"Esta puerta se abrió para tu paso.
"Esta puerta se abrió para tu paso.
Este piano tembló con tu canción.
Esta mesa, este espejo y estos cuadros
guardan ecos del eco de tu voz.
Es tan triste vivir entre recuerdos...
Cansa tanto escuchar ese rumor
de la lluvia sutil que llora el tiempo
sobre aquello que quiso el corazón.
No habrá ninguna igual, no habrá ninguna,
ninguna con tu piel ni con tu voz.
Tu piel, magnolia que mojó la luna.
Tu voz, murmullo que entibió el amor.
No habrá ninguna igual, todas murieron
en el momento que dijiste adiós.
Cuando quiero alejarme del pasado,
es inútil... me dice el corazón.
Ese piano, esa mesa y esos cuadros
guardan ecos del eco de tu voz.
En un álbum azul están los versos
que tu ausencia cubrió de soledad.
Es la triste ceniza del recuerdo
nada más que ceniza, nada más..."
"Ninguna" (Tango, 1942)
Música: Raúl Fernández Siro
Letra: Homero Manzi
No es que no hable o que hable menos, sino que el eco de su voz se está apagando. Cada vez se escucha menos, en particular dentro del movimiento que supuestamente ella conduce. Porque los que no quieren a Cristina aún siguen hablando de y pensando en Ella, aunque más no sea para seguirla criticando.
Ocurre que muchos de los que la odian se siguen aferrando a Ella porque saben que cuando nadie se percate de los odios de Cristina, tampoco se percatarán de los que la odian. Hay un secreto lazo que une los odios que, de ambos lados, se resisten a morir.
Pero a los peronistas no les pasa eso. La nostalgia para ellos es sólo un tango bien cantado para que se les piante un lagrimón y nada más. No tienen tiempo para sentimentalismos. Por eso los peronchos matan con la indiferencia. Ellos no odian, ni aman.
Ellos sobreviven por su superior habilidad para saber cambiar de montura y subirse antes que nadie al caballo del nuevo comisario. Hoy, su sentido más genéticamente desarrollado, el del olfato, para oler por donde pasa el poder, indica a los peronchos que ese atributo cada vez se va alejando un poquito más de Ella.
Hay sonido y voz de tango en el ambiente. Desde la nostalgia que produce el dolor de ya no ser hasta los tristes ecos del eco de tu voz. Los tangos con que el PJ suele acompañar a los que se acercan a la puerta de salida.
Aunque también tienen, los peronistas, tangos para los que vienen, como ése de Malena canta el tango como ninguna, dedicado a Malena Galmarini, la -al aparecer tan implacable como Cristina- esposa de Sergio Massa.
A Cristina se la ve atribulada, pero no porque vayan saltando del barco esos peronistas a los que nunca quiso, sino por tener que decir lo que no piensa. Una cosa es "mentir" para la revolución (como falsear las cifras del Indec o decir que gracias a Ella, Canadá y Australia están a la altura de un poroto comparadas con su Argentina), pero otra cosa es "fingir" lo que no es ni jamás será (como tener que apoyarse enDaniel Scioli o decir a los que siempre mordió, que ella no se come a nadie).
Y, para colmo, decirlo en un tono que no le va, porque nunca sintió eso de ser amable ni tolerante con los que Ella siempre consideró sus enemigos. Una cosa es girar ciento ochenta grados lo que pensaba de Bergoglio cuando lo hicieron Papa, pero otra es aceptar que sus candidatos deban ir, mansitos, a los medios de comunicación y hacerse entrevistar por periodistas que, según Ella, están manchados con sangre, pero que los votantes siguen leyendo, mirando o escuchando.
No obstante, Cristina siempre será Cristina. En las buenas y en las malas. Ella siempre soñó con influir en las grandes ligas internacionales. Por eso odia a los que la ven como una reciente abuela que juega al juego de la guerra y la paz entre EEUU,Rusia y Siria como quien juega al juego de la batalla naval, puesto que a nadie fuera de la Argentina le interesa su opinión. Pero ella seguirá dándola.
Del mismo modo, no está dispuesta a aceptar que deba abandonar la revolución que siempre imaginó conducir. Por eso, si no puede imponerla en la realidad, la seguirá predicando con sus tuits, asegurando que no se logró por culpa de las corpos y las opos que le impidieron ejercer en plenitud su poder, pese a haber sido la mujer políticamente más poderosa de la Argentina desde Perón a la fecha.
El de Ella siempre fue -y sigue siendo- un gobierno superactivo, que hizo mucho (porque nunca dejó de estar en pleno movimiento) pero que no está dejando casi nada. Ni herencia ni herederos. La verdad es que todo gobierno, acá y en la China, acá y en la Grecia antigua, acá y en todos lados, no se juzga por lo que hace sino por lo que deja.
Si se le pide a cualquier kirchnerista que escriba un listado de las cosas buenas que hicieron sus gobiernos desde 2003 a la fecha, hará un listado de varias páginas, anotando cientos de hechos positivos. Lo mismo y en la misma proporción pero al revés harán los antikirchneristas, indicando todo lo malo.
Sin embargo, si se les pregunta a unos y a otros qué es lo que dejará este gobierno, ninguno podrá llenar ni siquiera una carilla, ni para bien ni para mal. Y no es que no lo intentaron, ya que desde su inicio los Kirchner propusieron gestar algo nuevo que acabara con todo lo viejo.
Néstor Kirchner quiso construir un nuevo movimiento buscando su tropa "transversalmente", sacando gente de los demás partidos para diluir la influencia de los peronistas en el peronismo e incrementar la suya personal. Fracasó, por eso luego Cristina avanzó mucho más: ya no buscó a los suyos entre los otros, sino que quiso parirlos ella misma.
Así, dio un poder descomunal a los jóvenes de La Cámpora, logrando sólo crear unos bebés malcriados como todos los hijos únicos de familias ricas, tan improvisados como ambiciosos.
Y ahora que la espuma de tanto movimiento se va diluyendo, poco y nada se ve en el fondo, salvo un relato lleno de palabras que ni siquiera cumplieron el rol de tales, porque fueron apenas balas utilizadas para una guerra que la misma presidenta decretó contra los que, según ella, usan otro tipo de balas: las balas de tinta de la prensa canalla. Balas contra balas, matando toda posibilidad de diálogo.
Tan poco cambió el país durante las gestiones K, que la misma Cristina y sus máximos defensores son quiénes más lo admiten, al decir que de no seguir ellos en el poder, se perderá todo lo que hicieron en estos diez años. Gente de poca fe, porque si nadie más que los creadores pueden mantener con vida la creación, es que no hay ninguna creación, o si la hay no tiene ni tendrá nunca vida propia.
Al terminar su segunda presidencia, el kirchnerismo cumplirá doce años ininterrumpidos en el poder. En cambio, con nueve años, dos presidencias y la segunda interrumpida a medio mandato por el golpismo, Juan Perón cambió para siempre -bien, mal o regular- la historia de la nación argentina.
Ya no importó quiénes vinieran después, el país siguió siendo mayoritariamente peronista aunque lo intentaran todo para borrar su memoria. Y no sólo por la adhesión de sus seguidores sino por los inmensos cambios que produjo en el país, aunque a muchos les gustarán y a muchos no.
Por eso, cuando Perón volvió -18 años después- pudo sentar a todos los argentinos (incluso a los que lo odiaron con el alma) a la misma mesa, excepto a los miembros de lo que el kirchnerismo reivindica -y no casualmente- como su principal antecedente histórico.
Quizá la principal, si no única, herencia del kirchnerismo haya sido la de desmantelar algunas privatizaciones del menemismo, pero no para superarlas por algo nuevo y mejor, sino para hacer retornar las empresas privatizadas a un status equivalente al que tenían antes de que Menem las vendiera.
Empresas otra vez en manos del Estado (aún más deteriorado que el de antes) que siguen dando pérdidas sin prestar mejores servicios. El kirchnerismo dice que eso se debe a lo mal que la administraron los que las compraron, pero no dice que antes de las privatizaciones funcionaban igual de mal.
En síntesis, salvo reestatizaciones con sesgo premenemista el país no cambió estructuralmente en nada, habiéndose despilfarrado, en el mero consumo, los recursos económicos más extraordinarios con los que contó la Argentina en una centuria.
Yeso, en gran parte, es responsabilidad de una concepción ideológica que se ocupó mucho más por borrar el pasado que por construir el futuro. Una concepción que, además, anuló en la segunda mitad de su gestión lo mejor que hizo en su primera mitad. Como la modernización agraria que estimuló para luego declarar la guerra a sus gestores.
O la mejor Corte Suprema de Justicia que tuvo el país, para luego también declararle la guerra. O la deuda externa que tan brillantemente negoció para luego acumular otra similar, vía expropiaciones impagas o usos indebidos del dinero de los jubilados o de las reservas del Banco Central.
No obstante, el kirchnerismo en su versión cristinista tiene aún dos años por delante -gane o pierda las elecciones de octubre- para barajar y dar de nuevo, preocupándose más por participar en el país que viene, en vez de convertirse en su principal obstructor por su incapacidad de formar parte de él. Un nuevo país que el pueblo argentino viene construyendo desde abajo hace tiempo, aunque aún no encuentre quién lo pueda representar y conducir.