11 de junio de 2014 - 00:00

Forster y el pensamiento nacional y popular

Una genuina república de las ideas se construye en libertad y con deliberación. “Hay una gran diferencia entre debatir ideas y la injuria” expresaba Ricardo Forster en el programa 678 del miércoles pasado, a raíz de su polémica designación al mando de la nueva Secretaría del Pensamiento Nacional y hay que darle la razón.

Pero una vez traspasada la superficie del debate, es preciso discutir el contenido del mismo. De ahora en adelante, en la boca del Doctor Forster, la fórmula ‘nacionalismo popular’ aflorará aun con mayor frecuencia, si cabe.

Precisamente, en el mismo programa televisivo mencionado, Forster describió de manera sintética lo que él entiende por pensamiento nacional. Teniendo en cuenta las apreciaciones de Beatriz Sarlo en el programa radial matutino de Lanata, que se refirió a la apropiación por parte de la Dictadura de la categoría de lo ‘nacional y popular’, Forster quiso desmarcarse de esa vieja categoría (de tipo histórico-revisionista), dejando en claro que su nacionalismo va por otro lado.

¿Qué pensamiento nacional?

¿Por dónde va el nacionalismo de Forster? Una pregunta interesante y urgente, ciertamente, a la vista de que nos va a guiar como mandatario nacional en la materia. Podemos responder la pregunta observando las mismas palabras de Forster y la dirección a la que ellas apuntan. Su idea central al respecto es que “nunca lo nacional es algo autóctono con plena autonomía de corrientes, de historias, de migraciones, de los cuerpos y de las ideas. Eso significa que siempre somos herederos, siempre venimos de algún lado. Lo nacional lo que hace es localizarlo, darle geográficamente un arraigo histórico, señalar nuestras propias necesidades”.

En otros términos, lo auténticamente nacional por lo que va trabajar Forster, en realidad no es nacional sino más bien internacional: su genuino nacionalismo será cosmopolitismo. Al igual que el amor de Borges por el orillero, el malevaje y los gauchos, amor ciertamente fantástico, imaginativo, cosmopolita… el amor que Forster va a intentar inculcarnos por Rivadavia, Alberdi, Sarmiento y José Ingenieros, es similar. Un amor quimérico; fanciful, dirían los ingleses.

El equívoco, por tanto, tiene su lado fantástico,y hasta gracioso. En el mismo programa de 678, atacando el cosmopolitismo de Sarlo, el periodista Edgardo Mocca no hacía sino atacar al mismo tiempo lo que Forster, su supuesto defendido, había expresado hacía un momento. Decía Mocca: “Hay una corriente, quizá Beatriz Sarlo y otras personas del mundo cultural, que de alguna manera está influenciada por la idea de que el pensamiento nacional no existe.

Es decir, no hay un producto que merezca llamarse nacional, porque todo lo nacional de alguna manera viene de afuera; no hay nada que sea nacional desde nuestra composición étnica, hasta nuestro idioma, nuestra escuela. Es imposible abstraer algo que se le pueda llamar nacional como si no recibiera influencias, corrientes de otro lado”. Al margen de si Sarlo piensa realmente así, lo que es seguro es que Forster piensa así.

Y Forster piensa así porque Nietzsche pensaba así. En su penetrante ensayo sobre el filósofo alemán, La lucha contra el demonio, Stefan Zweig sugiere que no es el nacionalismo sino justamente el cosmopolitismo lo que “se dibuja agudamente y como un símbolo en la vida de Nietzsche”. El momento decisivo de la vida de Nietzsche, de importancia extraordinaria, es “el día en que abandona su puesto de amarre, su patria, su cátedra, su profesión, para no volver ya a Alemania”.

La perspectiva cosmopolita nietzscheana no es “otra perspectiva que la vista de pájaro del «buen europeo», de «esta clase de hombre esencialmente nómada y que está más allá de la idea de nacionalidad», un nuevo hombre cuya llegada inevitable siente Nietzsche en la atmósfera, y en ese punto de vista fija su residencia, su reino, que pertenece al porvenir”.

¿Será distinta la perspectiva del nuevo nacionalismo comandado bajo la égida del capitán Forster? ¿O efectivamente querrá guiarnos nietzscheanamente «en el más rápido buque que hay para ir a Cosmópolis», con el anhelo de que no sintamos ya nostalgia por la patria? 
Si, como advierte Zweig, "toda tentativa de querer germanizar a Nietzsche (tendencia ahora muy corriente) es un craso error", la tentativa de argentinizar a Forster ¿será también un craso error de nuestra parte? Honesto es decirlo, y pienso que el mismo Forster no interpondría reparos en ello: el primero que debe nacionalizarse y popularizarse es el mismo Ricardo Forster; recién luego, pues, podría ponerse manos a la obra de nuestra nacionalización.

¿Qué pensamiento popular?

La cuestión en juego no sólo es el significado de ‘nacional’ sino también el de ‘popular’. Nuestro nuevo mandatario declara: “Me siento orgulloso de pertenecer a un gobierno que ha ampliado la vida democrática”. Entonces, la pregunta que naturalmente surge es la siguiente: ¿Será Forster capaz de considerar sus ideas unas más entre otras? ¿Dará realmente lugar al debate de las grandes ideas nacionales?

Luis Alberto Romero ha salido a expresar sus dudas al respecto. En un artículo publicado la semana pasada en el diario Perfil, recogiendo una entrevista de Radio El Mundo, el que fuera maestro de Forster recordaba las dotes intelectuales del nuevo funcionario pero, a su vez, no dejaba de apuntar al autoritarismo y uniformidad intelectual que se esconde detrás de la nueva función para él creada.

Ahora bien, ¿qué sería de un proyecto popular si no se construyera verdaderamente de modo democrático, dando lugar a todas las voces inteligentes, sin intentar imponer desde arriba un pensamiento único y uniforme? Que nuestra esperanza de encontrarnos con una propuesta así no resulte vana, es decir, como concluía Romero, una propuesta “donde confluyan todos los que crean que en los próximos 10 años haya que ordenar el país”.

Después de todo, el pensamiento nacional y popular no es propiedad de nadie, ni siquiera de todos. Como la identidad personal, la de un pueblo también, más que una realidad cumplida, es un camino hacia un sí mismo desconocido, pero para cumplir lo que normalmente se ha pensado y querido, y no alguna ocurrencia estrafalaria de último momento

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