2 de noviembre de 2013 - 22:16

El fracaso de los intendentes

La derrota desnudó que el poder y la buena imagen de los jefes territoriales del PJ no se traslada a la provincia. Desde 1997, sólo una vez ganaron.

“¿Alguien por acá votó a Del Caño? Necesito urgente me digan por qué y qué esperan de él en el Congreso Nac? Por favor porq no logro entender!”, escribió en Twitter la ex reina vendimial, militante del peronismo y funcionaria pública Flor Destéfanis.

El desconcierto de la chica, que saltó en cuestión de meses de un cargo en Protocolo de la Vicegobernación a directora del Centro de Congresos y Exposiciones, es en realidad el mismo que sintió todo el Partido Justicialista luego de que el candidato del Frente de Izquierda le ganara la banca de diputado nacional a Omar Félix.

El peronismo estuvo un año preparándose para una previsible derrota ante el radical Julio Cobos que, aunque esperaban amplia, igual dolió al consumarse porque 20 puntos de diferencia son demasiados para cualquier oficialismo.

Pero nunca imaginó que, sobre la hora, también de abajo, le arrebataran esa segunda banca con la que soñaba para “salvar el honor”.

Cobos fue el fantasma que protagonizó las peores pesadillas de los dirigentes del PJ desde que confirmó su candidatura a diputado nacional. El gobernador Francisco Pérez, el vicegobernador Carlos Ciurca y los principales referentes admitían en privado que no había posibilidades de triunfar. Lo insólito, y grave, es que el peronismo se entregara mansamente a la derrota e hiciera todo lo posible para que la profecía se cumpliera. Las diferencias internas pudieron más que la vocación de poder real.

Cualquier desprevenido observador podía anticipar, como se hizo desde esta columna, que Alejandro Abraham no era una figura capaz de conquistar votos fuera del electorado tradicional del peronismo.

El resultado lo demostró. Poner en el segundo lugar de la lista a Félix tampoco era la solución, salvo para evitar una interna en las PASO que, ante los resultados del domingo pasado, se puede pensar que hubiera sido beneficiosa. Tampoco sirvió la estrategia de municipalizar la campaña, salvo que sea un éxito conseguir un par de puntos más en la lista de concejales.

La derrota pegó fuerte en todo el oficialismo. Se nota aún en las voces, los gestos y las cabezas bajas de quienes ocupan los principales despachos de Casa de Gobierno y la Legislatura. “¿Para qué hablar? Mejor olvidarse de tremenda paliza”, respondió entre divertido y resignado uno de los líderes del PJ cuando se lo consultó.

Para salir rápido de ese escenario adverso y cortar el festejo radical, el Vicegobernador ya había definido que el proyecto de las primarias provinciales se tratara dos días después de la votación. Y al otro día Pérez se mostró con el bonaerense Daniel Scioli, también golpeado por la derrota ante Sergio Massa, pero con la necesidad de demostrar que su proyecto presidencial sigue en pie.

La receta fallida

La derrota de hace una semana desnudó que el poder territorial y la buena imagen de los intendentes peronistas no se traducen en votos cuando buscan proyectarse a nivel provincial. Sus vecinos los quieren al frente de la Municipalidad, pero no más que eso, sobre todo si, como Abraham, al otro día de ser reelectos empiezan a decir sin tapujos que quieren irse al Congreso. Y tampoco atraen a esa enorme masa de mendocinos independientes, que oscila entre un partido y otro cada dos años.

Abraham perdió ante Cobos por 19 puntos en “su” Guaymallén. Y Félix, que hace cuatro años ya no es intendente pero conserva la impronta de jefe político de San Rafael, apenas se impuso por un par de puntos a la lista de diputados nacionales radicales en sus dominios. En 2009, Adolfo Bermejo vivió lo mismo cuando quiso dar el gran salto al Senado de la Nación: ni en Maipú ganó.

El primer antecedente de esta cadena de fracasos la inició el también maipucino Francisco “Chiqui” García, que había sido reelecto en 1995 y en 1997 encabezó la lista de diputados nacionales del PJ que terminó segunda, detrás del Partido Demócrata y apenas un punto por encima de la UCR. En 1999, el mismo García terminó tercero en la pelea por la gobernación.

Los defensores del poder territorial dirán que en todos los ejemplos citados, el contexto nacional era desfavorable al PJ. Es cierto.

Y también recordarán que Jorge Pardal y Guillermo Amstutz, entonces intendentes de Guaymallén y Las Heras, ganaron la legislativa de 2001. Pero entonces el país estaba a punto de explotar al mando de la UCR. Y el derrotero del mismo Amstutz sostiene la teoría: condujo diez años su municipio, armó un potente sector interno (que incluía a Ciurca) y le ganó la interna a Pardal en 2003 para ser candidato a gobernador. Luego, en la general, fracasó ante un radicalismo que todos daban por derrotado de antemano.

Fue un mano a mano con Cobos, sin boleta presidencial, pero con el clima favorable al peronismo que habían generado la salida anticipada de De la Rúa y los primeros gestos de Néstor Kirchner en la Presidencia.

Dirán también quienes se encolumnan con los intendentes que Celso Jaque llegó a gobernador y antes había comandado Malargüe. Es cierto también. Pero Jaque, por el peso de su departamento, no era considerado un jefe territorial y, además, fue por la gobernación luego del lustre que le dieron cuatro años en el Senado de la Nación. De hecho, sólo en la interna que dirimió con Guillermo Carmona usó como argumento su antecedente como jefe comunal (con aquel “Preguntá en Malargüe”). En la general, se dedicó a contar lo que había aprendido recorriendo el mundo y en su paso por Harvard.

“La fórmula de los intendentes fracasó”, se queja un azul que ve muy rígido al PJ.

Sin salida

El peronismo hoy está en un brete. Su esquema de poder pasa íntegramente desde hace años por los intendentes y si se mira hacia 2015, quienes ya asoman como candidatos a gobernador son dos jefes territoriales: el lasherino Rubén Miranda y Adolfo Bermejo, que aunque es senador sigue identificado con Maipú. También tiene intenciones Félix. Y al gobernador Pérez le gustaría imponer a alguien de su entorno. Pero esta opción parece con menos chances a priori.

Hasta entrados los ’90, el poder en el PJ pasaba íntegramente por la cúpula provincial, a la que los intendentes reportaban y ayudaban con votos. José Octavio Bordón era el gobernador y el líder sin dudas del PJ, aunque hubiera sectores disconformes que incluso lo desafiaban en internas.

Fue en la elección de 1995 cuando el poder de los intendentes empezó a crecer a fuerza de reelecciones. No eran los que mandaban, pero los votos que aportaban a la estructura provincial eran bienvenidos y por eso los escuchaban. Fue Arturo Lafalla el último gobernador peronista que lideró realmente el PJ local y el que tomó la decisión final en cada elección que le tocó enfrentar. Es sabido que Pardal se quedó esperando, en la Municipalidad de Guaymallén, el llamado que nunca llegó para anunciarle que sería el candidato en 1999.

Pero ese tradicional verticalismo peronista desapareció y la pirámide se horizontalizó. Sólo Juan Carlos Mazzón, cuando se hacía un tiempo para venir a Mendoza, imponía su voz sobre la del resto. Jaque asumió con una cuota de poder propio por haber ganado una elección que parecía perdida, pero cuando los intendentes percibieron que no tenía un rumbo claro, le hicieron sentir el rigor. El caso de Pérez es más grave aún: llegó gracias al arrastre de Cristina y sin el respaldo de ningún sector interno.

Claro que salir de ese esquema parece hoy imposible. Mientras los intendentes puedan ser reelegidos indefinidamente, va a ser difícil que un gobernador que no tenga el respaldo territorial pueda acumular más poder que ellos. Pero más complicado aún lo hace la lógica que impera en el peronismo, que no ve otra opción de conducción más que los propios caciques.

Los tres sectores internos (La Corriente, los azules e Integración) son comandados y sostenidos por jefes territoriales. Y ninguno parece mirar por arriba de ese nivel. Fue Jorge Giménez, intendente de San Martín y azul, quien mejor expresó esta situación: al PJ le falta un líder como tiene la UCR. Fue una crítica a Pérez tal vez. Pero sobre todo a la estructura de poder horizontal del oficialismo.

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