La primera dimensión del estremecedor estallido popular en Brasil es global. El gigante suramericano se suma a un fenómeno que ha cruzado el mundo ensamblando de otro modo a la democracia, que parece organizarse ya no en torno a las instituciones sino a partir de la calle.
Es una reacción sanguínea contra formas de democracia y de la república que han perdido espesor y diluido el poder ciudadano con retrocesos impactantes -el caso europeo es paradigmático- en el rol protector del Estado.
La otra dimensión es la que surge de la propia cuestión nacional brasileña. El furor se alimenta ahí en la frustración de una extensa capa de clases medias que, pese a los números macro que muestra el país, han venido perdiendo espacio en el reparto. No es sencillo ver una sin observar a la otra. Estas dos grandes superficies, la global y la doméstica, se conectan con una multiplicidad de puntos en común.
El movimiento planetario de indignados ha sido, para algunos observadores, la emulación a ese nivel global de la toma de la plaza Tahrir en Egipto, que fue la cabecera de una revolución que acabó por la fuerza popular con una dictadura de medio siglo. Hubo en ese proceso elementos que acabaron siendo los más visibles en el otro extendido fenómeno de protesta.
Un uso amplísimo de las redes sociales a nivel asambleario y organizativo, fue uno. Otro, la presencia de vanguardias de clase media que si bien lograron la victoria definitiva gracias a las huelgas de los grandes sindicatos obreros egipcios, estuvieron al frente de la batalla con código nuevos.
Lo que buscaba, y aún pretende, la versión occidental de este fenómeno participativo era mejorar el sistema democrático enarbolando la posición de que la gente debe incidir en la forma en que se reparte la riqueza.
El planteo aterrorizó al poder porque puso en cuestión, desde una vereda imprevisible, la idea de cómo funcionan las cosas. "No son los superfluos ni los excluidos, no es el proletariado: es la clase media la que esta protestando en las plazas públicas. Eso le quita legitimidad y estabilidad al sistema", advirtió ya hace dos años desde Munich el sociólogo Ulrich Beck.
No se debe perder de vista que estos procesos, tanto los árabes como los europeos y hasta el significativo Occupy Wall Street, han tenido el mismo origen o disparador en la gigantesca mutación que produjo la crisis iniciada en setiembre de 2008 en su forma actual global o un año antes en el escenario nacional estadounidense.
La idea de que ese crack universal fue consecuencia de un fracaso del esquema de poder, se corrigió rápidamente al advertirse que de lo que sobrevino fue una aceleración sincronizada de la estructura de concentración, y el desmoronamiento de las bases de los gobiernos a favor de una estricta receta de mercado.
En Europa, eso se tradujo en la demolición del Estado Benefactor habilitando una oceánica transferencia de recursos públicos al sector privado y reducciones antes impensadas de la renta salarial, de los límites a los despidos y la consolidación del lugar de los bancos, que han sido los centrales beneficiarios de esta novedad.
En esa línea, es interesante notar que la rebelión en Brasil se produce casi sobre las horas de la que antes venía conmoviendo al mundo en Turquía. Lejos de comparaciones forzadas, hay un factor común en esos dos países: sus economías tuvieron un auge notable a lo largo de la década pasada pero su rendimiento comenzó a revertirse en los primeros años de la actual.
En Turquía desde 2003 se triplicó el ingreso per cápita. Y en nuestro gigantesco vecino, a lo largo de esos años de apogeo, se pasó de 29% de población de clase media en el total nacional a un impactante 52 % a fines de la década. Semejante cambio se produjo de la mano de un salto de hasta tres veces a 2,4 billones de dólares de aumento del PBI, lo que colocó la economía de Brasil a la altura de las potencias europeas. En dos años, será la quinta en el mundo.
En Turquía un milagro similar aunque más acotado, se cortó con el desplome abrupto a 2,8% de la economía en 2012, cuando doce meses antes tocaba 8,5%. Para Brasil el escalón fue igual de marcado: el PBI que era de 7,5% en 2010, pasó a 2,7% el año siguiente y menos del uno en 2012.
“De pronto las aspiraciones de las clases medias colisionaron con la incapacidad de sus países para satisfacerlas”, sintetiza el economista norteamericano-alemán Uwe Bott al comparar ambos escenarios. Es en la clave que señalaba Beck. No hay una sino diversas formas de clases media en estos procesos.
En el inicio de las protestas en Brasil, esos regimientos de irritados se integraron con los sectores medios que ya lo eran cuando el ex presidente Lula da Silva ampliaba de tal modo ese sector en la economía brasileña. Son, en parte, grupos cuyo ingreso orada una inflación que no cede y que los obliga a reducir sus gastos cerrando el ciclo del estancamiento. Pero también otros que tienen una pretensión más ambiciosa para el país que le han relatado.
Lula, un presidente menos socialista que nítidamente pro-mercado pero que comprendió la importancia de reducir efectivamente la pobreza para ampliar el consumo interno y aliviar tensiones, fue la locomotora de un proceso que se agotó después de ocho años. Ese legado quebrado es el que le arde ahora en las manos a Dilma Rousseff, su confidente y delfín.
Lo cierto es que la gente que protesta no logra conectar el enorme crecimiento macro del país con su realidad cotidiana, ni resolver el divorcio del discurso político de sus necesidades de una mejor calidad de vida, educación, salud, seguridad y transportes. El gobierno ha buscado administrar la coyuntura con recortes fiscales y subsidios, pero acabó acelerando la inflación y la deuda pública.
La furia contra el Mundial de fútbol del año próximo, cuando concluye el poder de la mandataria, resume a modo de símbolo ese malestar en un país fanático de ese deporte.
Dilma, que tenía un apoyo de 75% en marzo pasado, continuó un gigantesco plan de obra pública alentado por Lula, que incluye US$ 13 mil millones para financiar el campeonato y más fondos para los Olímpicos de 2016. Esa montaña de dinero acabó siendo el contraste menos esperado -y más antipático- entre lo que hay y lo que debería haber.