Néstor, el presidente acumulador
Con Néstor presidente, el kirchnerismo tuvo una sola gran meta: la acumulación de todo el poder existente, a como diera lugar. Había que cooptar personas, empresas, instituciones y riquezas hasta que ninguna quedara fuera del control, no del Estado, sino de la persona que lo encarnaba. Y lo no cooptable sería designado enemigo. Pero en esa etapa lo principal eran los que se debía sumar, no tanto los que se debía restar. Transversalidades, concertaciones, mientras en el fondo y en lo oscuro se operaba la más audaz concentración de riqueza que jamás se intentó en el país desde el poder político.
Mientras que todos los gobernantes anteriores a la era K que lucraron con su cargo lo hicieron sirviendo como testaferros de poderes económicos, en el caso que nos ocupa se buscó competir con los poderes económicos tradicionales, gestando nuevos poderes económicos que fueran testaferros del gobernante en vez de que éste fuera testaferro de ellos. Toda una originalidad que recién ahora empieza a salir a la luz, y entenderse, de modo masivo.
El nestorismo venía a pelear contra los supuestos enemigos del pasado: las Fuerzas Armadas, la Iglesia, el menemismo, a los que luego agregó el duhaldismo. Néstor calificó -con bastante acierto- a Duhalde como el presidente que para salir de la crisis quiso compartir el poder con las corporaciones, mientras que él se propuso luchar no sólo contra el pasado sino también contra las corporaciones para devolverle a la política el poder que la crisis de 2001 le había sacado.
Un programa que parecía racional y que logró el acompañamiento de gente que luego se alejaría, cuando se descubrió que Néstor no buscaba ponerles límites a las corporaciones o reformarlas, sino que lo único que quería es transformar al Estado en la única corporación con poder real, sacándoselo a las demás.
Ya contaba a su favor con la creciente corporativización de la clase política que venía de antes. Ahora se trataba de tener la suma del poder público. El Estado soy yo. No cambiar los defectos de la sociedad y sus instituciones, sino concentrarlas en una sola persona.
Cristina, la presidenta guerrera
Apenas Cristina asumió la presidencia, a la etapa de acumulación de poder se la continuó con la etapa de la guerra permanente, como si se tratara de defender las conquistas adquiridas atacando, convirtiendo en demonios a todos los sectores sociales que tuvieran aún algún poder para cuestionar al nuevo poder que el real matrimonio estaba construyendo piedra sobre piedra.
El aporte fundamental de Cristina a Néstor fue que ella -por temperamento y personalidad- le proveyó a la acumulación de poder material que hizo su esposo de todas las justificaciones ideológicas habidas y por haber. Ella, como un hada madrina, convirtió -mediante un falso relato- una mera transferencia de riquezas de un sector de la élite a otro, en una lucha revolucionaria y popular.
Pero la verdad es que nada de lo que se hizo en esta década se trató de una redistribución de riquezas o poder de una clase social a otra, que es lo que se pretendió hacer creer. Esta guerra la sociedad la miró por tevé (y no demasiado, porque generalmente cambiaba de canal) por más que se haya intentado (como en el primer peronismo o en el chavismo) dividir al país en dos mitades.
Esto fue una mera guerra de élites, ya que la sociedad no se dividió como se puede verificar en las espectaculares variaciones de la opinión pública desde las elecciones de 2009 a las de 2011 y desde allí hasta la actualidad.
Muerto Néstor, Cristina quiso revivir, además del setentismo ideológico (con el que captó intelectuales "progres" melancólicos del pasado), mucho de lo que tenía que ver con el primer peronismo.
Entonces reconstruyó un retrógrado culto a la personalidad, que es una afrenta en cualquier sociedad que se precie de democrática y moderna (y mucho más cuando ese culto primitivo es hoy defendido por intelectuales y no por la masa popular, o sea, por gente que ni siquiera cree en él salvo por conveniencia, sea ésta personal o ideológica). También imitó el ataque brutal a la prensa independiente que hizo aquel peronismo. Y ahora repite lo mismo con la Justicia.
Sin embargo, las similitudes con el primer Perón son sólo en estos temas institucionales, porque en aquellos tiempos también existió un real conflicto entre clases sociales y una extraordinaria distribución de poder económico, político y cultural hacia los sectores más postergados, algo que no es posible verificar hoy bajo ningún dato empírico, salvo en el relato K.
O sea, tanto el primer peronismo como el kirchnerismo fueron bastante anti-republicanos, pero el primero democratizó la sociedad, la hizo más igualitaria, mientras que el segundo cuando habla de democratizar sólo quiere decir quitarle poder a algún sector político o social para acumularlo en la cúpula estatal, que ya ni siquiera es el Estado sino el patrimonio personal, primero de un matrimonio y ahora de la heredera consorte acompañada por un grupo de seguidores sin poder propio, salvo el de ser más papistas que la papisa.
Con Cristina presidenta, a la pelea por sacarle poder a los que de cualquier modo lo estaban perdiendo, con o sin los Kirchner, se le agregó la guerra contra los probables competidores que podrían pedir compartir los beneficios del modelo.
Primero empezaron con el campo, que era el sector más dinámico y más favorecido por las condiciones internacionales, con el cual en vez de asociarse, se decidió convertirlo en el enemigo inicial de la nueva guerra del kirchnerismo en la etapa cristinista: la guerra ya no contra el pasado sino contra las mejores expresiones del presente.
Por eso inmediatamente después del campo se la emprendió contra los periodistas, el grupo que más prestigio social había alcanzado durante el menemismo y el delarruismo por las denuncias de corrupción que golpearon al corazón de esos gobiernos. Son dos guerras que aún prosiguen con la misma furia inicial, a la cual luego del fallido 7D, se le agregó la guerra frontal a la Justicia y en particular a la Corte Suprema, que es la lucha del kirchnerismo contra lo mejor de él mismo: el progresismo fundacional, sano, jacobino, audaz, que creía más en el valor de las ideas que de los negocios.
Si el kirchnerismo hubiera considerado al campo en lo económico, a la prensa en lo cultural y a la Corte en lo institucional como instrumentos que lo ayudaran a democratizar el poder, para "empoderar" a la sociedad, podría haber hecho en serio la revolución de la que siempre habló. Pero, en cambio, con una idea viejísima de revolución -sacando lo peor del primer peronismo y del setentismo- le declaró la guerra a los tres para monopolizar el poder. Democratizar es lograr que todos tengan una parte del poder y nadie el todo. Autoritarismo es quitar poderes para quedarse uno solo con todo.
Cristina ya no se conforma con decir el Estado soy yo, como su marido, ahora también cree que el Pueblo soy yo. Ha hecho del pueblo una abstracción y cree que ella es esa abstracción. O sea que encarna un pueblo que está en su imaginación y que intenta traducir a la realidad a través de la Cámpora y Cía, una especie de Chicago boys de izquierda fundamentalista, que de pueblo no tienen nada. Son una parte más de la élite aún no aceptada por el resto de la élite debido a su sectarismo y su ambición desmedida de poder. Son una guardia pretoriana del poder, no una renovación política.
Las verdaderas razones de la guerra
Vivimos así una especie de guerra de los mundos, en la que un grupo se considera una especie superior y cree que todos los argentinos que no están con ellos son muertos vivos, como en la película que esta semana se estrenó. Han decidido emprenderla contra el sistema constitucional -vale decir contra la república liberal que todavía seguimos siendo, a pesar de ellos- pero es una guerra rara porque quieren invadir al país aunque lo estén gobernando.
No es que vengan desde afuera, de otro mundo, o que sean opositores o resistentes. Son el mayor poder real que existe en la Argentina, pero actúan como si casi no tuvieran nada, pues a la menor crítica que le hacen la consideran destituyente. Siendo el poder político más fuerte desde 1983, se venden como el más débil, el más vulnerable, al que si se lo toca se cae. Por eso viven en confrontación total hasta con el vuelo de una mosca.
En vez de consentir manejar el país que gobiernan por legítima elección popular y conducirlo a partir de las inmensas herramientas que les da el actual ordenamiento legal previo a ellos, más las fabulosas riquezas económicas que llegaron al país justo cuando llegaron ellos, quieren cambiar al sistema por otro absolutamente distinto. No buscan una reforma que mejore el sistema sino cambiarlo por otro, pero lo quieren hacer sin los costos de una revolución, porque sus intereses no son revolucionarios, sino oportunistas, coyunturales. Camaleónicos.
Algunos están convocados por ideología, pero no por ello son menos oportunistas, ya que creen poder hacer una revolución desde arriba y sin pagar costos, mejor dicho cobrando por hacerla, como La Cámpora, Carta Abierta o Justicia Legítima, los soviets del cristinismo, cuando eso no ha ocurrido en ninguna parte del mundo. Es muy fácil vivir declarando todos los días desde una tarima rodeada de aplaudidores una guerra inexistente sólo para convocar a una épica sin riesgo alguno.
Lamentablemente, las cosas son menos idílicas y tienen mucho menos que ver con la toma del Palacio de Invierno de los zares o con el asalto al cuartel de La Moncada. Por el contrario, el motivo principal de esta guerra inventada en la segunda etapa del kirchnerismo es cubrir con un manto ideológico los desfalcos de la primera etapa del kirchnerismo, cuando se acumuló el poder que hoy está en cuestión.
Es el intento de tratar de tapar el modo inicial en que se construyó el poder actual, en el preciso momento en que se está destapando cómo se lo obtuvo realmente. Es una carrera contra el reloj. Si no lo tapan, se destapa. Sólo para eso han declarado la guerra.