En Argentina, la base de la vitivinicultura está en los pequeños y medianos productores.
En Francia, el principal país vitivinícola del mundo, el 70% está en manos de las cooperativas. La zona de la "Champagne" es un ejemplo de esto y lo mismo sucede en España. La razón de ello es que el cooperativismo es una forma de asociación muy adecuada a la vitivinicultura. En Argentina, el movimiento cooperativo es muy sólido pero necesita crecer aún más.
Al igual que en Europa, nuestra vitivinicultura se caracteriza por la existencia de muchos productores chicos (con menos de 20 hectáreas). Esto nos diferencia de los otros países que conforman lo que se conoce como el "Nuevo Mundo de la Vitivinicultura", donde, además de Argentina, se encuentran Estados Unidos, Nueva Zelanda, Chile y Australia. Allí, la mayoría de la producción de uva está en manos de grandes productores.
Esa distancia sustancial con los países que son hoy nuestros competidores en materia vitivinícola nos obliga a pensar y trazar acciones orientadas a la mejora constante del pequeño y mediano productor. La manera de lograrlo es integrándolo a la cadena.
El cooperativismo es una de las formas de llegar a ese resultado, pero también existen otros modelos, tal como el caso de Proviar (Programa de Integración de Pequeños Productores a la Cadena Vitivinícola), un proyecto nacional que lleva adelante la Coviar. Hoy, cerca de 3 mil productores están integrados mediante este programa.
El pequeño y mediano productor es el órgano más débil de la vitivinicultura, sobre todo el que no está integrado, lo que es muy importante para poder defender su producción y, de esa forma, tener una relación más directa con el consumidor. La manera de darle competitividad a ese pequeño viñatero es lograr que tome rentabilidad directamente, para lo cual hay que integrarlo a la cadena y transparentar los mecanismos de formación de los precios.
Hay que fortalecer en serio al pequeño productor, y la manera que tenemos es darle poder de mercado. Pero no debemos olvidar que cuando hay un mercado excedentario se hace imposible defender el precio, por eso insistimos en que es fundamental para mantener el equilibrio defender el acuerdo Mendoza-San Juan.
Juventud y arraigo
Además, a pesar de que nuestro oasis es muy chico (4% del total de la provincia), es muy intensivo el cultivo y hay mucha gente trabajando. Por ello, otro aspecto a destacar es la necesidad de mantener la riqueza del productor en el campo. Creemos que tenemos que tener un campo con gente, no todo automatizado, ya que esta es otra característica de la vitivinicultura: dar trabajo a la gente. Aquí tenemos un cambio cultural por lograr.
Debemos darle sustentabilidad a la familia del productor para que los hijos apuesten por la continuidad. En este punto tenemos un fuerte trabajo por delante con la juventud rural, generando políticas de arraigo para detener la migración a las ciudades.
En esto se está ocupando Jucovi (Juventud Cooperativa Vitivinícola), una asociación de jóvenes que trabajan en promover actividades, asistencia, créditos, capacitaciones, etcétera para otros jóvenes cooperativistas.
Expectativas de crecimiento
Las expectativas de crecimiento de nuestra vitivinicultura son importantes. Tenemos todo para crecer: mosto de alta calidad, diversidad de productos, capital humano, estrategia y un modelo de organización público-privado, a través de la Coviar, que permite pensar a largo plazo en conjunto desde todos los sectores de la cadena vitivinícola a la par con los estados provinciales y con la Nación.
Por eso, hoy más que nunca, y pensando en preservar la esencia de nuestra vitivinicultura, el futuro pasa por la integración eficiente a la cadena de los pequeños y medianos productores.
