27 de julio de 2013 - 00:06

Ganar o perder sólo depende de Cristina

Más allá de las acusaciones hacia el general César Milani por la supuesta violación de derechos humanos durante la dictadura, la propuesta político-ideológica por la cual la Presidenta propone a este militar implica la repolitización de las Fuerzas Armada

A pesar de los esfuerzos de la presidenta Cristina Fernández por minimizar los efectos de la marcha atrás que debió poner en su intención de ascender a César Milani al grado de teniente general que le corresponde como jefe del Ejército, el caso toca las profundidades políticas.

No es producto de un error más de los tantos que viene cometiendo el Gobierno, ni de la sobreactuación que muestra la oposición en plena campaña electoral. Es una cuestión de fondo y muy sensible, porque tiende a redefinir nada menos que el rol de las Fuerzas Armadas en el funcionamiento de la democracia recuperada hace 30 años.

Por los cruces conceptuales que se produjeron en la semana, pero también por la objetividad de los hechos, el ascenso de Milani simboliza el retorno de la política partidaria a los cuarteles y el desarrollo de actividades de Inteligencia sobre la vida de los ciudadanos.

Ante un freno que no se esperaba, la Presidenta quiere ahora que el debate se postergue hasta fin de año. Por la envergadura del tema eso no le resultará fácil, y menos todavía si el oficialismo sufre una derrota en las urnas.

Una sola voz

A dos semanas de las elecciones primarias abiertas, simultáneas y obligatorias ?PASO?, todo el peso de la campaña del Gobierno recae en la capacidad de comunicación de Cristina. Sus candidatos en el principal distrito del país, la provincia de Buenos Aires, apenas si superan los mínimos porcentajes de conocimiento. Es ella la que con discursos diarios, transmitidos en cadena nacional o en forma unificada por la amplia red de medios financiados por el Gobierno, se encarga de enumerar y exaltar lo bueno realizado en estos diez años de gestión, sin la menor autocrítica. Es el relato en su máxima expresión.

En paralelo, la inyección de recursos al mercado para incrementar el consumo, en especial de los sectores populares, cumple con el objetivo de disimular los altos niveles de inflación y acallar las quejas que siempre producen los bolsillos vacíos. La Presidenta y sus principales asesores están convencidos de que esa combinación de credibilidad personal y sensación de bonanza económica será suficiente para ganar las elecciones. Respaldan la idea recordando que esa ha sido siempre una fórmula infalible para obtener respaldos electorales y que no hay razones para que esta vez no vuelva a ser así.

La sociología política induce, sin embargo, a buscar otros factores de incidencia en la voluntad de los votantes, que en su gran mayoría ya no son meras cajas registradoras ni objetos de fácil manipulación política. Hay un amplio sector de la denominada clase media que ante la falta de opciones la votó a Cristina en 2011, que ve con beneplácito los paliativos económicos y reconoce algunos aspectos positivos de la gestión, pero que esta vez no está dispuesto a respaldar al oficialismo.

Lo marcan con claridad las encuestas, y cuando se buscan las razones de esa conducta electoral aparecen argumentos que revelan una madurez cívica en crecimiento. Sostienen que el Gobierno necesita ser controlado en sus prácticas de corrupción, de autoritarismo y discrecionalidad. Recuerdan que este año no se vota la administración y conducción del Estado sino legisladores que desde el Congreso pueden oponerse y evitar los excesos de poder.

Si estos criterios resultan verdaderos, no será el mayor consumo ni los repetidos discursos presidenciales, sino también el desgaste de una estética política que ya lleva diez años lo que contribuirá, sin ser lo principal, a orientar el voto.

Otro actor

La repercusión de la visita del papa Francisco a Brasil le ha dado también otro color a la campaña electoral. La oposición hace esfuerzos interpretativos para trasladar el discurso universalista de Bergoglio a la realidad política argentina y, a la vez, el Gobierno se muestra entusiasmado adhiriendo al nuevo estilo que inaugura el Pontífice. Tanto, que la Presidenta comparó lo que le transmite el Papa a los jóvenes con lo que fue Néstor Kirchner para el reverdecer de la política.

Siempre las campañas electorales son escenarios de exageraciones, porque en ellas manda el marketing político, pero esto parece demasiado. También lo es el proyecto de poner a los militares al servicio de una fuerza política y no exclusivamente de la Constitución. Peor aún si desde la cúpula del poder, en un sistema democrático, se alienta a organizar el patrullaje ideológico de las otras corrientes de pensamiento mediante acciones de inteligencia.

Hubo mucho dolor en la Argentina como para que la historia vuelva a comenzar sin que se hayan asumido sus enseñanzas.

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