31 de diciembre de 2013 - 03:04

El hacedor de vegas

Un día de febrero de 2005 conocí a Francisco Sepúlveda en un valle de la cordillera sanjuanina. Su puesto estaba a unos 10 kilómetros del límite con Chile, en un recodo del río de La Carnicería, que no era más que un arroyo en ese punto de su recorrido. Para aquel entonces, sólo podía llegarse hasta allí a caballo o a pie.

Y ya que no me gustan demasiado los caballos, elegí la segunda alternativa, convenciéndome de que era lo mejor para ver el entorno en su plenitud. Unos meses antes me había contratado una consultora con el objetivo de evaluar el impacto ambiental que provocaría un gran emprendimiento minero.

Este proyecto había comenzado a generar rechazos en Barreal y Calingasta, por lo que la empresa decidió convocar a especialistas de distintas disciplinas para estudiar los recursos naturales y los problemas sociales de las áreas que serían afectadas. Hacía mucho tiempo que quería conocer los valles longitudinales de la cordillera principal, tomé por ello esa tarea con gran gusto.

En la tarde llegué a aquel recodo del río después de varias horas de caminata y me detuve un buen rato viendo el parche verde que generaba una vega sobre la margen derecha. Me llamó la atención el reflejo de un canal que alimentaba la vega, y a unos 100 metros, aguas arriba del mismo, un conjunto irregular de paredes pircadas que abrazaban una gran roca de la cual salía una débil columna de humo.

Había visto, desde el vehículo que nos llevó por el valle del río Santa Cruz al de La Carnicería, algunos puestos de pastores chilenos y algo sabía de su modo de vida por los escritos de un colega que estuvo con ellos en la década de los '60. Para establecer un contacto directo no dudé en acercarme al puesto. Seguí, a través de la vega una senda de animales, llegué al canal y de allí hasta su toma.

Era un muro de grandes rocas irregulares, colocado en forma transversal al cauce del río, que frenaba y dirigía el agua hacia el canal. Una pala clavada en su borde barroso atestiguaba un trabajo reciente. Caminé desde allí hacia un gran corral circular que estaba a unos 50 metros. Me asombró el tamaño de los bloques que habían usado en su base y la altura y prolijidad del muro.

Salí del asombro al escuchar algunos ladridos poco amigables y me preparé para la embestida de los perros. Eran 2 quiltros flacos que se detuvieron a unos centímetros de mis zapatos al escuchar el silbido de su dueño. Me acompañaron con mirada desconfiada hasta que me presenté. Un apretón de manos liberó a los "feroces" guardianes de su custodia.

Francisco Sepúlveda era un hombre enjuto, no muy alto, de cabello oscuro. Me dijo que tenía 60 años. Lo dudé al mirar sus ojos apagados y su cara curtida por el sol y ennegrecida por el hollín. Me invitó a pasar a uno de los recintos sin techo donde tenía encendido un fuego y silbaba una pava vieja. Ubicadas alrededor del fogón tres rocas planas eran los asientos, algunos cajones con artefactos diversos, cueros en los muros y una montura completaban el mobiliario de la cocina.

El ambiente vecino, también circular, tenía por techo una lona plástica, se veían en el interior oscuro algunas mantas ordenadas y bolsas de ropa y comida. El tercero, adosado a los otros dos, cerraba casi completamente una pequeña cueva excavada bajo el gran bloque que destacaba al puesto en el paisaje. Allí, a la sombra, estaban algunos quesos estacionándose sobre unas tablas, varios moldes cuadrados de madera, un bidón de plástico cortado en la parte superior y dos grandes cajones reforzados.

Mientras acomodaba el fuego y preparaba dos jarros de té, me contó que venía de Illapel, que era pastor de chivas al igual que su padre y su abuelo y el padre y el abuelo de su abuelo. Ese año había cruzado a principios de diciembre por el paso de La Pantanosa y se quedó allí unos cuantos días para que se recuperaran los animales. Sólo lo acompañó un hijo hasta el valle del Yeso, a unos kilómetros al norte, donde instaló su propia majada. En años anteriores, varios según me dijo, venían también su esposa y todos sus hijos.

Tenía cuatro, dos mujeres y dos varones. Tardaban unas dos semanas en llegar al Rincón de Los Pajaritos, el puesto al que siempre volvían. Dijo también que tomarse ese tiempo era necesario, ya que las chivas tenían que pastar y porque atravesar la cordillera no era algo sencillo. No porque la naturaleza no ayudara, siempre lo hacía, sino por las trabas impuestas por los gobiernos de Argentina y Chile.

En Chile habían comenzado un plan para erradicar la aftosa que prohibía el paso a los valles de la vertiente oriental. Se decía que el Servicio Agrícola y Ganadero de Chile (SAG) aplicaba con particular dureza esta norma, imponía graves multas y llegaba incluso a matar los animales de los pastores que eran encontrados volviendo de Argentina.

A su vez, en Argentina los esperaban representantes de dudosa legalidad de los dueños de los campos para cobrar el talaje, algunos controles informales y, a veces, malintencionados del gobierno municipal y de la Gendarmería Nacional y el tratamiento ambiguo de los operarios de las empresas mineras que comenzaban a ocupar la cordillera.

Con el té me ofreció, en un plato cascado de lata, dos pedazos de queso recién hechos por él, según me dijo, que tenían un aspecto externo dudoso y el mejor de los sabores. Y aunque sabía la respuesta, pregunté qué hacía con su producción. Respondió que cada 15 días, un poco más o un poco menos, acomodaba los quesos acumulados en los dos grandes cajones que estaban en la cueva, los subía a uno de los machos y partía, con un vecino dedicado a lo mismo, hacia uno de los pasos próximos sin decir cuál.

Un poco más allá del incógnito paso había un camino minero donde los esperaba un comprador que los proveía de algunos alimentos, vicios y noticias del pueblo. Cuando pregunté si no tenía miedo que los detuvieran los del SAG, sonrió diciendo: "Siempre sabemos dónde están". La sonrisa me dio pie para preguntar cómo sabían. Contó que el vecino tenía un teléfono celular, que captaba buena señal muy cerca del límite, ya que por allí había una mina, y que a través del mismo les informaba el acopiador dónde estaban los controles.

Me dijo también que a los acopiadores nadie los molestaba y que todos sabían en Chile que los quesos que se vendían en los mercados de los pueblos e incluso en la Panamericana provenían de este lado de la cordillera. Lo del teléfono me había sonado a broma y pregunté cómo hacían para cargarlo. Volvió a reír y explicó que el hijo de su vecino, un cabro joven, pedía a los mineros de este lado que se lo cargaran a cambio de queso. Unos días después me enteré que era cierto y se desvaneció la imagen que me había hecho de un mundo aislado y olvidado en la montaña.

Charlamos un buen rato hasta que escuché el ladrido de los perros y vi a uno de mis colegas haciéndome señas desde el corral. Al mirar nuevamente el canal y la vega brillando contra el recodo del río, inquirí para qué la regaba. "Para que viva" respondió con simplicidad. Me despedí, quedé en visitarlo unos días después y le mentí. Recién pude hacerlo el año siguiente.

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Los Andes.

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