27 de julio de 2014 - 00:00

Gaza, las dos caras de la moneda

Una escalada de violencia mutua surgida de la convicción de cada parte en conflicto de que la otra entiende solo con violencia.

En la carnicería de Gaza y Oriente Medio, las personas más improbables han salido de su pena para ofrecer liderazgo moral.

La familia de Neftalí Fraenkel, adolescente judío de 16 años, uno de los tres secuestrados y asesinados, dijo en una declaración después de lo que al parecer fue el asesinato en venganza de un niño palestino: “No hay diferencia alguna entre sangre árabe y sangre judía. Asesinato es asesinato”.

De igual forma, el padre de Muhammad Hussein Abu Jedeir, el niño palestino, dijo: “Yo estoy en contra de secuestrar y matar. Sea judío o árabe, ¿quién aceptaría que su hijo o hija fueran secuestrados y asesinados? Hago un llamado a ambas partes para que detengan el derramamiento de sangre”.

De aquí que aquellos que más han perdido, quienes tienen la mayor razón para vengarse, ofrezcan la mayor sabiduría. Pero, más bien, ahora son integrantes de línea dura en cada parte los que están conduciendo los sucesos, a su vez dándoles poder a los miembros de línea dura de la otra parte.

Miren, cuando militantes en Gaza disparan cohetes hacia Israel, entonces Israel tiene el derecho a responder, pero con cierta proporción. Más de 200 habitantes de Gaza han perdido la vida, tres cuartas partes de ellos civiles, según informe oficial de Naciones Unidas; un israelí perdió la vida. En cualquier caso, el interés de Israel a largo plazo yace en ‘reducir la escalada’, no en moverse al terreno que la guerra ahora amenaza.

Recordemos que la tendencia había estado lejos de los ataques con cohetes desde Gaza. El año pasado, con base en el sitio en internet del Ministerio del Exterior de Israel, hubo muchos menos ataques con cohetes en contra de Israel que en cualquier año desde que Hamas se hizo del control de Gaza, en 2006. Pero después, desde junio, se dieron los secuestros y asesinatos, cohetes y el tipo de escalada mutua que surge cuando cada parte cree que la otra entiende solo con violencia.

Cuando están volando misiles, integrantes de la línea dura de cada uno de los bandos van en ascenso. Se presentan como los defensores de su pueblo, pero, de hecho, ellos han demostrado miopía repetidamente y han emprendido acciones que, a fin de cuentas, han creado vulnerabilidad y debilidad. 

Después de todo, fue el mismo Israel el que contribuyó a fomentar a Hamas y a sus predecesores en los años ’70 y ’80. El difunto Eyad El-Sarraj, prominente psiquiatra en Gaza, advirtió al gobernador de Israel que estaba “jugando con fuego” al fomentar a militantes religiosos. Con base en el libro “Hamas”, escrito por Beverly Milton-Edwards y Stephen Farrell, el gobernador respondió: “No se preocupe, nosotros sabemos cómo manejar las cosas. Nuestro enemigo actualmente es la OLP”.

Una miopía similar se desarrolló al norte. La invasión israelí al Líbano en 1982 contribuyó inadvertidamente a dar origen al surgimiento de su enemigo allá, Hezbollah.

De manera similar, fue el extremismo y violencia de Hamas después del retiro de Gaza, en 2005, lo que socavó a israelíes moderados y dio lugar al surgimiento de los miembros de línea dura, quienes actualmente están bombardeando Gaza. Israel ayudó a crear Hamas, en tanto Hamas contribuyó a crear al Israel actual.

La única manera de salir a largo plazo es un acuerdo de paz de dos estados. Es cierto que eso no es alcanzable por ahora, pero el objetivo debería ser el de emprender acciones que hagan posible un trato de paz en 10 o 20 años. 

Israel podría aprender una lección de Gran Bretaña y España, las cuales lograron derrotar los desafíos terroristas que en otra época fueron vistos como irresolubles. La analogía es imperfecta, ya que no había cohetes cayendo en Londres o en Madrid. Sin embargo, España podría haber enviado tropas para aplastar a terroristas vascos, al tiempo que Gran Bretaña podría haber derribado las oficinas del ala política del ERI en Belfast.

En vez de eso, España le dio autonomía al País Vasco y la primera ministra Margaret Thatcher negoció en 1985 un acuerdo que fue criticado en su momento por recompensar a terroristas. Esto fue doloroso y polémico, y de ninguna manera fue un éxito instantáneo. Thatcher dijo en sus memorias que los resultados fueron “decepcionantes”. Con el tiempo, este enfoque terminó siendo transformador.

Actualmente, en términos de Oriente Medio, la analogía sería una respuesta minimalista, no maximalista. Sería un alto a todos los asentamientos, cooperación con miras a apuntalar a Mahmoud Abbas y otros palestinos moderados, aunado a un relajamiento del estrangulamiento económico sobre Gaza para fortalecer los negocios ahí como un control a Hamas.

Nada de esto es fácil o seguro. La admirable pero fallida iniciativa de paz del secretario de Estado estadounidense, John Kerry, sugiere que la desconfianza mutua es tan grande que pudieran necesitarse años para sentar las bases, así que empecemos.

Cuando las familias de un palestino asesinado y un judío asesinado se pronuncian individualmente por un trato humanitario verdadero entre sí, resulta fácil descartar la súplica como ingenua y desconectada de las severas realidades en el terreno. Sin embargo, lo que efectivamente hemos visto a lo largo de las décadas es que la agresión de un lado tiene un efecto búmeran y conduce a la agresión del otro.

Marcando un contraste, lo que ha funcionado -aunque no muy bien y no muy rápidamente, y en circunstancias diferentes- son los enfoques español y británico de dura conciliación y autocontrol para cambiar el panorama político. Ese es el enfoque que le da poder no a los militaristas sino más bien a los Fraenkel y los Abu Jeideir, para que así una paz imposible, con el tiempo, se vuelva posible.

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