El gobierno, en ese entonces, había decidido usar al dólar como ancla anti inflacionaria y, no obstante, la inflación se había disparado a niveles de dos dígitos, a pesar de que el ex secretario de Comercio, con la autorización de Cristina y Néstor Kirchner, había decidido manipular los datos del Indec para disimularla.
Aquí está el problema. El gobierno no reconoce la inflación, desprecia el valor del equilibrio fiscal y defiende la emisión monetaria como herramienta de crecimiento económico, negando efectos inflacionarios. “Si los precios suben, es porque los empresarios son especuladores antipatriotas”, es el discurso renovado.
Una devaluación que no alcanza
Después de muchas presiones, el Gobierno decidió aumentar el precio del dólar oficial a 8 pesos, prometiendo que este valor se mantendrá, aunque reconociendo que se vieron obligados a hacerlo por presiones del mercado.
Pero frente a esta devaluación, se les plantea un problema: muchos quieren comprar dólares a 8 pesos pero ningún exportador quiere liquidar sus ventas a ese precio. Ambas conductas responden a una misma apreciación: consideran que el dólar está barato. No son especuladores antipatriotas; simplemente son personas que tratan de preservar su capital.
Las razones por las que los agentes económicos consideran que el dólar está barato son porque no se ha tomado ninguna decisión en materia de política fiscal y, en este sentido, dado que el Gobierno no puede aumentar más los impuestos, el tema pasa por bajar los gastos.
Todos saben leer las señales de la economía. El hecho de haber devaluado la moneda implica asumir mayores costos por la importación de energía, que se llevará unos 6.000 millones de dólares, pero implicará mayores subsidios si no se corrigen las tarifas.
Tampoco se sabe mucho qué harán con el régimen de subsidios a la industria electrónica en Tierra del Fuego, que el año pasado costó 9.000 millones de dólares de pérdida de reservas. En realidad, todo está lleno de agujeros negros que el Gobierno fue fabricando para producir su propia crisis.
Hoy está pagando el costo político de haber devaluado sin un plan anti inflacionario porque, para devaluar, hay que saber hacerlo. Si se hace, hay que asegurarse que el traspaso de la devaluación a los precios (pass through) no sea lineal; es decir, que los precios aumenten menos que la devaluación, pero eso no se hace con controles sino con políticas fiscales que sean confiables y eficientes.
Al devaluar sin un programa de medidas anti inflacionarias, todos suponen que, dado que el proceso seguirá, habrá más devaluación.
Por eso todos quieren comprar dólares, porque consideran que están baratos y los exportadores no liquidan porque esperan un dólar más alto.
Esto es lo que ocurre hoy al Gobierno. Abrió ventanillas para que salgan reservas pero no abrió ninguna para que ingresen. Así, no pueden seguir y deben tomar medidas serías y rápidamente.
Turbulencia mundial
En la reciente cumbre de la Celac, en Cuba, la presidenta Cristina Fernández denunció una conspiración contra los países emergentes y acusó a grupos financieros y a bancos, específicamente, de estar atentando contra las monedas de la región para perjudicar a los países.
Lo que Cristina no ha leído correctamente es lo que ocurre con la política monetaria de Estados Unidos. En ese país, su Banco Central, la Reserva Federal, toma decisiones pensando en la economía norteamericana, independientemente de lo que pase en el resto del mundo. Sólo se reserva cierto nivel de información con el Banco Central Europeo y con el de Japón.
Luego de la gran expansión, en la década de los ‘90, la economía norteamericana entró en recesión. Eso llevó a bajar la tasa de interés casi a cero, lo que provocó flujo de capitales hacia países emergentes, caída del precio del dólar en el mundo y aumento de los precios de las materias primas.
Esta situación fue la que encontró Néstor Kirchner en 2003. Pero además de la fuerte devaluación del dólar, Argentina venía de devaluar su moneda frente al dólar un 250%, con lo cual la brecha de competitividad de las empresas fue increíblemente buena. Nunca ganaron tanto y el Estado aprovechó para tomar una parte, vía retenciones.
La situación tendía a mejorar cuando estalló la burbuja inmobiliaria en 2007 y afectó la economía mundial en 2008. No obstante, el dólar seguía devaluado, la Reserva Federal emitía mucha moneda y en Argentina comenzó a acelerarse el gasto público y esto comenzó a generar inflación. El proceso lo empezó Néstor Kirchner para asegurar las elecciones para Cristina y ella continuó después con la práctica.
A medida que la inflación aumentaba, el gobierno usó al dólar como ancla contra la inflación y, dado que tenía muchas reservas, se encargó de mantenerlo en el lugar que quería. El superávit comercial aseguraba muchos dólares.
Desde 2009, la salida de capitales se hizo más abultada, pero el gobierno la toleraba porque así no tenía que intervenir en el mercado para sostener al dólar, hasta que se produjo la sequía de 2011, que hizo caer muy fuerte la producción de granos en Argentina y Brasil. En 2012 había fuertes vencimientos de deuda y el Gobierno ya se había asegurado la posibilidad de usar reservas, cambiando la Carta Orgánica del Banco Central.
Hasta nuestros días, los problemas de pérdida de reservas han sido fruto de las erradas políticas del gobierno, porque Argentina prácticamente no recibió flujo de capitales. Sólo algunas inversiones en minería, que se paralizaron a partir de 2013.
Pero ahora, el panorama mundial cambió. La Reserva Federal anunció que cambiará lentamente su estrategia y emitirá menos moneda. De hecho, en diciembre la disminución fue de 10.000 millones de dólares y acaba de anunciar otra baja del mismo monto.
El tema es que se aceleró la salida de capitales desde los mercados emergentes hacia Estados Unidos. Donde más se siente es en Brasil, que había recibido grandes flujos, pero también se está sintiendo en India, Turquía y otros países emergentes que aparecían como promesa.
Esto produce la devaluación de las monedas nacionales en los emergentes y salida neta de dólares.
Estos son movimientos previsibles en función de la política monetaria de la FED y no se trata de ninguna conspiración. Lo que hay que hacer es estar preparado, algo que Argentina nunca contempló.
Algo que hay que esperar es una suba del valor del dólar en el mundo, mayor devaluación de las monedas de los países emergentes y caída de los precios de las materias primas.
Para aprender. Ante este panorama, Dilma Rousseff decidió asegurar para Brasil el mayor superávit fiscal posible. En Argentina creemos que el déficit sigue siendo una virtud. Lo malo que nos pase no será consecuencia de una conspiración sino una elaboración propia.