucionales que asfixian la creatividad.
Lamentablemente, las aulas convencionales son ámbitos parasitarios que desperdician el talento y generan abatimiento y pesimismo en quienes enseñan y aprenden.
Sin instalar el clima de aprendizaje requerido, el camino de la calidad estará cada vez más distante, pues tanto quien enseña como quien aprende quedarán encerrados en polarizaciones difíciles de resolver esperando otro fracaso ante un nuevo advenimiento de PISA.
Toda solución pedagógica práctica e integral exige encarar el problema de la calidad desde un enfoque metodológico transdisciplinario y sistémico. De lo contrario, la lógica del más de lo mismo seguirá haciendo perder tiempo y recursos en desmedro de la capacidad adaptativa del sistema.
Insertarse creativamente a los escenarios de un mundo cambiante implica romper el mito del orden aparente, regido por disposiciones cuya fosilización inercial las fue convirtiendo en normativas impregnadas de una obsolescencia paralizante e imperdonable.
