Les quiero hablar de una expresión que está sobrevalorada. Tanto que la mayoría de los políticos usan esta sentencia como un supuesto atributo positivo de su propia personalidad. Y es quizá una de las razones de nuestros mayores errores como sociedad. Hablo del sentido común.
Sí, de frases al estilo “sólo hay que valerse del sentido común para saber qué hacer”. Por favor, no. No usen más el sentido común. Ustedes, estimados legisladores, intendentes o presidentes, son -supuestamente- profesionales de la cosa pública. Oficialistas y opositores. Se les paga, y generosamente, para que estudien antes de abrir la bocota. Y para que su respuesta tenga algún salto creativo, una vía de escape, un atisbo de lucidez.
Algún consultor poco despabilado les metió en la cabeza que la meta del buen estadista no es precisamente “llegar a superar los estándares de vida de los demás”, no es “llegar a consolidar políticas a largo plazo”, no es “llegar más allá de las expectativas de las generaciones, para lograr un proyecto de país”.
Esos asesores establecieron que el objetivo de todo político que se precie en este siglo XXI es... llegar a Doña Rosa. Y para llegar a esa pobre Doña, construcción creada por una mente tan afiebrada como machista, no hay que desafiar la inteligencia del sentido común, si no rendirse ante ella.
El modus operandi de los viejos caudillos (tanto los unitarios como los federales, los peronistas como los radicales) hoy sería impensado. Leer, estudiar, ser intelectuales, y luego desafiar.
Hoy la máxima de la doctrina política, ésta de cartón que sufrimos, la que dictan los Maquiavelos del subdesarrollo, es: decir lo que la gente espera.
¿Se dan cuenta de la dimensión de nuestra desgracia? Uno no va al médico para que le recete una cucharada de miel o que le tiren el cuerito. Uno va a un profesional para sentirse superado en sus expectativas y conocimientos. Hace rato que no sentimos que los políticos superen los nuestros. Que superen algo. Salvo, claro, nuestros bonos de sueldo.
(Para ser justos, ésta no es sólo una manera de pensar y hacer exclusiva de los empleados públicos de lujo. El virus del "Hablemos sin saber" se extiende entre nosotros, más rápido que foto de gato en Facebook. Anécdota: escuché un programa de radio en una fm perdida en el que locutor y locutora se trenzaban en un debate de bajo vuelo sobre las diferencias entre el hombre y la mujer para hacer ciertos trabajos…
Un amable oyente les envió por e-mail un documento científico que sostiene que no existen esas diferencias que tanto gustaban citar a los comunicadores. El del micrófono soltó: “¡No voy a leer esto ahora! Gracias de todos modos. Pero sigamos con el debate”… El show del lugar común must go on.)
Al valor inconmensurable que se le da al “sentido común” per se se suma otra constante que nos perjudica como ciudadanos: la oda al pragmatismo.
Nos encontramos como sociedad diciendo la mayor parte del tiempo, como si fuera un rezo a San Justifico Todo: “una cosa es la teoría y otra la práctica”. ¡Y no es así señores! Toda práctica responde a una teoría. Si en la práctica no hacemos lo que corresponde, es porque alguien la ideó mal. O porque se nos cantó no seguir la teoría que, siempre, hay detrás. Para solucionar cualquier cuestión defectuosa hay que evaluar cómo se la pensó.
Por ejemplo, si en teoría los argentinos somos solidarios y en la práctica discriminamos, ¡es mentira que pensamos en el otro! Y a la vez, tenemos la obligación de analizar qué componente conceptual pervive en el acto de discriminar, para encontrar la verdadera razón de ese acto.
"La teoría no agota su sentido en sí misma, ni es un recurso exterior aplicable en la práctica, sino que forma parte constitutiva de ella", decía el catedrático mexicano Carlos E. Luna Cortés, tan harto como muchos de nosotros de que se use esta expresión como excusa de la poca vocación de estudiar y proyectar en serio.
Pero, para ser consecuente, pondré en práctica estas líneas teóricas arrojadas en este enero abrasador mendocino; en las próximas elecciones no votaré a ningún político que se sienta orgulloso de portar un supuesto “sentido común”, que le “llegue” a Doña Rosa o que hable sin saber.
Y sí votaré a aquel que, alguna maldita vez, ante una pregunta de un periodista o de un vecino diga: "No sé. Antes de decir cualquier pavada, estudio lo que usted consulta y le contesto luego". Sí... Es más probable que algún día las vacas vuelen. O que un legislador gane lo que un maestro. Bueno, tampoco exageremos.
Por Leonardo Rearte - Editor de Cultura y supl. Estilo