15 de octubre de 2013 - 23:51

Graduados

Cuando el crédito esconde descrédito. Cuando un problema de salud revela vacío de política. Cuando un video cuenta una épo-K.

A principios de 1997, la canadiense Myrna Alexander dejó Washington para asumir la dirección de las oficinas del Banco Mundial (BM) en Buenos Aires, desde donde el organismo coordina sus actividades en el Cono Sur.

Uno de sus mandatos era, en un período de tres años, "graduar" a la Argentina. La "graduación" significaba que el banco fuera cada vez más selectivo y restrictivo en sus créditos al país. La convertibilidad era considerada un éxito definitivo y la Argentina ya estaba entre los países de "ingreso medio-alto". Se las podía arreglar con sus recursos y el crédito "voluntario" en los mercados de capital. Chile se había "graduado" unos años antes y no tenía problemas.

Los bancos de desarrollo, como el BM, el BID, la Corporación Andina de Fomento -seguía la explicación- están para asistir, con sus créditos a tasas bajas, a los países más pobres, no a los supuestamente más ricos y "exitosos".

Pero en poco tiempo la situación se dio vuelta. A mediados de 1997 se inició una cadena de crisis en el Sudeste Asiático, en 1998 siguió Rusia. En medio del vendaval financiero, la Argentina menemista y la convertibilidad eran señaladas como ejemplo. En octubre de 1998, Menem fue invitado a compartir la apertura de la Asamblea Anual del FMI y el Banco Mundial junto a Bill Clinton y los entonces mandamases de ambos organismos, Michel Camdessus y James Wolfensohn. Agrandadísimo, el entonces presidente llegó al punto de aconsejar a Japón que copiara a la Argentina.

Mientras tanto, la misión de Myrna Alexander había virado sobre su eje. En vez de empezar a "graduarse", en 1998, por primera y única vez en la historia, la Argentina encabezó el ranking mundial de receptores de crédito del BM. Ese año, nuestro país recibió del banco más crédito que China, y más que la suma de todos los países de África, supuestamente un objetivo prioritario del organismo.

Lejos de las grandilocuencias, la Argentina iba camino de otra "crisis de balanza de pagos", que estallaría recién a fines de 2001, cuando se agotaron todos los trucos y recursos: el festival de bonos colocados en países como Alemania, Italia, Japón, los créditos del BM y del BID, el "blindaje" del FMI, el "megacanje" y otras medidas desesperadas. La Argentina estaba funcionando más allá de sus recursos y no había aplicado los que había tomado prestado en años anteriores para construir una economía sólida y con capacidad de repago.

El recordatorio viene a cuento del reciente anuncio del gobierno, que se comprometió a pagar en bonos y con descuento 500 millones de dólares de laudos adversos del Ciadi (un tribunal que arbitra reclamos de empresas extranjeras) a cambio de un programa de créditos por 3.000 millones de dólares del Banco Mundial.

El acuerdo huele a desesperación. Los desembolsos del Banco Mundial, netos del pago con bonos por los fallos del Ciadi (que dicho sea de paso ya no será a los empresas demandantes, sino a los fondos buitre que les compraron, con descuento, esos derechos) y del flujo de cancelaciones por créditos anteriores, difícilmente llegue a 500 millones de dólares anuales entre 2014 y 2016. A eso el gobierno agregaría unos 1.000 millones de dólares por compromisos de inversión de empresarios como Eurnekian y los Bulgheroni, con quienes busca insuflar vida al blanqueo de capitales.

Basta tener en cuenta que en los primeros nueve meses de este año las reservas del Banco Central mermaron en unos 8.500 millones de dólares y que en el mismo período las importaciones de combustibles sumaron 9.300 millones de dólares para darse cuenta que el intento del gobierno de cerrar la brecha de a puchos servirá, en el mejor de los casos, para demorar el desenlace. Como logró hacerlo Menem a partir de 1998, cuando la convertibilidad alcanzó su cenit y empezó su lenta pero inexorable caída.

Una diferencia con aquel proceso es que ahora el grueso del maquillaje no es en forma de crédito -el acuerdo con el Ciadi/Banco Mundial y los arreglos con capitalistas amigos arrimarán relativamente pocos dólares- sino de uso de fondos jubilatorios (la Anses es hoy gran acreedor del Tesoro, amén de prestamista de varias empresas privadas) y lisa y llana emisión monetaria.

El Banco Central canjea reservas contantes y sonantes por papeles inservibles y de vencimiento a diez años, gira al Tesoro "Adelantos transitorios" que son definitivos y le transfiere "Ganancias de cambio" que, amén de ficticias, recuerdan al perro que quiere morderse la cola. El banco tiene "ganancias" contables a medida que el dólar aumenta de valor, cuando en verdad lo que eso refleja es que el peso, cuya salud debiera ser prioridad de la autoridad monetaria, cada vez vale menos.

La salud presidencial es un ingrediente más en este cuadro de fin de ciclo. Lo dramático del caso no es (no parece ser, al menos) la condición cardiológica o neurológica de Cristina, sino el cuadro institucional que pone en primer plano, con un "presidente a cargo" seriamente sospechado de corrupción, que recibe órdenes de sus supuestos subordinados, es ninguneado por el propio partido de gobierno y ni puede disponer de despacho en la Casa Rosada. Así lo quiso la propia presidenta.

En poco menos de dos semanas la ciudadanía emitirá su opinión sobre este estado de cosas y hasta podría balbucear algunos nombres con proyección de futuro. El penoso video en que se ve a Juan Cabandié pidiendo a un allegado al intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, que se aplique un "correctivo" a la "desubicadita" que se había atrevido a multarlo por no llevar en el auto los papeles del seguro, seguramente quitará votos al oficialismo. Al fin y al cabo, se trata de quienes encabezan las listas K en los dos distritos electorales más grandes del país.

Pero más que por su efecto en las urnas, esas imágenes y esas palabras importan por todo lo que dicen de una épo-K.

Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de diario Los Andes.

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